Islam

Quién fue Imam Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él.

mausoleoHusein

El LIBRO DE LA GUIA

Kitab al Irshad

Sheyj Al-Mufíd

Traducción del árabe: Raúl González Bórnez

 

Capítulo II

 

Imam Al-Huseyn ibn Alí

 

2/1 Mención del Imam que vino tras Al-Hasan ibn Alí, la paz sea con él, la fecha en que nació, las pruebas de su Imamato, los años que vivió, la duración de su califato, la fecha de su muerte y las causas de la misma, el lugar en que se encuentra su tumba, el número de sus hijos y un breve relato de su vida.

El Imam que vino tras Al-Hasan ibn Alí, la paz sea con él, fue su hermano Al-Huseyn hijo de Alí y Fátima la hija del Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia.

Su padre y su abuelo dejaron establecida su designación y su hermano Al-Hasan, la paz sea con él, la dejó testamentada.

Se le conoce como Abu Abdel lah.

Nació en Medina el cinco del mes de Shaabán del año cuarto de la hégira.

Su madre, Fátima, la paz sea con ella, le tomó con ella y le llevó ante su abuelo el Mensajero de Dios, quien se sintió muy feliz con él y le puso de nombre Al-Huseyn. Sacrificó en su honor un cordero y él y su hermano fueron denominados por él Mensajero de Dios: «Señores de los jóvenes del Paraíso» y por los hechos que nadie pone en duda: «Nietos del Profeta de la Misericordia.»

Al-Hasan ibn Alí se parecía al Mensajero de Dios desde su pecho hasta su cabeza y Al-Huseyn desde su pecho hasta sus pies y ambos fueron los más queridos del Mensajero de Dios de todos sus familiares e hijos.

Relató Zadán, que Salmán dijo:

«Escuché al Mensajero de Dios que decía, refiriéndose a Al-Hasan y Al-Huseyn:

«¡Oh Dios! En verdad que amo a ambos. Así pues ¡Ámales y ama a quienes les amen!»

Y dijo: «Yo amaré a quien ame a Al-Hasan y a Al-Huseyn y a quien yo ame Dios le amará y a quien Dios ama le hace entrar en el Paraíso.

Y yo odiaré a quien odie a Al-Hasan y a Al-Huseyn. Y a quien yo odie Dios le odiará y a quien Dios odie le hará permanecer eternamente en el Infierno.»

Y dijo: «En verdad, estos dos hijos míos son mis dos plantas de arrayán en este mundo.»

***

Y Zir bin Hubaish relató que dijo Ibn Masud:

«Estaba el Profeta rezando y llegaron Al-Hasan y Al-Huseyn y se pusieron junto a él.

Cuando el Profeta levantaba la cabeza de su prosternación ellos se la acariciaban con dulzura y cuando levantaba sus manos en súplica ellos suplicaban también.

Cuando terminó su oración les sentó en su regazo y dijo: «Quien me ame que ame a ambos.»

Y ambos fueron la prueba de Dios Altísimo para Su Mensajero, la paz sea con él y con su familia, en la ordalía con los cristianos de Nachrán y la prueba de Dios, tras el padre de ellos dos, Emir al-Muminín, sobre la comunidad, en lo relativo al pacto con Dios, al Islam y a las creencias.

***

Muhammad ibn Abi Umayr relató que sus maestros dijeron que Abu Abdel lah Yafar As-Sádeq, la paz sea con él, dijo:

«Al-Hasan ibn Alí dijo a sus compañeros:

«En verdad, Dios Altísimo posee dos ciudades, una en el Este y otra en el Oeste, en las cuales las criaturas de Dios poderoso y majestuoso jamás le desobedecen y juro por Dios que la prueba de Dios para quienes están en ellas dos y entre ellas dos no es otra que yo y mi hermano Al-Huseyn.»

Y nos ha llegado un relato semejante de Al-Huseyn, la paz sea con él, en el que dijo a los seguidores de Ibn Zyad:

«¿Qué es lo que os lleva a ayudaros unos a otros contra mí?

No comprendéis que si me matáis estáis matando a la prueba que Dios ha puesto sobre vosotros?

Juro por Dios que no existe entre Yabalqa y Yabarsa ningún otro hijo de un Profeta que Dios haya puesto como prueba Suya sobre vosotros excepto yo.»

Y al decir Yabalqa y Yabarsa se refería a las dos ciudades que su hermano Al-Hasan mencionó.

***

Una de las pruebas de la perfección de ambos y de la atención especial que Dios les prestó, después de lo que ya hemos mencionado de la ordalía del Mensajero de Dios por medio de ambos, es el juramento de lealtad que el Mensajero de Dios les otorgó y que nunca otorgó a ningún otro niño y el descenso de la revelación coránica estableciendo la obligatoriedad de que ambos fueran al Paraíso por su comportamiento aun siendo niños, algo que nunca ha sido revelado para nadie más.

Dice Dios, ensalzado sea Su nombre, en la sura Hal Atá:[1]

Y alimentaron, por amor a Él, al necesitado, al huérfano y al preso: «En verdad, os alimentamos por agradar a Dios. No queremos de vosotros recompensa ni agradecimiento. En verdad, tememos de parte de nuestro Señor un día terrible y fatídico.»

Así pues, Dios les protegerá del mal de ese día y les colmará de felicidad y alegría y su recompensa por haber sido pacientes será un jardín y vestidos de seda.

Estas palabras se refieren a ellos dos y al padre y a la madre de ambos, con todos ellos sea la paz, tal y como lo indica el hadíz que habla de ello.

Y la gran prueba de Dios sobre la humanidad se da a través de ellos, de la misma manera en que el hadíz que explica que el hecho de que Jesús el Mesías, la paz sea con él, hablase desde que nació, era la prueba de su profecía y un don particular que Dios le otorgó y que indicaba la elevada posición espiritual que él poseía ante Dios.

Y el Mensajero de Dios aclaró que tanto él como su hermano anteriormente eran Imames, cuando dijo:

«Estos dos hijos míos son Imames tanto si están en pie como si están sentados.»[2]

***

Y el testamento de Al-Hasan se refiere a su Imamato, de la misma manera que el testamento del Emir al-Muminín a su hijo Al-Hasan dejaba establecido el Imamato de éste y el testamento del Mensajero de Dios dejaba establecido el Imamato de Emir al-Muminín tras él.

***

Tal y como hemos mencionado, tras el fallecimiento de su hermano, quedó establecido el Imamato de Al-Huseyn, la paz sea con él, y fue hecha obligatoria la obediencia a él de toda la creación, a pesar de que él no quiso hacerla pública debido a la necesaria discreción (taqiya) a la que se veía obligado y al armisticio existente entre él y Muawia ibn Abu Sufián, que le obligaba a ser leal al mismo.

Siguió en ello la misma actitud que su padre, Emir al-Muminín, a la muerte del Mensajero de Dios, cuyo Imamato quedó establecido tras el fallecimiento del Profeta, a pesar de que lo ejerció de manera discreta y no pública, y el ejemplo de su hermano Al-Hasan tras el armisticio con Muawia, absteniéndose de participar en política y ejerciendo su Imamato de manera discreta.

Todos ellos siguieron en ello la práctica del Mensajero de Dios cuando los Bani Háshim fueron confinados por los Quraix en la quebrada de Abu Taleb y cuando emigró de La Meca a Medina, y se ocultó en una cueva de sus perseguidores.

***

       Cuando Muawia murió y se terminó el periodo del armisticio pactado, que había impedido a Al-Huseyn ibn Alí convocar a las gentes a seguirle, él hizo pública su autoridad hasta donde le fue posible, explicando su derecho una y otra vez a quienes lo ignoraban, hasta que sus seguidores se reunieron en torno a él.

Entonces, el les convocó al yihád y a prepararse para entrar en combate.

Partió pues, con sus hijos y con la gente de su casa, del recinto sagrado de Dios, La Meca y del recinto sagrado de Su Mensajero, Medina, y se dirigió hacia Iráq para ayudar a sus seguidores, los cuales le habían llamado a levantarse contra los enemigos.

Muslim ibn Aqíl, el hijo de su tío paterno, que Dios esté satisfecho de él y le satisfaga, le precedió para llamar a las gentes a Dios y para que le jurasen lealtad en el yihád y las gentes de Kufa le dieron su juramento de fidelidad al respecto y cerraron con él un pacto y le prometieron ayuda y aconsejarle y le aseguraron su firme voluntad al respecto.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que rompiesen su juramento de fidelidad, le abandonasen y se rindiesen.

Así que lucharon contra él y ellos no hicieron nada para impedirlo.

Combatieron contra A-Huseyn, la paz sea con él, le rodearon, le impidieron regresar a la tierra de Dios, La Meca, y le oprimieron hasta tal punto que no encontró entre ellos quien le auxiliara ni le diese refugio.

Para conseguir aun mayor superioridad sobre él, le impidieron acceder al agua del Eúfrates y, finalmente, le mataron, la paz sea con él.

Murió sediento, combatiendo, paciente, aguardán una segura recompensa en el otro mundo, oprimido.

Quienes le juraron lealtad le traicionaron, ignoraron el respeto que se merecía, no fueron leales al pacto que tenían con él, ni le otorgaron la protección acordada.

Murió mártir, de la misma manera en que lo hicieron su padre y su hermano antes de él, la paz sea con ellos.

***

2/2 Relato de lo que sucedió cuando llamó a las gentes a que le siguieran y de los juramentos de combatir a su lado que la gente le dio y de algunas de las cosas que le sucedieron y de cómo fue matado

 

Al-Kalbi y Al- Madáiní y otros historiadores de la vida profética dijeron:

«Cuando Al-Hasan ibn Alí murió, los shiítas iraquíes comenzaron a agitarse y escribieron a Al-Huseyn, la paz sea con él, para destituir a Muawia y prestarle a él juramento de fidelidad, pero Al-Huseyn les prohibió hacer tal cosa y les recordó que entre él y Muawia existía un acuerdo y que ese acuerdo no podía romperse hasta que no llegase a término y les dijo que cuando Muawia muriese, pensaría sobre ello.

Cuando Muawia murió, y eso fue a mediados del mes de Rayab del año sesenta de la hégira, su hijo Yazíd escribió a Al-Walíd bin Utba bin Abi Sufián, que gobernaba en Medina a las órdenes de Muawia, ordenándole que tomase de Al-Huseyn juramento de fidelidad a su califato y que no le permitiese demoras al respecto.

Así pues, Walíd envió un aviso a Al-Huseyn en medio de la noche para que se presentase ante él.

Al-Huseyn sabía lo que Walíd quería, así que llamó a un grupo de sus sirvientes para que le acompañasen.

Les ordenó que fuesen armados y les dijo:

«Al-Walíd me ha convocado a estas horas y no estoy seguro de que no me haga responsable de algo a lo que no pueda responder. Es una persona de la que uno no puede estar seguro, así que, venid conmigo y, cuando entre a su presencia, sentaos a la puerta y, si oís que levanto la voz, entrad e impedirle que pueda hacer algo contra mí.»

Al-Huseyn, la paz sea con él, fue donde Al-Walíd y se encontró con que éste estaba con Marwán bin Al-Hakam.

Al-Walíd le informó de la muerte de Muawia y Al-Huseyn respondió con la fórmula tradicional: «¡A Dios pertenecemos y a Él retornamos!»

Luego, Al-Walíd le leyó la carta de Yazíd en la que éste le ordenaba tomarle juramento de fidelidad a su califato.

Al-Huseyn le dijo: «No creo que quedes satisfecho con que yo jure lealtad a Yazíd en privado y supongo que preferirás que lo haga públicamente y que la gente pueda ser testigo de ello.»

Al-Walíd le respondió: «Desde luego.»

Al-Huseyn le dijo: «Entonces, piensa cómo quieres hacerlo mañana.»

Al-Walíd le dijo: «Vete con el nombre de Dios y mañana ven a nosotros junto con las gentes.»

Entonces, Marwán le dijo: «Juro por Dios que si Al-Huseyn se aparta de ti ahora sin haber prestado juramento de lealtad, nunca volverás a tener el mismo poder sobre él hasta que un gran número de personas mueran en un enfrentamiento entre tú y él.

Retén a ese hombre ahora y no dejes que salga de tu presencia sin haber prestado juramento de fidelidad o sin que le cortes el cuello.»

Al-Huseyn, entonces, se volvió rápidamente hacia él y le dijo:

«¡Oh hijo de una excremento de pájaro! ¿Tú vas a matarme? ¿O quién? ¡Juro por Dios que eres un mentiroso!»

Dicho esto, se dio media vuelta y salió seguido de sus sirvientes y regresó a su casa.

Marwán dijo a Al-Walíd: «Te has opuesto a mí. No, juro por Dios que no volverás a tener una oportunidad como ésta sobre él jamás.»

Al-Walíd le respondió: «¡Ay de ti! ¡Oh Marwán! Deseas para mí lo que arruinaría mi pacto con Dios.

Juro por Dios que no quiero para mí todas las riquezas sobre las que brilla el Sol desde que sale hasta que se oculta, ni el reino sobre ello, si para ello he de matar a Al-Huseyn.

¡Glorificado sea Dios! ¿Cómo podría yo matar a Al-Huseyn si dijese que no quiere prestar juramento de fidelidad?

Juro por Dios que no creo que, el Día del Juicio Final, un hombre que sea responsable de haber derramado la sangre de Al-Huseyn pueda salvarse cuando Dios le pese en Su balanza.»

Entonces, Marwán le dijo: «Si eso es lo que piensas, has actuado correctamente haciendo lo que has hecho.»

Perosin decirle lo que él pensaba.

Al-Huseyn pasó esa noche en su casa, que era la noche del sábado, quedando tres días del mes de Rayab del año sesenta.

Al-Walíd bin Utba estuvo ocupado con la correspondencia cruzada con Ibn Zubair relativa a su juramento de fidelidad a Yazíd y con su negativa a ello.

Ibn Zubair salió esa misma noche de Medina y se dirigió a La Meca. Por la mañana, Al-Walíd envió en su persecución a ocho jinetes al mando de un sirviente de los Omeyas, que le buscaron y, al no encontrarle, regresaron.

Cuando el sábado estaba llegando a su final Al-Walíd envió un hombre a Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él, para que se presentase ante el para darle el juramento de fidelidad a Yazíd ibn Muawia, y Al-Huseyn le dijo:

«Esperad a mañana por la mañana para ver lo que haremos.»

Así que, le dejó esa noche sin insistir más.

Al-Huseyn utilizó la cobertura de la noche para dirigirse hacia La Meca, llevando con él a sus hijos e hijas y a los hijos de su hermano Al-Hasan, que eran la mayoría de sus familiares. Era la noche del domingo, quedando dos días del mes de Rayab.

Sólo quedó Muhammad ibn Hanafiya, Dios esté satisfecho de él, que, cuando supo la decisión de Al-Huseyn de abandonar Medina y no sabiendo hacia donde se dirigía, le dijo:

«¡Oh hermano mío! Tú eres para mí la más amada de las personas y no aconsejaría a otra persona que no fueses tú, pues tú tienes más derecho a ello.

Evita prestar juramento de fidelidad a Yazíd bin Muawia y evita las ciudades mientras puedas.

Luego, envía tus mensajeros a las gentes e invítales a que te sigan. Y si las gentes te siguen y te prestan juramento de fidelidad yo alabaré a Dios por ello y se las gentes siguen a otro que no seas tú, Dios por ello no hará que tu credo ni tu intelecto sean menos completos, ni te privará de tu hombría de caballero ni de tu superiores méritos.

Temo que entres en alguna de las ciudades y estén en ella los hombres divididos, y que unos estén a tu favor y otros en contra tuya y que combatan y seas tú el primer blanco de sus lanzas y de esa manera, sea derramada la sangre del mejor de la comunidad y del que posee el mejor padre y la mejor madre, y sea su familia la más humillada.»

Al-Huseyn le dijo: «Entonces ¡Oh hermano mío! ¿Dónde debo ir?»

Él dijo: «Baja a La Meca. Si resultase un lugar seguro para ti, ese será el camino y si se pone peligroso, puedes escapar al desierto y buscar las cumbres de las montañas y podrás pasar de un territorio a otro hasta que puedas ir viendo qué posición toma la gente ante los acontecimientos, pues podrás juzgar mejor según te vayas enfrentando a los acontecimientos.»

Al-Huseyn le dijo: «¡Oh hermano! Me has aconsejado y has tenido conmiseración de mí y espero que tu opinión sea acertada y tengamos éxito.»

Así pues, Al-Huseyn partió para La Meca recitando el versículo coránico que dice:

Así pues, salió de ella temeroso, vigilante.

Dijo: «¡Señor mío! ¡Sálvame del pueblo opresor!» [3]

Pero se mantuvo en el camino principal y la gente de su casa le dijo: «Si evitases el camino principal, como hizo Ibn Zubair, quienes nos sigan no podrían encontrarnos.»

Él respondió: «Juro por Dio que no dejaré el camino principal hasta ver qué es lo que Dios decreta.»

Cuando Al-Huseyn entró en La Meca era la noche del viernes del tercer día del mes de Shaabán.

Al llegar, recitó:

Y cuando se dirigía a Madyan dijo: «¡Quizás mi Señor me dirija por el camino recto.»[4]

Luego, se alojó y la gente del lugar comenzó a visitarle con frecuencia y también los que llegaban para realizar la peregrinación menor (umra) y las gentes de fuera de La Meca.

Ibn Zubayr se había instalado cerca de La Kaaba y solía ir a ella a rezar y a realizar circunvalaciones alrededor de ella e iba a visitar a Al-Huseyn con los que iban a visitarle.

Solía visitarle cada dos días y a veces cada día.

Ibn Zubayr era la más apenada de las criaturas, pues sabía que, mientras Al-Huseyn permaneciese en aquellas tierras, nadie le daría a él juramento de lealtad, ya que Al-Huseyn era más obedecido por las gentes y más respetado.

***

La noticia del fallecimiento de Muawia llegó a la gente de Kufa y se agitaron contra Yazíd.

Y supieron de la negativa de Al-Huseyn de prestarle juramento de lealtad, así como de la negativa de Ibn Zubair y de la huida de ambos a La Meca, así que los shiítas de Kufa se reunieron en casa de Suleiman ibn Surad y recordaron el fallecimiento de Muawia y alabaron a Dios por ello.

Suleyman dijo: «Muawia ha muerto y Al-Huseyn se ha negado a prestar juramento de lealtad a los Omeyas y ha partido hacia La Meca.

Vosotros sois sus seguidores y los seguidores de su padre. Si estáis convencidos de ser sus auxiliadores y defensores frente a sus enemigos, hacédselo saber.

Pero si teméis no tener el coraje suficiente y no os sentís con fuerzas, entonces no hagáis que él ponga en peligro su vida.»

Ellos dijeron: «No. Ciertamente que lucharemos contra sus enemigos y daremos la vida por él.»

Entonces Suleiman dijo: «¡Entonces, escribidle!»

Ellos le escribieron lo siguiente:

En nombre de Dios,

el Clementísimo, el Misericordiosísimo

Para Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él, de Suleiman ibn Surad, Al-Musayib bin Nayabah, Rifaah bin Shaddad, Habíb bin Mudáher y los shiítas de entre los creyentes y musulmanes de Kufa:

La paz sea contigo. Alabamos ante ti a Dios, el Único y no hay otro dios más que Él.

Alabado sea Dios que ha destruido a tu enemigo, el tirano arrogante que se apoderó de esta comunidad, la desposeyó de su autoridad, robó sus riquezas y se hizo con su gobierno sin el consentimiento de la misma.

Luego, asesinó a los mejores y dejó a los peores.

Él hizo de la propiedad de Dios un Estado y lo puso en manos de los tiranos y los ricos y finalmente fue destruido como lo fue Zamúd.

Ahora no tenemos un Imam, por tanto, ven a nosotros para que, si Dios quiere, Él nos reúna por medio tuyo en torno a la verdad.

An-Numán bin Bashir ocupa el palacio del Gobernador, pero nosotros no nos reunimos con él los viernes ni celebramos con él las fiestas. Y, si nos llega la noticia de que tú vendrás a nosotros, le expulsaremos y le mandaremos a Sham, si Dios quiere.

***

Enviaron la carta con Abdel lah bin Musmaa al-Hamadaní y Abdel lah bin Wál y les pidieron que se diesen prisa en hacerla llegar. Así que ellos se apresuraron y llegaron junto a Al-Huseyn en La Meca el día décimo del mes de Ramadán.

Dos días después de haberles enviado con esa carta, las gentes de Kufa enviaron a Qays bin Musir al-Saydawí, a Abde Rahmán bin Abdel lah al-Arhabí y a Umára bin Abdel Salulí a Al-Huseyn y con ellos cerca de ciento cincuenta cartas, algunas firmadas por una persona, otras por dos y otras por cuatro.

Pasados otros dos días, enviaron a Haní bin Hani As-Sabyí y a Saiid bin Abdel lah al-Hanafí con otra carta que decía:

En el nombre de Dios

el Clementísimo, el Misericordiosísimo

Para Al-Huseyn ibn Alí de sus seguidores entre los creyentes y musulmanes.

Date prisa, pues, en verdad, las gentes están esperándote. Ellos no piensan dar su voto a otro. Así pues ¡Deprisa! ¡Deprisa! Y luego, de nuevo ¡Deprisa! ¡Deprisa!

Queda en paz.

***

Shabaz bin Rabií, Hayár bin Abyar, Yazíd bin Al-Járez bin Ruwaym, Urba bin Qais, Amru bin Al-Hayyach az-Zubaidí y Muhammad bin Amru at-Taymí, también le escribieron diciendo:

Los dátiles se han puesto verdes y la fruta está madura, por lo tanto, cuando quieras, ven con el ejército que reúnas.

Queda en paz.

***

Cuando los mensajeros se reunieron con él, leyó las cartas y les preguntó sobre las gentes. Luego, escribió una carta y la envió con Haní bin Haní y con Saiíd bin Abdel lah, que fueron los últimos mensajeros.

La carta decía así:

En el nombre de Dios

el Clementísimo, el Misericordiosísimo

De Al-Huseyn ibn Alí a los notables de los musulmanes y los creyentes:

Hani y Saiíd me han traído vuestras cartas y han sido los últimos mensajeros vuestros. He comprendido todo lo que me habéis descrito y mencionado. Y la conclusión de lo que decís es: No tenemos Imam, por tanto, ven a nosotros para que, si Dios quiere, Él nos reúna por medio tuyo en torno a la guía y a la verdad.

Yo, he enviado a vosotros a mi hermano e hijo de mi tío paterno, Muslim ibn Aqíl, que es un hombre de confianza de mi casa.

Si él me escribe que la opinión de vuestros notables y de vuestros hombres de conocimiento y mérito es unánime respecto a lo que vuestros mensajeros me han relatado y a lo que he leído en vuestras cartas, iré a vosotros rápidamente, si Dios quiere.

Juro por mi vida que el Imam no es otro que quien gobierna con el Libro Sagrado, que establece la justicia, que profesa la religión de la Verdad y que se dedica enteramente a la esencia de Dios.

Paz.

***

Al-Huseyn ibn Alí, llamó a Muslim ibn Aqíl ibn Abu Táleb y le envió junto con Qais bin Musir as-Saidawí, Umára bin Abdel lah as-Salúlí y Abde Rahmán bin Abdel lah al-Arhabí y le ordenó que fuera temeroso de Dios, que llevase su asunto con discreción y sutileza y que si veía a las gentes unidas y de acuerdo, le informase rápidamente de ello.

Muslim salió hacia Medina y, al llegar, rezó en la mezquita del Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, y se despidió de sus familiares más queridos. Luego, alquiló dos guías, que salieron con él, pero que equivocaron el camino y se extraviaron.

Agotados por la sed no fueron capaces de continuar. Cuando vieron claro el camino a seguir, se lo indicaron a Muslim y éste continuó su camino, mientras los dos guías morían a causa de su deshidratación.

Muslim ibn Aqíl escribió a Al-Huseyn una carta desde un lugar llamado Madíq y la envió con Qays bin Musir. En ella decía:

Salí de Medina con dos guías que perdieron el camino y se extraviaron. Sufrieron deshidratación y murieron, pero nosotros continuamos hasta encontrar agua y nos salvamos de la muerte en el último momento.

El agua estaba en un lugar llamado Madíq en lo profundo de un valle.

He interpretado esto como un mal presagio.

Si lo consideras adecuado, puedes relevarme y enviar a otro.

Queda en paz.

Al-Huseyn ibn Alí le respondió:

Temo que el motivo que te hace escribirme hablando de renunciar a tu misión sea el miedo. Así pues, continúa con lo que te he encargado.

Queda en paz.

Cuando Muslim leyó aquella carta, dijo: «No es por mí por quien tengo miedo.»

Así pues, siguió su viaje hasta llegar a un pozo que pertenecía a la tribu de Latí y allí pasó la noche.

Cuando continuó su camino, vio a un cazador que disparaba a un ciervo y le acertaba y lo tomó como un buen presagio y dijo: «Mataremos a nuestros enemigos, si Dios quiere.

Luego, siguió su viaje hasta entrar en Kufa. Allí se alojó en casa de Al-Mujtár bin Abi Ubayda, que hoy es llamada la casa de Salem ibn Al-Musayyib.

Los chiítas vinieron a verle por grupos.

Cuando un grupo de ellos llegaba les leía la carta de Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él y ellos lloraban y le iban dando sus juramentos de fidelidad, hasta que sumaron dieciocho mil.

Entonces, Muslim escribió a Al-Huseyn relatándole que dieciocho mil hombres le habían jurado fidelidad y diciéndole que viniese.

Los chiítas iban continuamente a visitar a Muslim, de manera que el sitio en el que se alojaba llegó a ser conocido de todos y la noticia llegó a oídos de An-Numán bin Basrí, que era el Gobernador de Kufa desde los tiempos de Muawia y al que Yazíd había confirmado en su cargo.

Fue a la mezquita y subió al púlpito y, después de alabar a Dios y glorificarle, dijo:

«¡Oh siervos de Dios! Sed temerosos de Dios y no os precipitéis a la rebelión y a la discordia, pues eso sólo provoca la destrucción de las personas, el derramamiento de sangre y la expropiación de los bienes.

En verdad, yo no combatiré contra aquellos que no combatan contra mí ni molestaré a quienes permanezcan tranquilos.

Yo no me opongo a vosotros ni os detengo por meras sospechas, acusaciones o rumores. Pero si os apartáis de mí, violáis vuestros juramentos de fidelidad y os oponéis a vuestro Imam, juro por Dios que os golpearé con mi espada mientras ésta permanezca firme en mi mano, aunque ninguno de vosotros venga en mi auxilio.

Aunque tengo la esperanza de que aquellos de vosotros capaces de reconocer la verdad sean más que aquellos a quienes arrastre la falsedad.»

Entonces, Abdel lah bin Muslim bin Rabía al-Hadramí, que era aliado de los Omeyas, se puso en pie y le dijo:

«Lo que estás viendo sólo puede ser solucionado con la fuerza. Tu actitud ante tus enemigos es propia de gente débil.»

An-Numán le respondió:

«Prefiero actuar como un débil y mantenerme obediente a Dios que como un poderoso y rebelarme ante Dios.»

Luego, bajó del púlpito.

Cuando Abde lah bin Muslim salió de la mezquita, escribió una carta a Yazíd ibn Muawia, diciéndole:

«Muslim ibn Aqíl ha venido a Kufa y los chiítas le han dado sus juramentos de fidelidad a Al-Huseyn ibn Alí, por tanto, si tienes necesidad de Kufa, envía a ella a un hombre fuerte que pueda ejecutar tus órdenes y actuar contra tus enemigos de la misma manera en que lo harías tú, pues, en verdad, An-Numán bin Bashír es un hombre débil o se está comportando como tal.»

Umára bin Uqbah también le escribió en términos similares y también lo hizo Umar bin Saad bin Abi Waqás.

Cuando las cartas llegaron a Yazíd, llamó éste a Saryún, un liberto de Muawia, y le dijo:

«¿Cuál es tu opinión?

Al-Huseyn ha enviado a Kufa a Muslim ibn Aqíl para que recoja los juramento de fidelidad de la gente y me llegan noticias de que An-Numán bin Basrí está actuando con debilidad

¿A quién crees que debería enviar a Kufa?»

Yazíd estaba enojado con Ubaydul lah bin Ziyad, así que Saryún le dijo:

«Si Muawia estuviese vivo y te aconsejase ¿Harías caso a lo que te dijese?»

Él dijo: «Sí.

Entonces, Saryún sacó una orden nombrando a Ubaydul lah bin Ziyad Gobernador de Kufa y dijo:

«Ésta es la opinión que Muawia dejó ordenada antes de morir, así pues, pon las dos ciudades, Basra y Kufa, bajo el mando de Ubaydul lah bin Ziyad.»

Y Yazíd le dijo:

«¡Lo haré! Enviaré a Ubaydul lah la orden que Muawia escribió para él.»

Luego, llamó a Muslim bin Amru al-Bahilí y le envió a Ubaydul lah con la siguiente carta:

«Me han escrito mis seguidores de Kufa informándome que Ibn Aqíl está en ella reuniendo a las gentes con la intención de expandir la rebelión.

Así que, cuando leas esta carta mía, ve a Kufa y busca a Ibn Aqíl como si buscases una joya y, cuando lo encuentres, encadénale o mátale o expúlsale.

Queda en paz.»

Y le nombró Gobernador de Kufa.

Así pues, Muslim bin Amru viajó a Basra y se encontró con Ubaydul lah bin Ziyad y le entregó el mandamiento y la carta y Ubaydul lah ordenó que se preparase la gente rápidamente para partir al día siguiente hacia Kufa.

Él mismo salió para Kufa, dejando en su lugar a su hermano Uzmán y llevando con él a Muslim bin Amru al-Bahilí y a Sharík bin Awar al-Harizí y a sus sirvientes y familiares.

Cuando llegó a Kufa, se puso un turbante negro y se veló con él el rostro.

Las gentes, que tenían noticia de la venida de Al-Huseyn, estaban esperando su llegada y, cuando vieron a Ubaydul lah, creyeron que era Al-Huseyn, de manera que no pasó junto a un grupo de gentes sin que estos le saludasen y le dijesen:

«Bienvenido sea el hijo del Mensajero de Dios. Tu llegada es un feliz acontecimiento.»

Él vio en la manera en que la gente recibía a Al-Huseyn algo que le preocupó.

Entonces, Muslim bin Amru, cuando la gente era numerosa, dijo:

«¡Retroceded! Éste es el Gobernador Ubaydul lah bin Ziyad.»

Siguieron adelante hasta llegar de noche al palacio del Gobernador y tras ellos iba una gran multitud que no dudaba que él era Al-Huseyn.

An-Numán bin Basrí cerró la puerta del palacio y alguno de los que estaban con él le dijo que les abriese la puerta, pero An-Numán, todavía creyendo que era Al-Huseyn, salió a un balcón y le dijo:

«Te pido por Dios que regreses, no voy a rendirme ante ti, pero tampoco quiero luchar contra ti.»

Ibn Ziyad no le contestó.

Se acercó más al balcón en el que estaba An-Numán y le dijo:

«Abre. Todavía no has abierto y te queda por delante una larga noche.»

Un hombre que estaba junto a él lo escuchó y, volviéndose a la gente de Kufa, que le seguía, creyendo que él era Al-Huseyn, dijo:

«¡Oh gente! Juro por Dios que éste es Ibn Maryána.»[5]

Entonces, An-Numán le abrió y él entró y cerró la puerta en la cara de las gentes y estas se dispersaron.

Cuando amaneció, se convocó a la gente a la oración colectiva y todos acudieron.

Ibn Ziyad salió ante ellos y, después de alabar a Dios y glorificarle, dijo:

«Emir al-Muminín me ha nombrado Gobernador de vuestra ciudad, de vuestro puerto y de la distribución de vuestros beneficios y me ha ordenado que haga justicia a los que estéis oprimidos, socorra a los necesitados y trate a los que escuchen y sean obedientes como un buen padre y que emplee mi látigo y mi espada contra aquellos que me desobedezcan y se rebelen contra mi gobierno.

Que cada cual cuide de sí mismo.

Si sois sinceros conmigo eso hablará a favor de vosotros, sin que tenga que amenazaros.»

Luego se bajó del púlpito y se reunió con los dirigentes de la gente y les trató con mucha dureza, diciendo:

«Escribidme los nombres de los jefes de tribu y los que de entre vosotros son seguidores de Emir al-Muminín, los de quienes son seguidores de los Jawariyún y los de quienes son gente poco fiel, que disienten y crean problemas.

Quien nos traiga sus nombres estará a salvo, pero quien no escriba ningún nombre para nosotros tendrá que asegurarnos que no hay nadie en su tribu que se oponga a nosotros ni que pretenda perjudicarnos.

Y quien no lo haga, no estará a salvo de nosotros y será lícito para nosotros derramar su sangre y arrebatarle sus propiedades.

A cualquier dirigente de tribu que conozca entre su gente a quien sea seguidor de Emir al-Muminín y no nos lo haga saber, le crucificaré en la puerta de su propia casa y confiscaré los beneficios de su tribu.»

Cuando Muslim ibn Aqíl supo de la llegada a Kufa de Ubaydul lah Ibn Ziyad, de lo que le había dicho a la gente y de cómo había tratado a los jefes de tribu y a la gente, abandonó la casa de Al-Mujtár y fue a casa de Haní bin Urwa. Los shiítas iban allí a visitarle en secreto, para que Ibn Ziyad no supiese donde se encontraba.

Ibn Ziyad hizo llamar a un liberto suyo llamado Muaqal y le dijo:

«Toma tres mil dirham y busca a Muslim ibn Aqíl y a sus seguidores y, si encuentras a alguno de ellos o a un grupo de ellos entrégales estos tres mil dirham y diles que es para ayudarles en la guerra contra sus enemigos y hazles saber que tú estás con ellos.

Cuando les des ese dinero, ellos estarán seguros de que estás con ellos y confiarán en ti y no te ocultarán nada de lo que saben.

Permanece entre ellos hasta que averigües donde está viviendo Muslim ibn Aqíl y tú mismo hayas estado con él.»

Muaqal así lo hizo y buscó hasta que llegó junto a Muslim bin Ausaya al-Asadí que estaba rezando en la mezquita mayor y se sentó a su lado, pues había oído comentar que él era uno de los que habían jurado lealtad a Al-Huseyn.

Cuando Muslim terminó de rezar, Muaqal le dijo:

«¡Oh siervo de Dios! Soy un hombre de Sham al que Dios ha bendecido con el amor a la gente de la casa profética y de quienes les aman.» Y dejó que sus ojos se llenasen de lágrimas.

Luego dijo:

«Tengo tres mil dirham y quiero entregárselos a un hombre de ellos que he escuchado que ha venido a Kufa para recibir los juramentos de fidelidad en nombre del hijo de la hija del Mensajero de Dios y quisiera encontrarme con él, pero no encuentro a nadie que me guíe a él, ni se donde se encuentra.

Estaba ahora sentado en la mezquita y escuché a unos creyentes diciendo:

«Ese hombre conoce a la gente de la casa profética.»

Y por eso he venido a ti, para entregarte este dinero y que me introduzcas ante tu jefe, pues yo soy uno de tus hermanos y puedes fiarte de mí.

Si quieres, toma de mi juramento de fidelidad a él, antes de que pueda encontrarme con él.»

Muslim bin Ausaya, esté Dios satisfecho de él, le dijo:

«Alabado sea Dios por haber hecho que te encontrases conmigo, estaré muy feliz de conseguirte lo que quieres y de que Dios ayude por medio de ti a la gente de la casa del Profeta, sobre él y sobre ellos sea la paz, aunque me preocupa que la gente sepa de mi relación con este asunto antes de que termine, pues me asusta este tirano y su crueldad.»

Muaqal le dijo: «Todo será para bien. Toma mi juramento de fidelidad.»

Muslim bin Ausaya tomó su juramento de fidelidad y de sinceridad y de mantener el asunto en secreto.

Muaqal le dijo todo lo que sirviese para que Muslim quedase satisfecho de él y éste le dijo:

«Ven a verme a mi casa unos días hasta que yo te consiga el permiso para visitar a tu jefe.»

Así que Muaqal comenzó a visitarle junto con los otros shiítas que iban a visitarle y Muslim pidió permiso para que él pudiese visitar a Muslim ibn Aqíl y éste se lo concedió y le tomó juramento de fidelidad y ordenó a Abu Zumáma as-Saidí que tomase su dinero, pues él era el encargado de recolectar el dinero y todo aquello que pudiese ser de ayuda de unos para otros y era quien solía comprar las armas para ellos.

Era un hombre perspicaz y uno de los nobles de los árabes y de los notables entre los shiítas.

Aquel hombre comenzó a visitarles con regularidad. Era el primero en llegar y el último en irse, para así poder enterarse de todo lo que Ibn Ziyad quería saber, y le iba informando cada cierto tiempo.

En eso, Haní bin Urwa comenzó a temer a Ubaydul lah Ibn Ziyad y dejó de acudir a las audiencias de éste y alegó estar enfermo.

Entonces, Ibn Ziyad dijo a quienes participaban en ellas: «¿Qué pasa con Haní que no le veo?»

Ellos dijeron: «Está enfermo.»

Ibn Ziyad dijo: «Si yo hubiera sabido que estaba enfermo habría ido a visitarle.»

Llamó a Muhammad bin Al-Ashaz, a Asmá bin Járiya y a Amru bin al-Huyyach az-Zubaidí, ya que Ruwayha, la hija de Amru estaba casada con Haní bin Urwa y era la madre de su hijo Yahia bin Haní, y les preguntó:

«¿Qué impide a Haní bin Urwa el venir a visitarme?»

Ellos dijeron:

«No sabemos, pero dicen que está enfermo.»

Ibn Ziyad les dijo:

«Me ha llegado que ya está mejor y que se sienta en la puerta de su casa. Así pues, id a verle y decidle que no debe abandonar sus deberes hacia nosotros, pues no me gusta que un notable de los árabes como él me trate de mala manera.»

Así que fueron a verle y le encontraron sentado en la puerta de su casa y le dijeron: «¿Qué es lo que te impide ir a ver al Gobernador?

Ha mencionado tu nombre y ha dicho que, si hubiera sabido que estabas enfermo, él mismo habría venido a visitarte.»

Haní les dijo: «La enfermedad me lo impidió.»

Ellos dijeron: «Le han llegado noticias de que todas las tardes te sientas a la puerta de tu casa y piensa que estas actuando de manera poco cortés con él y a las autoridades no les gusta que se les trate con desconsideración. Te invitamos a que vengas con nosotros a visitarle.»

Así que Haní pidió sus ropas y se las puso y luego pidió que le trajeses su mula y montó en ella.

Pero, cuando ya estaba cerca del palacio, comenzó a sentirse preocupado y le dijo a Hasan bin Asmá bin Járiya: «¡Oh hijo de mi hermano! Te juro por Dios que tengo miedo de ese hombre ¿Qué crees que debo hacer?»

Él le dijo: «¡Oh tío! Te juro por Dios que no temo nada malo para ti. No te crees problemas a ti mismo.» Ya que Hasan no sabía la razón por la que Ibn Ziyad le había enviado a por él.

Cuando Ibn Ziyad vio a Haní entrando con el resto de la gente dijo: «Su propias piernas le han traicionado trayéndole hasta mí.»

Y cuando se acerco a él, junto a Ibn Ziyad estaba Sharíh Al-Qadí.

Ibn Ziyad se volvió hacia él y recitó:

Yo quiero su amistad y él quiere mi muerte

Se excusa de tu amistad ese de la tribu de Murád.

 

Pues había sido el primero en entrar ante su presencia y honrarle.

Así que Haní dijo: «¿Por qué dices eso? ¡Oh Emir!»

Él dijo: «Así es Hani bin Urwa.

¿Qué es lo que has estado tramando en tu casa contra Emir al-Muminín y el conjunto de los musulmanes?

Has traído a Muslim ibn Aqíl y le has alojado en tu casa y has reunido para él armas y hombres en las casas cercanas a la tuya, creyendo que no me enteraría de ello.»

Haní dijo: «No he hecho tal cosa y Muslim no está en mi casa.»

Ibn Ziyad dijo: «Sí que lo has hecho.»

Después de unas cuantas veces en que Ibn Ziyad le acusaba y Haní lo negaba, Ibn Ziyad hizo entrar a Muaqal el espía y éste vino.

Cuando estuvo delante de Haní, Ibn Ziyad le dijo: «¿Conoces a este hombre?»

Haní dijo: «Sí» dándose cuenta que aquel hombre había estado espiándole y trayéndole toda la información a Ibn Ziyad.

Quedó en silencio un instante, pero luego volvió a él el ánimo y dijo: «Escúchame y cree lo que te digo. Juro por Dios que no te miento.

Te juro por Dios que yo no le invité a mi casa y que no sabía nada de su asunto hasta que vino a mi casa y me pidió que le diera alojamiento.

Sentí vergüenza de negarme a ello y acepté.

Por tanto, cayó sobre mí la responsabilidad de darle protección y por ello le di protección y refugio.

Luego las cosas se desarrollaron como ya te habrán informado.

Si tu quieres, puedo darte ahora mismo seguridad de que no haré nada contra ti y pondré mi mano en la tuya y, si quieres, te daré una garantía para que quede en tu poder hasta que yo regrese a ti.

Iré y le ordenaré que abandone mi casa y marche a donde quiera y, entonces, ya no tendré la obligación de darle protección.»

Ibn Ziyad le dijo: «Juro por Dios que no te apartarás de mí hasta que no me prometas que lo traerás ante mí.»

Haní dijo: «No. Juro por Dios que no te lo traeré jamás. ¿Voy a traerlo a ti para que le mates?»

Ibn Ziyad dijo: «Por Dios que me lo traerás.»

Haní dijo: «No. Por Dios que no te lo traeré.»

Después de que esta situación se hubo repetido muchas veces, Muslim ibn Amru al-Bahilí, que era la única persona de Sham y Basra que estaba en Kufa, se puso en pie y dijo: «¡Que Dios de prosperidad al Emir! Permite que hable a solas con Haní.»

Se alejaron un poco, de manera que Ibn Ziyad pudiese verles y, si levantaban la voz, pudiese oír lo que hablaban y Muslim le dijo: «¡Oh Haní! Te suplico por Dios que no te mates a ti mismo y que no causes problemas a tu tribu.

Por Dios que te considero demasiado valioso como para que mueras.

Este hombre es primo de tu tribu y por tanto ellos no pueden combatir contra él ni dañarle. Así que, entrégale a Muslim ibn Aqíl.

Eso no es causa de vergüenza y de deshonor para ti, pues solamente le estás poniendo en manos de la autoridad.»

Haní le dijo: «Por Dios, eso sería una vergüenza y una desgracia para mí.

¿Entregar a una persona que se encuentra bajo mi protección y que es mi invitado, estando yo aun con vida y fuerzas y pudiendo oír y ver, teniendo un brazo fuerte y mucha gente que me ayude?

Juro por Dios que aunque estuviera solo y sin nadie que me ayudase no le entregaría y moriría luchando junto a él.»

Y comenzó a levantar la voz diciendo: «Juro por Dios que no le entregaré jamás.»

Cuando Ibn Ziyad escuchó esto, dijo: «¡Traédmelo!»

Y cuando le llevaron junto a él, le dijo: «Por Dios, tráele a mí o te cortaré el cuello.»

Y Haní le dijo: «Entonces habría mucho ruido de sables junto a tu casa.»

Pensando que su clan le protegería.

Ibn Ziyad le dijo: «¡Te equivocas! ¿Pretendes asustarme con el ruido de espadas? ¡Acércate!»

Y cuando Haní se acercó a él, Ibn Ziyad le golpeó con su bastón en el rostro.

No dejó de golpearle en el rostro y en la nariz y en la cabeza hasta que su bastón se rompió y le rompió la nariz y la sangre salió de ella manchando su barba y su ropa, su frente y sus mejillas.

Hani aferró la empuñadura de la espada de uno de los soldados, pero éste tiró de ella y le impidió cogerla.

Ibn Ziyad le dijo: «¿Te seguirás comportando como un jariyita todo el día? Entonces derramar tu sangre es lícito para nosotros. ¡Lleváosle!»

Y se lo llevaron y le arrojaron a una de las habitaciones del edificio y cerraron la puerta y le pusieron unos guardias en la puerta como les había sido ordenado.

Entonces, Hasan bin Asmá se levantó y le dijo:

«¿Somos ahora los mensajeros de la traición?

Nos ordenaste que te trajéramos a este hombre y cuando te lo hemos traído le golpeas en el rostro y en la nariz hasta que su sangre ha corrido por su barba y luego proclamas que le vas a matar?»

Ibn Ziyad le dijo: « Y a ti te pasará lo mismo.»

Y ordenó que le golpeasen y le atasen y que luego le encerrasen.

Entonces, Muhammad bin Al-Ashaz dijo: «Estamos conformes con la actitud del Gobernador. Actúe a favor nuestro o en contra nuestra, el Gobernador actúa correctamente.»

Cuando a Amrú bin al-Hayyách le llegó la noticia de que habían matado a Haní, acudió a la fortaleza con los Madhich y la rodeó y le acompañaba una gran multitud.

Entonces gritó:

«Yo soy Amrú bin al-Hayyách y estos son los caballeros de Madhich y sus jefes. Nosotros no hemos roto la obediencia a la autoridad establecida ni nos hemos separado de la comunidad.»

Les habían informado de que su compañero había sido matado y aquello les pareció algo grave.

Entonces, le dijeron a Ubaydul lah ibn Ziyad que la gente de Madhich estaba ante las puertas y éste le dijo a Shurayh al-Qadí:

«Ve a ver cómo está su compañero y luego sal ante ellos e infórmales que está vivo y que no le han matado.»

Así que Shurayh fue a donde estaba Haní y cuando Haní le vio, dijo:

«¡Oh Dios! ¡Ay de los musulmanes!

¿Es que mi clan ha sido destruido?

¿Dónde está la gente que cree en Dios?

¿Dónde la gente de discernimiento?»

Y la sangre corría por su barba.

Entonces, escuchó el tumulto de la gente a las puertas de la fortaleza y dijo:

«Me parece que esas son las voces de los Madhich y de mis seguidores entre los musulmanes. Si diez de ellos vienen a mí, me rescatarán.»

Cuando Shurayh escuchó sus palabras, salió ante ellos y les dijo: «Cuando el Gobernador ha sabido de vuestra actitud y de lo que decíais sobre vuestro compañero, me ha ordenado que fuera a verle y he ido y le he visto y me ha pedido que viniera a hablar con vosotros y que os informase que está vivo y que la noticia que os había llegado de que estaba muerto es falsa.»

Así que, Amru bin al-Hayyách y sus compañeros dijeron: «¡Alabado sea Dios, que no le han matado!» Y se fueron.

Entonces, Ubaydul lah bin Ziyad salió hacia la mezquita, acompañado de los notables y de los soldados y de sus sirvientes y subió al púlpito y dijo:

«¡Oh gentes! Os llamo a obedecer a Dios y a obedecer a vuestros dirigentes y a no dividiros, pues seríais aniquilados, humillados y muertos, o maltratados y desposeídos.

En verdad, vuestro hermano es quien os dice la verdad. Y quien avisa queda excusado.»

Cuando terminó de hablar, estaba bajando del púlpito cuando los vigilantes que se encontraban en la puerta de los vendedores de dátiles entraron corriendo en la mezquita diciendo: «¡Viene Ibn Aqíl! ¡Viene Ibn Aqíl!»

Así que Ubaydul lah entró apresuradamente en la fortaleza y cerró sus puertas.

Abdel lah bin Házim dijo:

«Juro por Dios que Ibn Aqíl me envió a la fortaleza del Gobernador para saber que le había sucedido a Haní.

Cuando fue golpeado y hecho prisionero, monté en mi caballo y fui el primero de entre las gentes de la casa en llegar ante Muslim ibn Aqíl con la noticia.

Entonces, las mujeres de Murád que estaban reunidas, comenzaron a gritar:

«¡Oh, que lágrimas de pena por él! ¡Oh, que pesadumbre por él!»

Yo fui a ver a Muslim Ibn Aqíl y le informé y él me ordenó que reuniese a sus seguidores.

Las casas de los alrededores estaban llenas de ellos. Había en ellas cuatro mil hombres y grité:

¡Oh Victorioso! ¡Mata!

Y las gentes de Kufa se reunieron con él y Muslim nombró comandantes de los grupos de las tribus de Kinda y Madhich, de Asad, Tamím y Hamdán.

Convocaron a la gente y todos acudieron, excepto unos pocos que se retrasaron, de manera que la mezquita y el mercado estaban llenos de gente.

Todos estuvieron llenos de entusiasmo hasta el atardecer.»

Ubaydul lah Ibn Ziyad se dio cuenta de la situación y concentró toda su energía en defender la puerta, ya que solamente contaba con treinta hombres de su guardia en la fortaleza y otros veinte hombres entre los notables y la gente de su casa y sus sirvientes.

Los notables que no habían estado con él, comenzaron a llegar, entrando por la puerta que estaba junto al edificio de los romanos. Así que todos los que estaban con Ibn Ziyad en la fortaleza se reunieron en torno a él y comenzaron a observar a las gentes que, desde fuera, les lanzaban piedras y les gritaban e insultaban a Ubaydul lah y a su padre.

Ibn Ziyad llamó a Kazír bin Shiháb y le ordenó que saliese y hablase con la gente de Madhich que le obedecía y fuese a Kufa y apartase a las gentes de Ibn Aqíl y les asustase con una guerra y les amenazase con el castigo de la autoridad.

Luego, ordenó a Muhammad bin al-Ashaz que fuese a la gente de Kinda y Hadramaut que le obedeciesen y que ofreciese un estandarte de seguridad a quienes viniesen a él.

Dio instrucciones similares a Al-Qaaqá, a Suhulí, a Shabaz bin Rabíi at-Tamimí, a Hayár bin Abjar al-Ichlí y a Shamr bin Dil Shaushán al-Amirí y mantuvo al resto de los notables junto a él, no queriendo prescindir de nadie más, debido al poco número de gente de la que disponía.

Kazír bin Shiháb salió y comenzó a hacer que la gente desertase de Muslim Ibn Aqíl.

Muhammad bin al-Ashaz salió y se dirigió a la zona de los Banu Umara.

Entonces, Muslim Ibn Aqíl envió desde la mezquita a Abde Rahmán bin Surayh as-Shibámi para que hablase con Muhammad bin al-Ashaz. Cuando éste vio al gran número de gente que venía hacia él, retrocedió.

Poco a poco, Muhammad bin al-Ashaz, Kazír bin Shiháb, Al-Qaaqá bin Azur ad-Duhlí y Shabaz bin Rabíi at-Tamimí, fueron convenciendo a las gentes para que abandonasen a Muslim, atemorizándoles con sufrir las represalias de la autoridad, hasta que reunieron a un buen número de hombres entre su gente y entre otros y regresaron junto a Ibn Ziyád por la puerta de los Romanos, llevando con ellos a la gente que habían reclutado.

Entonces Kazír bin Shiháb le dijo:

«¡Que Dios procure prosperidad al Gobernador !

Ahora tienes contigo un buen número de hombres, entre de los notables de la gente, tu guardia personal, la gente de tu casa y tus siervos. Salgamos contra ellos.»

Pero Ubaydul lah rechazó la propuesta y envió a Shabaz bin Rabía con su pendón.

Hasta el atardecer, los hombres que estaban con Ibn Aqíl eran numerosos, así que la situación era muy tensa.

Ubaydul lah reunió a los notables y les envió a que hablasen a su gente, ofreciendo dinero y un buen trato a quienes le obedeciesen y atemorizando a los desobedientes con arrebatarles sus propiedades y castigarles. Les dijeron que el ejército de Sham venía hacia allí para atacarles.

Kazír bin Shiháb estuvo hablándoles hasta que el Sol estaba a punto de ocultarse y les dijo:

«¡Oh gentes! Permanecer en vuestras casas con vuestras familias. No os precipitéis a cometer un mal y no os expongáis a morir, pues, en verdad, se acerca el ejército de Emir al-Muminín Yazíd y el Gobernador a jurado por Dios que, si persistís en combatir contra él y no os retiráis cuando llegue la noche, privará a vuestros hijos del derecho a disfrutar del reparto de beneficios del Estado y dispersará a vuestros combatientes en las campañas de Sham.

Que hará, de entre vosotros, a los sanos responsables por los enfermos y a los presentes por los ausentes, hasta que no quede ni uno solo de los que se hayan rebelado sin probar las consecuencias de lo que hayan hecho.»

Y el resto de los notables hablaron de manera parecida.

Cuando las gentes escucharon sus palabras, comenzaron a dispersarse.

Las mujeres buscaron a sus hijos y esposos y les dijeron: «¡Abandona eso! Las gentes ya son suficientes sin ti.»

Los hombres fueron a buscar a sus hermanos e hijos y les dijeron: «El ejército de Sham vendrá mañana contra ti ¿Qué estás haciendo provocando la guerra y la desgracia? ¡Abandona!»

Así que comenzaron a marcharse con ellos y a desertar.

Y no dejaron de dispersarse hasta que se hizo de noche, de manera que, cuando Ibn Aqíl llamó a la oración de la noche, solamente quedaban con él en la mezquita treinta hombres.

Cuando vio que había anochecido y que sólo quedaban con él aquellos hombres, salió de la mezquita en dirección a las puertas de Kinda y, cuando llegó a ellas, solamente quedaban con él diez hombres.

Cuando cruzó las puertas no quedaba con él ni un solo hombre que pudiera guiarle.

Miró a su alrededor pero no vio a nadie que le indicase el camino, que le llevase hasta la casa y que le auxiliara si algún enemigo aparecía ante él.

Continuó caminando por los caminos de Kinda sin saber a donde se dirigía, hasta que llegó a las casas de los Banu Yabala de Kinda.

Camino entre ellas, hasta llegar a una casa, a la puerta de la cual se encontraba una mujer llamada Tauá.

Había sido esclava de Ashaz bin Qais y le había dado un hijo.

El la había liberado y ella había casado entonces con Usayd al-Hadramí, al que había dado un hijo llamado Bilál.

Bilál había salido con los hombres y su madre estaba en la puerta esperándole.

Ibn Aqíl la saludó y ella le devolvió el saludo. Entonces le dijo: «¡Oh sierva de Dios! Dame de beber un poco de agua.»

Ella le trajo agua y él se sentó.

Ella volvió a la casa con el recipiente y al salir le dijo: «¡Oh siervo de Dios ¿No has bebido ya?»

Él respondió: «Sí.»

Ella dijo: «Entonces, vete con tu gente.»

Pero él permaneció en silencio.

Ella volvió a repetirle lo mismo por segunda vez, pero él permaneció en silencio.

Cuando se lo repitió por tercera vez, le dijo:

«¡Glorificado sea Dios! ¡Oh siervo de Dios! Que Dios te perdone. Ponte en pie y vete con tu gente.

No está bien que permanezcas sentado en mi puerta y yo tampoco te lo permitiré.»

Entonces, Muslim se levantó y le dijo:

«¡Oh sierva de Dios! No tengo casa en esta ciudad, ni tampoco familiares. ¿Podrías hacerme un favor? Puede que yo pueda compensártelo dentro de unos días.»

Ella dijo: «¿Qué es ello? ¡Oh siervo de Dios!»

Él dijo: «Soy Muslim ibn Aqíl. Esta gente me ha mentido. Me han llamado a la acción y luego me han abandonado.»

Ella dijo: «¿Tú eres Muslim?»

Él dijo: «Sí.»

Ella dijo: «Entra.»

Él entró y se alojó en una habitación de la casa distinta a la que ella usaba. Ella extendió para él una alfombra y le trajo de cenar, pero él no pudo tomar nada.

Su hijo no tardó mucho en regresar. Cuando vio que su madre continuamente iba y venía a la habitación, le dijo:

«¡Por Dios! La cantidad de veces que está noche has entrado y salido de esa habitación me hace sospechar que tienes en ella a alguien importante.»

Ella le dijo: «¡Oh hijo! Olvídate de ello.»

Él dijo: «¡Por Dios! Dime quién es.

Ella dijo: «Ocúpate de tus cosas y no me preguntes nada.»

Pero tanto insistió él que, finalmente, ella le dijo: «¡Oh hijito! No le digas a nadie nada de lo que voy a decirte.»

Él dijo: «De acuerdo.»

Ella le hizo jurar que no hablaría y él se lo juró. Entonces, ella le contó todo y el se acostó sin decir nada.

Cuando las gentes se apartaron de Muslim Ibn Aqíl, pasó un largo rato sin que Ibn Ziyad escuchase las voces de los seguidores de Ibn Aqíl, como las había estado escuchando hasta entonces y les dijo a sus compañeros:

«Id a mirar si veis a alguno de ellos.»

Fueron a mirar pero no vieron a nadie.

Entonces, él les dijo:

«Id a mirar si están escondidos en la oscuridad.»

Ellos apartaron las cañas que cubrían el techo de la mezquita y se alumbraron con unas antorchas para ver mejor, pero las antorchas unas veces iluminaban la mezquita y otras no tanto como ellos hubieran deseado, así que ataron unos candiles con cuerdas a unas cañas para poderlos bajar más y los bajaron hasta alcanzar el suelo y miraron en los lugares más oscuros, en las partes más cercanas, en las más lejanas y en el medio, e incluso en la zona oscura que había en torno al púlpito.

Cuando vieron que no había nadie, fueron a informar a Ibn Ziyad que la gente se había dispersado.

Entonces, abrió la puerta que daba a la mezquita y salió y subió al púlpito.

Sus seguidores habían salido con él y él les ordenó que se sentasen hasta que llegase el momento de la oración de la noche y ordenó a Amru bin Nafia que proclamase:

«Qué todos los hombres, sean de la guardia, sean notables, sean ayudantes o sean combatientes, vengan a rezar a la mezquita. Nadie que no lo haga estará a salvo de que su sangre sea derramada.»

Así que, no había pasado ni una hora y ya la mezquita estaba llena de hombres.

Entonces, ordenó a uno que llamase a la oración y se puso en pie para dirigir la oración.

Sus guardianes se dispusieron tras él, pero él les ordenó que se quedasen a su lado, vigilando que nadie intentase asesinarle mientras estaba rezando.

Después de rezar con la gente, subió al púlpito y, después de alabar y glorificar a Dios, dijo:

«El estúpido e ignorante de Ibn Aqíl ha intentado provocar la sedición y rebelión que habéis visto.

Juro por Dios que matare a la persona que encontremos escondiéndole en su casa y quien lo traiga tendrá su recompensa.

¡Siervos de Dios! Temed a Dios y manteneos fieles a vuestro juramento de fidelidad. No hagáis nada que os perjudique a vosotros mismos.

¡Oh Husín bin Namír! Que tu madre tenga que lamentar tu muerte si alguna puerta de las casas de Kufa se abre para él o ese hombre escapa y no le traes a mí.

Te doy poder sobre todas las casas de la gente de Kufa.

Envía vigilantes que controlen los caminos.

Cuando mañana amanezca, saca a las gentes de sus casas y busca a ese hombre hasta que le encuentres y le traigas a mí.»

Husín bin Namír era el responsable de la guardia y pertenecía al clan de Banu Tamím.

Después de eso, Ibn Ziyad entró en la fortaleza y entregó su estandarte a Amru bin Haríz y le puso al frente de los hombres.

A la mañana siguiente acudió a la asamblea y convocó a los hombres a reunión y estos acudieron a él.

Cuando entró Muhammad bin Al-Ashaz, Ibn Ziyad le dijo: «¡Bienvenido aquel cuya lealtad está por encima de toda duda.» y le hizo sentarse a su lado.

Esa misma mañana, el hijo de aquella anciana fue junto a Abde Rahmán bin Muhammad Al-Ashaz y le informó de que Muslim Ibn Aqíl estaba en la casa de su madre.

Abde Rahmán le llevó con él a ver a su padre que estaba con Ibn Ziyad y cuando Ibn Ziyad lo supo le dijo, azuzándole con su bastón: «¡Levanta y tráemele inmediatamente!»

Así que Muhammad Al-Ashaz se puso en pie y Ubaydul lah Ibn Ziyad envió con él a su gente, pues sabía que cualquier otros aborrecerían tener que luchar contra Muslim ibn Aqíl y envió junto con él a Ubaydul lah bin Abbás As-Sulamí con setenta hombres de la tribu de Qays, para que le acompañasen hasta la casa en la que se encontraba Muslim ibn Aqíl.

Cuando éste escuchó el sonido de caballos y las voces de los hombres, supo que venían a por él, así que salió contra ellos con su espada desenvainada y ellos se lanzaron contra la casa.

Él cayó contra ellos golpeándoles duramente con su espada y ellos retrocedieron y salieron de la casa. Repitieron su ataque y Muslim volvió a rechazarles de la misma manera.

Bakr bin Hamrán Al-Ahmarí se enfrentó a él y golpeó a Muslim en la boca, cortándole el labio superior y el inferior y rompiéndole dos dientes. Muslim le lanzó un terrible golpe a la cabeza y un segundo que le partió el casco e hirió en la cabeza.

Cuando los demás vieron aquello, se echaron atrás y comenzaron a observarle desde los techos de las casas colindantes y a lanzarle piedras y antorchas encendidas desde lo alto.

Al ver aquello, Muslim salió a la callejuela con su espada desnuda y cargó contra ellos.

Entonces, Muhammad bin Al-Ashaz le dijo:

«¡Te garantizo que estarás a salvo si te rindes! ¡No te suicides!»

Pero el continuó combatiendo contra ellos mientras recitaba:

Juro que no moriré sino como un hombre libre

Aunque veo la muerte como una cosa indeseable

 

Que transforma el frío en un calor amargo

Y apaga los rayos del Sol para siempre.

 

Todo hombre enfrenta un día el mal

Temo que seré mentido y traicionado.

Muhammad bin Al-Ashaz le dijo:

«No serás mentido ni traicionado, no te preocupes. Estás gentes son tus primos y no te matarán ni te dañarán.»

Se encontraba herido por las piedras e incapaz de seguir luchando, sin aliento y con la espalda apoyada contra el muro de la casa.

Muhammad bin Al-Ashaz repitió su oferta:

«¡Te garantizo que estarás a salvo si te rindes!»

Él dijo: «¿Me garantizas que estaré a salvo?»

Muhammad bin Al-Ashaz le dijo: «Sí.»

Él, mirando a los que le rodeaban, dijo: «¡Me aseguráis que estaré a salvo?»

Todos dijeron: «Sí» menos Ubaydul lah bin al-Abbás as-Sulamí, que dijo: «Yo no tengo en este asunto ni camella ni camello»[6] y se dio la vuelta.

Entonces, Muslim dijo: «Si no me garantizáis que estaré a salvo, no me pondré en vuestras manos.»

Le trajeron una mula y subió a ella.

Entonces, se arremolinaron a su alrededor y le quitaron la espada.

Ante eso, desesperó de sí mismo, sus ojos de llenaron de agua y dijo: «Está es la primera traición.»

Muhammad bin Al-Ashaz le dijo: «Tengo la esperanza de que no te pasará nada malo.»

Muslim respondió: «¿Solamente es una esperanza? ¿Dónde queda la seguridad que me has ofrecido?

Ciertamente, pertenecemos a Dios y hacia Él regresamos.» y lloró.

Entonces, Ubaydul lah bin al-Abbás as-Sulamí le dijo: «Quien busca lo que tu has buscado no llora cuando cae como tú has caído.»

Muslim le dijo: «Juro por Dios que no lloro por mí, ni me preocupo por mi propia muerte aunque no tenga deseo de morir.

Lloro por mi gente que está viniendo hacia mí.

Lloro por Al-Huseyn, la paz sea con él, y por la familia de Al-Huseyn.»

Luego, acercándose a Muhammad bin Al-Ashaz, le dijo:

«¡Oh siervo de Dios! Ya veo que no eres capaz de garantizar mi seguridad.

¿Podrás hacer algo bueno por mí?

¿Podrás enviar a un hombre de los tuyos para que llevé un mensaje mío a Al-Huseyn? Pues veo que él ha de salir hoy o mañana hacia aquí con su familia.

Que le diga: «Me envía Ibn Aqíl que ha caído prisionero en manos de la gente y no tiene la esperanza de llegar vivo a esta tarde. ¡Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti! Regresa con la gente de tu casa y no dejes que la gente de Kufa te traicione, pues ellos eran los compañeros de tu padre a los que él quería abandonar aunque fuese muriendo. La gente de Kufa te ha mentido y la palabra de un mentiroso no tiene valor.»

Ibn al-Ashaz le dijo: «Te Juro por Dios que lo haré y que informaré a Ibn Ziyad que te he garantizado que estarás a salvo.»

Llegó Ibn al-Ashaz con Ibn Aqíl a las puertas de la fortaleza. Pidió permiso para entrar y se lo concedieron.

Fue junto a Ibn Ziyad y le informó de lo que había sucedido con Ibn Aqíl, del golpe que Bakr le había dado con su espada y de la seguridad que le había garantizado.

Entonces, Ubaydul lah le dijo:

«¿Quién eres tú para garantizarle seguridad como si te hubiésemos enviado para que le protegieses?

Te hemos enviado para que nos lo trajeses.»

Y Muhammad al-Ashaz se quedó en silencio.

Mientras, Ibn Aqíl había quedado a las puertas de la fortaleza.

Estaba sediento y a las puertas de la fortaleza había hombres sentados esperando permiso para entrar.

Entre ellos se encontraban Umara bin Uqba bin Abi Muít, Amru bin Haríz, Muslim bin Amru y Kazír bin Shiháb.

Junto a las puertas había un recipiente con agua fresca y Muslim dijo: «Dadme de beber de esa agua.»

Muslim bin Amru le dijo: «¿Has visto que fresca está? Juro por Dios que no probarás ni una gota de ella hasta que pruebes las llamas del fuego del Infierno.»

Entonces, Ibn Aqíl le dijo: «¡Ay de ti! ¿Quién eres tú?»

Él dijo: «Soy uno de los seguidores de la verdad mientras que tú eres de los que la niega y uno que ha permanecido fiel a su Imam mientras que tú le has traicionado y que le ha obedecido mientras que tú te has opuesto a él. Yo soy Muslim bin Amru al-Bahilí.»

Ibn Aqíl le dijo: «¡Cuánto ha de lamentarse tu madre por el hijo que ha tenido! ¡Qué seco eres! ¡Qué mal carácter tienes y qué duro es tu corazón! ¡Oh, hombre de Bahila! Tú mereces más que yo la llamas y permanecer en él fuego del Infierno.»

Luego se sentó y apoyó su espalda en el muro.

Amru bin Haríz envió uno de sus sirvientes a por una jarra de agua, una servilleta y una copa. Puso agua en ella y se la dio a beber.

Muslim cogió la copa pero cuando quiso beber el agua se llenó de la sangre que caía de su boca y no pudo beberla. Volvió a llenársela y volvió a sucederle lo mismo y lo mismo otra vez.

Cuando trataba de beber por tercera vez, uno de sus dientes cayó dentro de la copa y él dijo: «¡Alabado sea Dios! Si hubiera estado decretada para mí esta provisión habría podido beber de ella.»

En eso, salió un enviado de Ibn Ziyad y ordenó que le introdujesen en la fortaleza.

Cuando Muslim llegó a su presencia no le saludo como correspondía hacerlo ante el Gobernador.

Entonces, el soldado de guardia le dijo: «¿No saludas al Gobernador ?»

Él dijo: «Si quiere matarme ¿Para qué voy a desearle la paz? Y si no quiere matarme mis deseos de paz hacia él serán innecesarios.»

Entonces, Ibn Ziyad le dijo: «Juro por mi vida que serás matado.»

Él dijo: «Así sea.»

Ibn Ziyad dijo: «¡Desde luego!»

Él dijo: «Permíteme entonces que le comunique mi testamento a alguien de mi tribu.»

Ibn Ziyad dijo: «¡Hazlo!

Entonces, Muslim miró a los presentes y vio entre ellos a Umar bin Saad bin Abi Waqás y le dijo: «¡Oh Umar! Entre tú y yo existen lazos de familia y tengo necesidad de tus servicios. Así que tendrás que hacer lo que necesito de ti y que es algo secreto.»

Umar se negó a escucharle, así que Ubaydul lah Ibn Ziyad le dijo: «¿Por qué te niegas a tomar en cuenta la necesidad del hijo de tu tío?»

Así que Umar se levantó y se sentó con él donde Ibn Ziyad pudiera verles y Muslim le dijo:

«Tengo una deuda en Kufa. Cuando vine a Kufa tomé setecientos dirham prestados.

Cuando yo muera, vende mi espada y mi armadura y paga esa deuda por mí.

Cuando me maten, pide a Ibn Ziyad que te entregue mi cuerpo y entiérrame.

Envía a alguien para que diga a Al-Huseyn que regrese, porque yo le he escrito diciéndole que la gente estaba con él y ahora sólo puedo imaginar que él está viniendo.»

Entonces Umar dijo a Ibn Ziyad: «¡Oh Emir! ¿Sabes lo que me ha dicho? Ha mencionado esto y esto otro.»

Ibn Ziyad le dijo: «En verdad, el digno de confianza no te traicionaría, pero se confió en un traidor.

Respecto a lo que tienes, es tuyo y no impediremos que hagas con ello lo que quieras.

En cuanto a tu cuerpo, después de matarte no nos importa lo que se haga con él.

En cuanto a Al-Huseyn, si el no intenta hacer nada contra nosotros, nosotros no haremos nada contra él.»

Luego, Ibn Ziyad dijo: «¡Oh Ibn Aqíl! Viniste a la gente cuando ella estaba unida y les has separado y has dividido sus opiniones y has enfrentado a unos contra otros.»

Ibn Aqíl respondió: ¡No. No es así! Yo no he venido a eso.

La gente de la ciudad declaró que tu padre había matado a los mejores hombres de entre ellos, había derramado su sangre y nombrado para ellos un gobernador que es como los gobernadores de Cosroes y del Cesar y nosotros vinimos para gobernarles con justicia e invitarles a seguir el criterio del Libro Sagrado.»

Ibn Ziyad le dijo: «¿Qué tienes tú que ver con todo eso? ¡Pecador!

¿Cómo no vas a corromper a la gente, si tú mismo eras uno que bebía vino en Medina?»

Muslim dijo: «¿Yo beber vino?

Juro por Dios que Él sabe bien que tú sabes que eso que has dicho no es cierto y que has hablado sin conocimiento, porque yo no soy como has dicho y es más correcto acusarte a ti de beber vino que a mí.

Tú, que derramas la sangre de los musulmanes y matas a quien Dios ha prohibido matar.

Tú eres uno de los que derraman la sangre sagrada para crear enfrentamiento y enemistad y beneficiar a los usurpadores, mientras que él (Yazíd) disfruta y juega como si no hubiera hecho nada.»

Ibn Ziyad le dijo: «¡Oh pecador! Tu ego te hace desear lo que Dios no te ha permitido tener, porque no te ve adecuado para ello.»

Muslim dijo: «Si nosotros no somos Su gente, entonces ¿Quién será Su gente?»

Ibn Ziyad dijo: «Emir al-Muminín Yazíd.

Muslim dijo: «¡Alabado sea Dios en toda circunstancia!

Estaremos satisfechos del juicio de Dios cuando juzgue entre nosotros y vosotros.»

Ibn Aqíl dijo: «¡Qué Dios acabe conmigo si no te mato de una manera en la que nadie ha sido matada hasta ahora en el Islam!»

Muslim le respondió: «Tú eres la persona más adecuada para innovar en el Islam con aquello que nunca se ha hecho.

Nunca te apartarás del asesinato, de las acciones reprobables, de la senda corrupta y de la avaricia tiránica.»

Ibn Ziyad se puso frente a él maldiciéndole y maldiciendo a Al-Huseyn, a Alí y a Aqíl a gritos, mientras Muslim permanecía sin hablarle.

Entonces Ibn Ziyad dijo: «¡Llevadle a lo alto de la fortaleza! ¡Cortadle la cabeza y tiradla al foso y tirad su cuerpo detrás de ella.»

Y Muslim le dijo: «Si entre tú y yo hubiesen existido lazos de sangre no me matarías.»

Ibn Ziyad dijo: ¿Dónde está ese al que Ibn Aqíl ha golpeado en la cabeza?»

Cuando Bakr bin Hamrán Al-Ahmarí vino ante él, le dijo: «¡Sube con él y se tú quien le corte la cabeza!»

Subieron con él y Muslim dijo: «¡Dios es más grande!»

Y pidió el perdón de Dios y las bendiciones de Dios para Su Mensajero y dijo: «¡Oh Dios! Juzga entre nosotros y el pueblo que nos ha traicionado, nos ha mentido y ha desertado de nosotros.»

Entonces, le llevaron al lugar que estaba sobre el lugar donde hoy están los zapateros. Le cortaron la cabeza y la arrojaron desde lo alto y su cuerpo detrás de ella.

Muhammad bin Al-Ashaz se acercó a Ubaydul lah ibn Ziyad y le habló de Haní bin Urwa, diciendo:

«Tú sabes la posición que Haní tiene en esta ciudad y la gente de su casa entre su clan y que su gente sabe que yo y mis compañeros fuimos quienes le trajimos a ti.

Te pido por Dios que me lo entregues, pues no quiero la enemistad de la ciudad y de su familia.»

Ibn Ziyad le prometió que así lo haría pero luego cambió de opinión y ordenó que llevasen inmediatamente a Haní a la plaza del mercado y que le cortasen la cabeza.

Sacaron a Haní y le llevaron al lugar del mercado donde se vendía el ganado.

Iba encadenado y comenzó a gritar: «¡Oh Madhich! ¿No habrá un hombre de Madhich que me defienda hoy? ¡Oh Madhich! ¡Oh Madhich! ¿Dónde esta la gente de Madhich?»

Cuando vio que nadie vendría en su ayuda, liberó una de sus manos de las cadenas con que las tenía atadas, diciendo: «¿Dónde hay un palo, un cuchillo, una piedra, un hueso con el que un hombre pueda defender su vida.»

Se lanzaron sobre él y le ataron con más fuerza y le dijeron: «¡Extiende tu cuello!»

Pero él contestó: «No soy tan generoso con mi vida. No os ayudaré a que me la quitéis.»

Entonces, un liberto de Ubaydul lah de origen turco, al que llamaban Rashid, le golpeó con la espada, pero no le hizo nada. Hani dijo: «¡A Dios regresamos! ¡Oh Dios! Hacia Tu misericordia y tu Paraíso.»

Entonces, le golpeó de nuevo y le mató.

En honor de Muslim Ibn Aqíl y de Haní bin Urwa, Abdel lah bin al-Zubayr al-Asadí recitó:

Si no sabías lo que era la muerte

Mira entonces a Haní en el mercado y a Ibn Aqíl.

 

La espada ha herido el rostro de uno de ellos

Y el otro ha caído muerto desde lo alto

 

Acabó con ambos la orden del Gobernador

Convirtiéndose en una leyenda para los caminantes

 

Mira un cuerpo cuyo color ha cambiado la muerte

Y que ha derramado su sangre por todos lados.

 

Un joven más pudoroso que una joven pudorosa

 Y más cortante que la afilada hoja de una espada.

 

¿Cabalga Asmá caballos que no tienen prisa

Mientras Madhich les urge a tomar venganza?

 

¿Mientras Murád da vueltas en torno a él?

¿Todos observando al que pregunta y al preguntado?

 

Si no vengáis la sangre de vuestros dos hermanos

Sed entonces prostitutas que con poco se conforman.

 

***

 

Cuando mataron a Muslim y Haní,la misericordia de Dios sea con ambos, Ubaydul lah ibn Ziyad envió a Haní bin Abu Haya al-Wadeí y Az-Zubayr bin Arwah at-Tamimí con sus cabezas cortadas a Yazíd bin Muawia y ordenó a su secretario que escribiese a Yazíd lo que había sucedido con Muslim y Haní.

Su secretario, que era Amru bin Nafia, le escribió una larga carta.

Fue el primero en escribir con un exceso de palabras y cuando Ubaydul lah la vio le disgustó y le dijo:

«¿Qué es tanta palabrería y tanta redundancia?

Escribe:

«Alabado sea Dios que ha otorgado a Emir al-Muminín su derecho y suficiente ayuda contra sus enemigos.»

«Informo a Emir al-Muminín que Muslim ibn Aqíl se refugió en casa de Haní bin Urwa al-Muradí y yo envié espías que me informasen de lo que ambos hacían, introduje hombres entre ellos y les tendí una trampa para que saliesen y Dios me dio poder sobre ellos.

Les traje ante mí y les corté el cuello.

Te he enviado sus cabezas con Haní bin Abu Haya y Az-Zubayr bin Arwah at-Tamimí, pues ambos son gente que escucha y obedece y buenos consejeros.

Que Emir al-Muminín les pregunte lo que quiera saber de ambos, pues los dos tienen conocimiento de lo sucedido y son verídicos.

Bendiciones y paz.»

Entonces, Yazíd le escribió lo siguiente:

«No has ido más allá de lo que yo deseaba.

Has actuado con la decisión que yo quería.

Te has lanzado al ataque con la valentía de un hombre que controla sus emociones.

Estoy satisfecho de ti y con tu proceder se confirma la opinión que de ti tenía.

He llamado a tus dos enviados a mi presencia y les he interrogado y les he hallado con los méritos y virtudes que tú me habías dicho, por tanto, trátales bien y recompénsales.

Me han llegado informes de que Al-Huseyn se dirige hacia Iraq, por tanto, envía vigilantes que detengan a los sospechosos.

Mata a cualquiera que sea acusado y escríbeme con lo que suceda, si Dios Altísimo quiere.»

***

Muslim ibn Aqíl había iniciado el levantamiento en Kufa el martes, octavo día del mes de Dul Hichya del año sesenta de la hégira[7] y fue matado el miércoles, noveno día del mes, día de Arafat.

Al-Huseyn, la paz sea con él, salió de la Meca hacia Iraq el mismo día en que Muslim intentaba su levantamiento en Kufa, es decir el Día de Tarwiya.

Había permanecido en La Meca lo que quedaba del mes de Shaabán, cuando llegó procedente de Medina, y los meses de Ramadán, Shawál y Dul Qaada, así como los ocho primeros días de Dul Hichya, el mes de la peregrinación, de año sesenta de la hégira.

Durante su estancia en La Meca se habían unido a él un grupo de gentes del Hiyyaz y de Basra que residían en la ciudad, sumándose al grupo compuesto por sus familiares y sirvientes.

Cuando Al-Huseyn quiso salir hacia Iraq, realizó las circunvalaciones en torno a La Kaba y el recorrido ritual entre Safa y Marwa.

Después de realizar los ritos de la peregrinación menor (Umra) se quitó las ropas de peregrino, pues no pudo completar la peregrinación mayor (Hach) por temor a ser prendido en La Meca y llevado ante Yazíd bin Muawia.

Salió pues de La Meca rápidamente, junto con las mujeres de su familia, sus hijos y los seguidores que se habían unido a él, sin que las noticias de la captura de Muslim hubiesen llegado a él, pues, como hemos mencionado, su salida coincidió con el día en que Muslim iniciaba su levantamiento.

Se relató que el poeta Al-Farazdaq dijo:

«Realice mi peregrinación a La Meca, junto con mi madre, el año sesenta de la hégira.

Iba conduciendo su camello cuando entramos en el Haram y me encontré con Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él, saliendo de La Meca.

Iban con él algunos hombres que llevaban espadas y escudos, así que pregunté: «¿De quién es esta caravana?»

Me dijeron: «De Al-Huseyn ibn Alí»

Así que fui a él, le saludé y le dije: «¡Que Dios te otorgue tus súplicas y tus esperanzas! Mi padre y mi madre sean sacrificados por ti, ¡Oh hijo del Mensajero de Dios! ¿Por qué tanta prisa para abandonar la peregrinación?»

Él me dijo: «Si no me apresuro me detendrán. ¿Quién eres tú?»

Yo le dije: «Un hombre árabe.»

Y, juro por Dios, que no me preguntó nada más sobre mi persona.

Luego me dijo: «Infórmame sobre los hombres que has dejado atrás.»

Yo le dije: «La respuesta a lo que preguntas es ésta: Los corazones de la gente están contigo pero sus espadas están contra ti.

El destino desciende del cielo y Dios hace lo que quiere.»

Y él me dijo: «Has dicho la verdad. El asunto está en manos de Dios y nuestro Señor cada día está ocupado con una nueva actividad.[8]

Si el decreto desciende con aquello que queremos, entonces alabamos a Dios por Sus favores.

A Él es a quien hay que pedir ayuda y estar agradecidos.

Y si el destino frustra nuestra esperanzas, no por eso Él destruye las almas de aquellos cuyas intenciones son correctas y son temerosos de Dios.»

Yo le dije: «Así es. Que Dios te otorgue lo que deseas y te proteja de lo que te amenaza.»

Después, le pregunte sobre algunos asuntos relativos a las promesas y los ritos de la peregrinación, el me respondió y luego puso en movimiento su cabalgadura y dijo: «La paz sea contigo» y se alejó de nosotros.»

Cuando Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él, salió de La Meca, se encontró en el camino con Yahia bin Saíd bin Al-Aas y su grupo, que habían sido enviados por Amru bin Saíd, y le dijeron: «Regresa al lugar del que has partido»

Pero no les hizo caso y continuó, así que ambos grupos se enzarzaron en una pelea y comenzaron a golpearse unos a otros con los látigos, pero los compañeros de Al-Huseyn los rechazaron con energía.

Al-Huseyn continuó su viaje hasta llegar a Taním.

Allí encontró una recua de camellos que habían llegado del Yemen y alquiló a sus gentes algunos camellos más para él y sus compañeros y dijo a sus dueños: «A quién de vosotros quiera venir con nosotros hasta Iraq le pagaremos el alquiler de sus camellos y disfrutaremos de su compañía y a quien quiera separarse de nosotros en algún lugar del camino, le pagaremos su alquiler por la distancia que haya recorrido.»

Algunos de ellos continuaron con él y otros rehusaron.

En eso, Abdel lah bin Yafar, la paz sea con él, le envió a sus hijos Awan y Muhammad y le escribió una carta que sus hijos le entregaron, en la que decía:

«Te pido por Dios que, cuando leas mi carta, regreses si es que ya has partido, pues estoy muy preocupado por ti, ya que la dirección a la que te diriges puede ser la causa de tu destrucción y de la aniquilación de la gente de tu casa.

Si tú eres matado hoy se extinguirá la luz de la Tierra, pues tú eres el estandarte de los bien guiados y la esperanza de los creyentes.

Por tanto, no te apresures en tu viaje pues yo llego tras mi carta.

Queda en paz.»

Entonces, Abdel lah bin Yafar fue a Amru bin Saíd y le pidió que escribiese una carta a Al-Huseyn asegurándole que estaría a salvo si regresaba y Amru bin Saíd la escribió y la envió con su hermano Yahia bin Saíd.

Éste salió junto con Abdel lah bin Yafar y cuando ambos encontraron a Al-Huseyn le entregaron la carta de Amru, insistiéndole para que regresase, pero Al-Huseyn les dijo:

«He visto en un sueño al Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, y me ordenó que siguiese adelante.»

Ellos dos le dijeron: «¿Cómo era ese sueño?»

Él dijo: «No se lo he contado a nadie ni se lo contaré a nadie hasta que no me reúna con mi Señor poderoso y majestuoso.»

Cuando Abdel lah bin Yafar desesperó de convencerle para que regresara, ordenó a sus dos hijos Awan y Muhammad que se quedasen junto a él, que fuesen con él y que peleasen a su lado y regresó con Yahia bin Saíd a La Meca.

Al-Huseyn se encaminó hacía Iraq directamente, sin distraerse en nada, hasta llegar a Dát Irq.

Cuando a Ubaydul lah bin Ziyad le llegaron noticias de que Al-Huseyn había salido de La Meca en dirección a Kufa, envió a Al-Husín bin Namír, el jefe de la guardia, que acampase en Qádisiya y que organizase una línea de caballería que vigilase entre Qádisiya y Jafán y otra entre Qádisiya y Qutqutániya. Y la gente dijo: «Al-Huseyn viene hacia Iraq.»

Cuando Al-Huseyn llegó a las colinas de Batn Ar-Rumma, envió a Qays bin Musir as-Saydáwí -aunque otros han dicho que envió a su hermano de leche, Abde lah bin Yuqtur- a la gente de Kufa, pues no sabía lo que le había sucedido a Muslim ibn Aqíl, la misericordia divina sea con él, y con él les envió una carta que decía:

En nombre de Dios,

el Clementísimo, el Misericordiosísimo.

De Al-Huseyn ibn Alí a sus hermanos entre los creyentes y los musulmanes:

La paz sea con vosotros.

Pido a Dios que os bendiga.

Me ha llegado la carta de Muslim ibn Aqíl en la que me informa de vuestro buen criterio y de que los notables de entre vosotros se han juntado para auxiliarnos y perseguir nuestro derecho.

Pido a Dios que favorezca lo que hagamos y que os otorgue la mejor de las recompensas.

Salí de La Meca el octavo día de Dul Hichya, día de Tarawiya.

Cuando mi mensajero llegue a vosotros concentraos en vuestro asunto pues yo estoy llegando a vosotros en estos días.

La paz de Dios se con vosotros y Su misericordia y Su bendición.

***

Muslim ibn Aqíl había escrito a Al-Huseyn veintisiete días antes de morir y la gente de Kufa le había escrito también diciéndole:

«Aquí hay cien mil espadas. Por tanto, no tardes en venir.»

Qays bin Musir se dirigió hacia Kufa con la carta de Al-Huseyn, pero al llegar a Qádisiya Al-Husín bin Namír le detuvo y le envió a Ubaydul lah ibn Ziyad.

Éste le ordenó: «Sube al púlpito y maldice al mentiroso de Al-Huseyn ibn Alí.»

Qays subió y, después de alabar a Dios y glorificarle, dijo:

«¡Oh gentes! En verdad, Al-Huseyn ibn Alí es la mejor de las criaturas de Dios.

Es el hijo de Fátima la hija del Mensajero de Dios. Y yo soy su mensajero para vosotros, así pues ¡Respondedle!»

Luego maldijo a Ubaydul lah ibn Ziyad y a su padre y pidió el perdón y las bendiciones de Dios para Alí ibn Abu Táleb, sobre él la paz.

Ubaydul lah ordenó que le arrojasen desde lo alto de la fortaleza y así lo hicieron y luego cortaron su cuerpo en trozos.

Y fue relatado que, cuando cayó desde lo alto atado con cadenas, todos sus huesos se rompieron, pero aún no estaba muerto.

Un hombre al que decían Abdul Málik bin Amír al-Lajmí le degolló.

Cuando le recriminaron por su vergonzoso comportamiento, dijo: «Lo hice para evitarle más sufrimientos.»

Mientras esto sucedía, Al-Huseyn salía de Al-Háyer de Batn Ar-Rumma en dirección a Kufa.

Cuando llegó a uno de los abrevaderos de los árabes se encontró allí a Abdel lah bin Mutíi al-Adawí que acampaba allí.

Cuando éste vio a Al-Huseyn, fue hacia él y le dijo:

«Qué mi padre y mi madre sean sacrificados por ti ¡Oh hijo del Mensajero de Dios! ¿Qué es lo que te trae?»

Y fue hacia él y le ayudó a desmontar.

Al-Huseyn le respondió: «Lo que me trae es el fallecimiento de Muawia, que ya sabrás.

He escrito a la gente de Iraq y me han pedido que venga a ellos.»

Abdel lah bin Mutíi le dijo: «Por Dios y por la santidad del Islam te lo pido ¡Oh hijo del Mensajero de Dios! Regresa.

Te lo imploro por la santidad de Quraix y por la santidad de los árabes. Pues, juro por Dios que si buscas obtener lo que tienen en sus manos los Omeyas, ellos te matarán y, si te matan, no respetarán después de ti a nadie, nunca.

Juro por Dios que, entonces, la santidad del Islam, la santidad de Qurayx y la santidad de los árabes serán violadas.

Por ello te pido que no lo hagas.

No vayas a Kufa y no te expongas ante los Omeyas.»

Pero Al-Huseyn no le hizo caso y continuó.

Ubaydul lah ibn Ziyad había ordenado bloquear los caminos entre Wáqisah y la ruta a Sham y Wáqisah y la ruta a Basra y que no se permitiesen pasar a nadie y que nadie pudiese entrar o salir.

Pero, Al-Huseyn, sin saber nada de ello, continuó su camino hasta que se encontró con unos árabes a los que preguntó.

Ellos le dijeron: «Por Dios, lo único que sabemos es que no se puede entrar o salir de Kufa.»

Y continuó su viaje.

Un grupo de gentes de Fazárah y de Bayilah han relatado lo siguiente:

«Estabamos con Zuhayr bin al-Qayn al-Bayilí viniendo de La Meca y nos encontramos la caravana de Al-Huseyn, la paz sea con él.

Nada nos apetecía menos que acampar junto a ellos pero, cuando Al-Huseyn acampó, no encontramos otro lugar para acampar que junto a él.

Al-Huseyn acampó a un lado del camino y nosotros al otro lado.

Cuando estábamos sentados comiendo nuestros Alimentos, vino un mensajero de Al-Huseyn, saludó, entró en nuestro campamento y dijo:

«¡Oh Zuhayr bin al-Qayn! En verdad, Abu Abdel lah Al-Huseyn me envía a ti para que vayas a verle.»

Todos los hombres nuestros tiraron lo que tenían en la mano como si presintiesen un mal presagio.

Entonces, su esposa le dijo: «¡Glorificado sea Dios! ¿El hijo del Mensajero de Dios te llama y tú no acudes a él? Ve a escuchar lo que dice y luego vete.»

Zuhayr bin al-Qayn fue con él y al poco rato regresó y anunció que se dirigiría hacia el Este.

Ordenó recoger su tienda, sus cosas, su caballo y sus armas. Las cogió y las llevó al campamento de Al-Huseyn, la paz sea con él.

Luego, dijo a su esposa: «Te doy el divorcio. Vuelve con tu gente, pues no quiero que te ocurra nada malo, solo quiero el bien para ti.»

Luego, dijo a sus compañeros: «El que quiera de vosotros que me siga, el que no quiera queda liberado de la obediencia que me debe.

Os voy a relatar algo.

Una vez libramos una batalla y Dios nos dio la victoria y obtuvimos un abundante botín.

Salmán al Farsi, Dios esté satisfecho de él, nos dijo: «¿Estáis contentos de la victoria que Dios os ha proporcionado y del abundante botín que habéis obtenido?»

Nosotros le dijimos: «Sí.»

El dijo: «Pues entonces, cuando os encontréis con el señor de los jóvenes del Paraíso de la familia de Muhammad, sentíos más felices aun de combatir a su lado, de lo que hoy os sentís por el botín que habéis obtenido. Por lo que a mí respecta, pido a Dios que me permita estar con vosotros entonces.»

Ellos dijeron: «Luego, marchó con Al-Huseyn, la paz sea con él y murió combatiendo a su lado.

¡Que la misericordia de Dios sea con él!»

Abdel lah bin Suleiman al-Asadí y Mundir bin al-Mushmal al-Asadí relataron:

«Cuando hubimos terminado nuestra peregrinación, nada nos parecía más importante que alcanzar a Al-Huseyn en el camino y saber qué había sucedido con su asunto, así que hicimos que nuestros camellos trotasen sin descanso hasta que le alcanzamos al llegar a Zarúd.

Cuando nos estábamos aproximando a él, vimos a un hombre de Kufa que, cuando vio a Al-Huseyn, cambió su dirección para no encontrarse con él.

Al-Huseyn se paró, como si estuviese esperando a que aquel hombre se aproximase a ellos, luego continuó su camino.

Nosotros nos dirigimos a él y uno de nosotros le dijo: «La paz sea contigo.»

Él dijo: «Y con vosotros sea la paz.»

Nosotros le dijimos: «¿De qué tribu eres?»

Él dijo: «De Asadí.»

Nosotros le dijimos: «Nosotros también somos de Asadí ¿Quién eres?»

El dijo: «Soy Bakr hijo de fulano.» y nos dio su linaje.

Nosotros le dijimos: «Dinos que pasa entre los hombres que has dejado a tus espaldas.»

Él dijo: «Antes de salir de Kufa, vi como mataban a Muslim ibn Aqíl y a Haní bin Urwa y les arrastraban por los pies hasta el mercado.»

Cuando alcanzamos a Al-Huseyn, la paz sea con él, viajamos a su lado hasta que, al llegar la tarde, descansó en Zaalabiya.

Nos acercamos a el y le saludamos y el nos devolvió el saludo.

Nosotros le dijimos: «¡Qué Dios tenga misericordia de ti! Tenemos noticias. Si quieres te las podemos decir en público y si quieres en privado.»

Él nos observó y luego observó a sus compañeros y dijo: «No hay nada que ocultar ante estos hombres.»

Entonces, nosotros le dijimos: «¿Viste al jinete que se cruzó con nosotros ayer por la tarde?»

Él dijo: «Sí, y me hubiese gustado preguntarle.»

Nosotros le dijimos: «Nosotros obtuvimos las noticias que él tenía y te libramos de la molestia de hacerlo tú mismo.

Era un hombre de nuestra tribu, una persona de criterio, verídica e inteligente y nos dijo que antes de salir de Kufa había visto como mataban a Muslim ibn Aqíl y a Haní bin Urwa y como los arrastraban hasta el mercado por los pies.»

Entonces, él dijo: «En verdad, pertenecemos a Dios y, en verdad, regresamos a Él.

Que la misericordia de Dios sea con ambos.»

Y lo repitió varias veces.

Nosotros le dijimos: «Te imploramos por Dios, por tu propia vida y por la de la gente de tu familia, que no vayas a ese lugar, pues, en Kufa no tienes quien te auxilie ni quien te siga. Más bien, tememos que estén contra ti.»

Él miró a los hijos de Aqíl y le dijo: «¿Cómo lo veis ahora que han matado a Muslim?»

Ellos dijeron: «¡Por Dios! No regresaremos hasta no haber obtenido venganza o haber probado la muerte que él ha probado.»

Entonces, Al-Huseyn vino junto a nosotros y dijo: «Después de eso no queda nada para ellos en esta vida que merezca la pena.»

Comprendimos que había decidido continuar su viaje, así que le dijimos: «¡Qué Dios te otorgue el bien!»

Él nos dijo: «¡Que Dios sea misericordioso con vosotros dos!»

Entonces, sus compañeros le dijeron: «¡Por Dios! Tú no eres Muslim ibn Aqíl. Cuando llegues a Kufa la gente estará de tu lado.»

Pero él quedó en silencio hasta que, cuando rompió el día, dijo a sus jóvenes y a sus criados: «Haced gran acopio de agua.»

Bebieron de ella y reservaron una gran cantidad para el viaje, luego continuó su viaje hasta llegar a Zubála, donde le llegaron noticias de Abdel lah bin Yuqtur.

Entonces, salió ante los hombres con una carta y se la leyó.

Decía:

En el nombre de Dios,

El Clementísimo, el Misericordiosísimo.

Nos han llegado noticias de la abominable manera en que han sido matados Muslim ibn Aqíl, Haní bin Urwa y Abdel lah bin Yuqtur.

Nuestros seguidores han desertado de nosotros, así que, quien de vosotros quiera abandonar puede abandonar libremente, sin problema.

Entonces, las gentes comenzaron a separarse de él por la derecha y la izquierda, hasta que sólo quedaron con él aquellos de sus seguidores que habían venido con él desde Medina y unos pocos de los que se le habían sumado por el camino.

Él hizo aquello porque, la paz sea con él, sabía que los beduinos que le habían seguido lo habían hecho creyendo que iba a establecerse a una tierra en la cual las gentes del país le obedecerían, pero que no querían acompañarle sin saber lo que podría suceder.

Así pues, cuando llegó el nuevo día, ordenó a sus compañeros que bebiesen agua y que se aprovisionaran de bastante más para el viaje. Luego, continuó hasta llegar a Batn Al-Aqabah y allí paró.

Entonces, vino a su encuentro un anciano de Banu Ikrima, al que llamaban Amru bin Laudán, que le pregunto: «¿A dónde te diriges?»

Al-Huseyn le dijo: «A Kufa.»

El anciano le dijo: «Te pido por Dios que cambies tu rumbo, pues, juro por Dios, que allí no te esperan nada más que las puntas de las lanzas y los filos de las espadas.

Si aquellos que te pidieron que vinieses hubieran sido suficientes como para auxiliarte en el combate y hubiesen preparado las cosas para tu llegada, el que fueras a ellos habría sido una sabia decisión, pero, a la luz de la situación que ha sido descrita, creo que no deberías hacerlo.»

Él dijo: «¡Oh, Siervo de Dios! No se me oculta lo que es una decisión sabia, pero no se puede uno oponer a las órdenes de Dios.

Juro por Dios que no dejarán de luchar contra mí hasta que no consigan extirpar este amor de mis entrañas.

Y cuando lo hagan, Dios hará que sean humillados hasta tal punto que lleguen a ser el grupo más humillado de la comunidad.»

Luego, partió de Batn al-Aqabah y al llegar a Sharif acampó.

Cuando amaneció, ordenó a los jóvenes que se aprovisionasen de agua para beber y para el viaje y continuó su viaje hasta que, al mediodía, uno de sus compañeros exclamo: «¡Dios es más grande!»

Al-Huseyn le respondió: «¡Dios es más grande! ¿Por qué has dicho eso?»

Él dijo: «He visto palmeras.»

Algunos de los compañeros le dijeron: «¡Por Dios! En este sitio no hemos visto nunca un palmeral.»

Al-Huseyn les pregunto: «¿Qué es lo que opináis?»

Ellos dijeron: «Creemos que son crestas de caballos.»

Él dijo: «¡Por Dios! Yo creo lo mismo.»

Luego, dijo: «¿Dónde podemos encontrar un refugio en el que protegernos para que no nos rodeen y podamos encontrárnosles de frente, teniendo las espaldas cubiertas.»

Nosotros le dijimos: «Sí. Cerca de aquí, tomando a tu izquierda, hay un lugar llamado Du Husama. Si llegas a él antes de que lo hagan tus enemigos, te encontrarás en la posición que deseas.»

Así que se desvió hacia la izquierda y nosotros fuimos con él, pero, antes de que consiguiésemos cambiar de dirección, apareció ante nosotros la vanguardia de la caballería y pudimos verles claramente.

Nosotros abandonamos el camino y, cuando ellos vieron eso, ellos también salieron del camino, yendo tras de nosotros.

Sus lanzas parecían los troncos de las palmeras sin ramas y sus estandartes parecían las alas de los pájaros.

Llegamos a Du Husama y ellos también.

Al-Huseyn ordenó colocar las tiendas y así se hizo.

Los enemigos eran unos mil jinetes a las órdenes de Al-Hurr bin Yazíd at-Tamimí.

Llegaron en medio del calor del mediodía y pararon frente al lugar en el que se encontraba Al-Huseyn.

Al-Huseyn y sus seguidores llevaban todos sus turbantes y sus espadas, listos para entrar en combate y Al-Huseyn dijo a sus jóvenes: «Dad de beber a la gente y que sacien su sed y dadles después a sus caballos poco a poco.»

Ellos lo hicieron así y luego comenzaron a llenar de agua sus recipientes y a dar de beber a los caballos.

Cuando uno de ellos había bebido tres o cuatro o cinco tragos se lo retiraban y daban a otro, hasta que todos los animales hubieron bebido.

Alí bin at-Taán al-Muháribí dijo:

«Ese día, me encontraba junto a Al-Hurr. Fui de los últimos de sus compañeros en llegar al lugar.

Cuando Al-Huseyn, la paz sea con él, vio lo sedientos que yo y mi caballo estábamos, dijo: «¡Baja tu rawíya

Llamamos rawíya a la cantimplora de piel.

Luego dijo: «¡Oh hijo de mi hermano! Haz que tu camello se arrodille.» Así lo hice.

Entonces dijo: «¡Bebe!»

Yo bebí, y el agua, al beber, se caía de la cantimplora y Al-Huseyn dijo: «¡Reduce la boca de la cantimplora!» pero yo no sabía como hacerlo y él vino y la achicó y yo bebí y di de beber a mi montura.

Al-Hurr bin Yazíd venía de Al-Qádisiya, donde Ubaydul lah bin Ziyad había ordenado a Al-Husín bin Namír que se estableciese.

Desde allí había sido enviado Hurr con mil jinetes para salirle al paso a Al-Huseyn.

Al-Hurr se mantuvo frente a Al-Huseyn hasta que llegó el tiempo de la oración del mediodía y Al-Huseyn ordenó a Al-Hayách bin Masrúr que diese la llamada a la oración.

Cuando fue el momento de hacer la segunda llamada a la oración, Al-Huseyn salió de su tienda con una camisa, una capa y calzando sandalias.

Alabó a Dios y le glorificó y luego dijo:

«¡Oh gentes! En verdad, yo no vine a vosotros más que después de que me llegasen vuestras cartas y viniesen a mí vuestros mensajeros, diciendo: «Ven a nosotros porque carecemos de Imam, puede que Dios nos una gracias a ti, en torno a la guía recta y a la verdad.»

«He venido a vosotros porque vosotros pensabais así. Así pues, dadme lo que me asegurasteis en vuestros juramentos y promesas. Si no lo hacéis y ya no deseáis mi venida, os abandonaré y regresaré al lugar desde el que he venido a vosotros.»

Todos permanecieron en silencio y ninguno pronunció una sola palabra.

Entonces, dijo al encargado de llamar a la oración: «¡Da la segunda llamada a la oración!»

Cuando se hubo llamado a la oración por segunda vez, Al-Huseyn dijo a Al-Hurr: «¿Quieres hacer la oración con tus compañeros?»

Al-Hurr dijo: «No. Reza tú y nosotros rezaremos contigo.»

Al-Huseyn ibn Alí dirigió la oración y, tras ello, retornó a su tienda y sus compañeros se reunieron en torno suyo.

Al-Hurr volvió a su sitio y entró en la tienda que habían levantado para él.

Un grupo de sus compañeros se reunió con él y el resto fueron a sus sitios correspondientes, cogieron a sus caballos por las riendas y se sentaron a su sombra.

Cuando llegó el tiempo de la oración de la tarde, Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él, ordenó a sus compañeros que se preparasen para partir y ellos se prepararon. Luego, ordenó que se llamase a la oración y se hizo la llamada a la oración de la tarde.

Al-Huseyn dirigió la oración.

Cuando terminó de rezar y pronunció las salutaciones finales, se volvió hacia la gente y, tras alabar a Dios y glorificarle, dijo:

«¡Oh gentes! Si sois temerosos de Dios y conocéis el derecho de Su gente, Dios estará satisfecho de vosotros.

Nosotros somos la gente de la casa de Muhammad y poseemos mayor autoridad para gobernaros que esos pretendientes que reclaman lo que no les pertenece.

Ellos son quienes han traído la opresión y la enemistad entre vosotros.

Si nos rechazáis porque no nos queréis o porque desconocéis nuestros derechos y habéis cambiado de parecer respecto a lo que nos decíais en vuestras cartas y nos trajeron vuestros mensajeros, me alejaré de vosotros.»

Entonces, Al-Hurr le dijo: «Juro por Dios que yo no tengo conocimiento de esas cartas y esos mensajeros de los que hablas.»

Al-Huseyn dijo a uno de sus compañeros: «¡Oh, Uqba bin Samaán! Saca las alforjas en las que están las cartas que me enviaron.»

Sacó las alforjas llenas de documentos y las pusieron ante él.

Al-Hurr dijo: «Nosotros no somos de los que te escribieron y se nos ha ordenado que cuando te encontrásemos no nos separáramos de ti hasta que te hubiéramos llevado a Kufa ante Ubaydul lah.»

Entonces, Al-Huseyn le dijo: «¡Que la muerte te lleve antes de que eso suceda!»

Y ordenó a sus compañeros: «¡Poneos en pie y cabalgad!»

Ellos subieron a sus caballos y él esperó hasta que sus mujeres también subieron a sus monturas y, entonces, dijo a sus compañeros: «¡Partid!»

Pero cuando iban a partir, Al-Hurr y sus soldados se interpusieron en el camino.

Al-Huseyn le dijo: «¡Qué tu madre tenga que lamentar tu pérdida! ¿Qué quieres?»

Al-Hurr le dijo: «Si fuese otro entre los árabes distinto a ti el que me hubiese dicho eso y se encontrase en la misma situación en la que tú te encuentras, no dejaría de mencionarle a su madre y de desearle que tuviese que lamentar su pérdida, fuese quien fuese, pero, juro por Dios que sólo puedo recordar a tu madre con las mejores palabras que puedan decirse.»

Al-Huseyn le dijo: « Entonces ¿Qué quieres?»

Él dijo: «Quiero que vengas conmigo ante el Gobernador Ubaydul lah bin Ziyad.»

Al-Huseyn le dijo: «Entonces, juro por Dios que no te seguiré.»

Las mismas palabras se repitieron tres veces y la situación se iba calentando.

Entonces, Al-Hurr dijo: «No se me ha ordenado que luche contra ti, solamente se me ha ordenado que no me aparte de ti hasta que vuelva a Kufa contigo.

Si tú rehúsas hacer tal cosa, toma entonces un camino que no te lleve a Kufa pero que tampoco te lleve a Medina y permite que eso sea un compromiso entre tú y yo mientras escribo al Gobernador y Yazíd me escribe a mí o escribe a Ubaydul lah y puede que Dios haga que algo suceda que me evite tener que luchar contra ti.

Por tanto, toma ese camino y tuerce a la izquierda hacia Al-Udayb y Al-Qádisiya.

Partió Al-Huseyn y Al-Hurr iba a su lado y le dijo: «¡Oh Huseyn! Te pido por Dios que pienses por tu vida, porque te aseguro que si vas al combate morirás.»

Al-Huseyn le dijo: «¿Crees que puedes atemorizarme con la muerte?

¿Puede sucederte algo más terrible que matarme?

Te diré lo mismo que le dijo el hermano de Al-Aus al hijo de su tío paterno cuando quería combatir junto al Mensajero de Dios, las bendiciones y la paz sean con él y con su familia, y su primo quiso meterle miedo con la muerte diciéndole: «¿Dónde vas? ¡Van a matarte!»

Y él le respondió:

Partiré, porque no hay en la muerte nada vergonzoso para un joven guerrero

si es defendiendo la verdad y combatiendo como un musulmán.

Aliviando el sufrimiento de los hombres rectos con su sacrificio

Apartándose del maldito y oponiéndose al criminal.

Si vivo, no estaré arrepentido de lo que he hecho y si muero no sufriré.

Será suficiente humillación para ti vivir y sufrir tu vileza.

Cuando Al-Hurr oyó aquello se apartó de él y viajó con sus compañeros a un lado del camino, mientras Al-Huseyn, la paz sea con él, viajaba al otro lado, hasta que llegaron a Udayb al-Hiyanát.

Al-Huseyn continuó hasta llegar a la fortaleza de los Banu Muqátil y allí descansó.

Había una tienda instalada y preguntó de quien era y le dijeron que pertenecería a Ubaydul lah bin Al-Hurr al-Yuufí.

Él dijo: «Decidle que venga a verme.»

Cuando él mensajero de Al-Huseyn llegó a él, le dijo:

«Al-Huseyn ibn Alí te invita a visitarle.»

Ubaydul lah le respondió: «En verdad pertenecemos a Dios y a Él regresamos.

Juro por Dios que no he salido de Kufa sino por que aborrecía estar allí cuando llegase Al-Huseyn, la paz sea con él y, por eso, juro por Dios que no quiero ver a Al-Huseyn ni que él me vea.»

El mensajero de Al-Huseyn regresó y le informó de lo que había sucedido. Entonces, Al-Huseyn se levantó y fue a ver a Ubaydul lah.

Entró en su tienda y le saludó y se sentó con él y le invitó a marchar con él y Ubaydul lah bin al-Hurr le repitió lo que le había dicho anteriormente a su mensajero y se excuso de aceptar su invitación.

Entonces, Al-Huseyn le dijo: «Si no vas a ayudarnos, por lo menos no seas de los que combaten contra nosotros, pues, te juro por Dios que quien escuche nuestra llamada de auxilio y no acuda en nuestra ayuda será destruido.»

Él Respondió: «Yo jamás lucharé contra ti, si Dios quiere.»

Entonces, Al-Huseyn se levantó y marchó a su campamento.

Cuando la noche estaba llegando a su final, ordenó a dos de sus jóvenes que hiciesen provisión de agua, luego, dio orden de continuar el viaje y partieron, dejando atrás la fortaleza de los Banu Muqátil.

Uqba bin Samaán relató:

«Viajamos con él durante una hora y, de pronto, comenzó a temblar y su caballo temblaba con él tanto que no podía permanecer sentado en su lomo y comenzó a decir: «En verdad pertenecemos a Dios y a Él retornamos. Alabado sea Dios, Señor de los mundos.»

Y lo repitió dos o tres veces.

Entonces, su hijo Alí, la paz sea con él, se acercó a él con su caballo y le dijo: «¿Por qué alabas a Dios y repites la aleya del retorno?»

Él le dijo: «¡Oh hijo querido! He temblado terriblemente porque vino hacia mí un jinete sobre su caballo, diciendo:

«Las gentes viajan y su destino viaja tras ellos.»

Y supe que eran nuestras propias almas anunciándonos nuestra muerte.»

Él le dijo: «¡Oh padre querido! Dios no te ve en el mal camino. ¿Acaso no estamos en lo correcto?»

Al-Huseyn le dijo: «Sí. Lo juro por Aquel a quien regresan todos los siervos.»

Él dijo: «Entonces, no tenemos de qué preocuparnos, pues vamos a morir en la senda de la verdad.»

Al-Huseyn le dijo: «Que Dios te otorgue la mejor recompensa que un hijo pueda recibir de su padre.»

Cuando llegó la mañana, pararon y rezaron la oración del amanecer, luego se apresuró a cabalgar de nuevo, girando con sus compañeros a la izquierda, con intención de separarse de los hombres de Al-Hurr, pero Al-Hurr bin Yazíd le salió al paso y le impidió tomar la dirección que quería, presionándole fuertemente para que tuviese que girar en dirección a Kufa.

Al-Huseyn se resistía a ello, así que cesaron de intentarlo y les fueron siguiendo hasta que llegaron a Nínawa, lugar en el que Al-Huseyn paró para descansar.

Entonces, apareció con sus armas y con un arco en su espalda, galopando enérgicamente, un jinete procedente de Kufa y todos pararon esperando a que llegase.

Cuando llegó a ellos, saludó a Al-Hurr y a sus compañeros, pero no a Al-Huseyn y a sus compañeros. Entregó a Al-Hurr una carta de Ubaydul lah ibn Ziyad en la que decía:

«Cuando mi mensajero llegue a ti y mi carta llegue a tus manos, haz que Al-Huseyn se detenga, pero no le permitas que lo haga más que en un espacio abierto, sin vegetación ni agua.

He dado órdenes a mi mensajero de que se quede a tu lado y no se separe de ti hasta que me traiga la noticia de que has cumplido mis órdenes.

Queda en paz.»

Cuando Al-Hurr leyó la carta les dijo:

«Ésta es una carta del Gobernador Ubaydul lah ibn Ziyad en la que me ordena que os haga parar en un lugar que indica en su carta y éste es un mensajero suyo y le ha ordenado que no se aparte de mí hasta que yo cumpla sus órdenes.»

Yazíd bin Al-Muháyer Al-Kanáni que estaba con Al-Huseyn, la paz sea con él, observó al mensajero de Ubaydul lah ibn Ziyad y le reconoció y le dijo: «¡Qué tu madre tenga que lamentar tu muerte! ¿Qué es lo que te ha traído?»

Él dijo: «La obediencia a mi Gobernador y la lealtad a mi juramento de fidelidad.»

Ibn Al-Muháyer le dijo: «Has desobedecido a tu Señor y has obedecido a tu Gobernador que te lleva a la destrucción de tu alma. Has obtenido la vergüenza y el fuego. ¡Qué mal Gobernador es tu Gobernador!

Ha dicho Dios:

Y observa cuál fue el final de los opresores. Les hicimos dirigentes llamando al Fuego y el Día del Levantamiento no serán auxiliados.[9]

       Y tu Gobernador es uno de ellos.»

Al-Hurr les hizo detenerse en un lugar en el que no había agua ni población y Al-Huseyn le dijo:

«¿No te da vergüenza?

Deja que nos paremos en este poblado o en aquel.»

Al decir éste se refería a Nínawa y Al-Gádariya y al decir aquel se refería a Shafanah.

Él dijo: «Juro por Dios que no puedo hacer eso. Ese hombre me ha sido enviado para que espíe lo que hago.»

Entonces, Zuhayr ibn al-Qays le dijo:

«Juro por Dios que, después de esto que ves, sólo puedo pensar que la situación ira a peor ¡Oh, hijo del Mensajero de Dios!

Luchar ahora contra esta gente será más fácil que luchar contra los que vendrán más adelante. Pues, juro por mi vida, que después de estos han de venir contra nosotros tantos que no podremos combatir contra ellos.»

Pero, Al-Huseyn le dijo: «Yo no seré quien comience la lucha contra ellos.» y paró en aquel lugar.

Era lunes, quinto día del mes de Muharram del año sesenta y uno de la hégira.

Al día siguiente, Umar bin Saad bin Abi Waqás salió de Kufa en dirección a ellos con cuatro mil jinetes.

Cuando llegó a Nínawa paró allí. Mandó venir a Urwa bin Qays al-Ahmasí y le dijo: «Ve ante Al-Huseyn y dile: «¿Qué es lo que te ha traído y qué es lo que quieres?»

Urwa era uno de los que había escrito a Al-Huseyn, la paz sea con él, y sentía vergüenza de tener que hacer aquello y lo mismo les sucedía a todos los jefes de tribu que le habían escrito. Todos ellos se negaban a hacerlo.

Kazír bin Abdel lah ash-Shaabí, que era un guerrero valiente que no temía enfrentarse a nada, fue ante él y le dijo: «Yo iré a él y juro por Dios que, si quieres, le mataré.»

Umar le dijo: «No quiero que le mates, pero ve a él y pregúntale: ¿Qué es lo que te trae?»

Así que Kazír fue hacia él y cuando Abu Zumáma As-Sáedí le vio venir, dijo a Al-Huseyn: «¡Que Dios te bendiga, Oh Abu Abdel lah! Viene hacia ti la peor persona que existe en la Tierra, la que más sangre ha derramado y la que más gente a matado.»

Fue hacia él y le dijo: «¡Deja tu espada en el suelo!»

Él dijo: «No lo haré. Solamente soy un mensajero. Si me queréis escuchar os diré lo que se me ha enviado a deciros y, si no queréis, me alejaré de vosotros.»

Abu Zumáma le dijo: «Cogeré el puño de tu espada y luego dirás lo que tengas que decir.»

Él dijo: «No. Juro por Dios que no la tocarás.»

Abu Zumáma le dijo: «Entonces, infórmame de lo que traes y yo se lo haré llegar a él, pero no te permitiré que te acerques a él, porque tú eres un depravado.»

Entonces, ambos comenzaron a intercambiarse insulto. Luego, Kazír regresó a Umar bin Saad y le informó de lo que había ocurrido.

Umar llamó a Qurra bin Qays al-Handalí y le dijo: «¡Ay de ti Qurra! Ve a ver a Al-Huseyn y pregúntale qué le ha traído y qué quiere.»

Qurra fue y cuando Al-Huseyn, la paz sea con él, le vio acercarse, preguntó: «¿Conocéis a ese?»

Habíb bin Mudáher dijo: «Sí, es un hombre de Hanzala Tamím, es el hijo de nuestra hermana.

Le conocía como un hombre de buen juicio y nunca hubiera pensado verle en esta situación.»

Qurra llegó y saludo a Al-Huseyn, la paz sea con él, y le comunicó el mensaje de Umar bin Saad, y Al-Huseyn le dijo: «La gente de vuestra ciudad me escribió para que viniera, pero si me rechazáis me alejaré de vosotros.»

Habíb bin Mudáher le dijo: «¡Ay de ti Qurra! ¿A dónde regresas? ¿Te vas con los tiranos? ¡Auxilia a este hombre, gracias a cuyos padres Dios te otorgará Su favor!»

Qurra le dijo: «Regreso a mi señor para transmitirle la respuesta a su mensaje y luego pensaré lo que he de hacer.»

Así que regresó junto a Umar bin Saad y le informó de la respuesta.

Umar dijo: «Tengo la esperanza de que Dios me de la posibilidad de luchar contra él y matarle.»

Y escribió a Ubaydul lah bin Ziyad, diciéndole:

En el nombre de Dios,

el Clementísimo, el Misericordiosísimo.

Cuando he llegado donde se encuentra Al-Huseyn le he enviado un mensaje preguntándole qué le traía y qué buscaba y ha respondido:

«La gente de esta tierra me ha escrito y sus mensajeros vinieron a mí pidiéndome que viniese a ellos y eso es lo que he hecho, pero si me rechazan y han cambiado de parecer respecto a lo que me trajeron sus mensajeros, me apartaré de ellos.»

Hasan bin Qáed al-Abasí dijo: «Me encontraba con Ubaydul lah ibn Ziyad cuando llegó a él esta carta y, cuando la hubo leído, recitó:

Ahora que nuestras garras están suspendidas sobre él

espera salvarse, pero no encontrará refugio.

Y escribió a Umar bin Saad:

Me ha llegado tu carta y he entendido lo que menciona.

Ofrece a Al-Huseyn que él y todos sus compañeros juren fidelidad a Yazíd y, si lo hacen, ya veremos lo que hacemos.

Queda en paz.

Cuando la respuesta llego a Umar bin Saad, éste dijo: «Me temo que Ubaydul lah no quiere que ese favor me sea otorgado.»

Tras esa carta llegó otra de Ibn Ziyad para Umar bin Saad que decía:

Impide que Al-Huseyn y sus seguidores obtengan agua. Que no prueben ni una gota, como hicieron con el piadoso y puro Uzmán ibn Afán.»

Entonces, Umar bin Saad envió a Amr bin Al-Hayách con quinientos jinetes a ocupar el camino e impedir que Al-Huseyn y sus compañeros pudieran acceder al agua, para que no pudiesen probar ni una sola gota.

Eso sucedía tres días antes de la batalla contra Al-Huseyn.

Abdel lah bin Hasín al-Azadí, que era uno de los hombres de Bayílah, gritó a Al-Huseyn con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Oh Huseyn! ¿No te parece como si el agua estuviese en lo alto de los cielos? Juro por Dios que no probareis ni una gota de ella hasta que muráis de sed.»

Entonces, Al-Huseyn dijo: «¡Oh Dios! ¡Mátale de sed y nunca le perdones!»

Y relató Hamíd bin Muslim: «Juro por Dios que fui a visitarle cuando enfermó después de aquello y juro por Dios. aparte del Cual no hay otro dios, que vi como bebía agua hasta saciarse y vomitarla, sin poder calmar su sed.

Gritaba: «¡Tengo sed! ¡Tengo sed!» Y volvía a beber hasta saciarse y vomitarla, sin que su sed se calmase.

Y así estuvo abrasándose de sed hasta que murió.

¡Que Dios le maldiga!»

***

Cuando Al-Huseyn vio el gran número de guerreros acampados en Nínawa con Umar bin Saad, al que Dios maldiga, listos para entrar en combate contra él, envió un mensaje a Umar bin Saad diciendole que quería verle.

Se encontraron por la noche y hablaron largo rato. Luego, Umar bin Saad regresó a su sitio y escribió a Ubaydul lah ibn Ziyad, que maldito sea, lo siguiente:

«En verdad, Dios ha apagado el fuego del odio, ha unificado las opiniones y ha resuelto los asuntos de la comunidad.

Este Huseyn se ha comprometido conmigo a regresar al lugar del que partió o a ir a uno de los puertos y ser uno más entre los musulmanes, con los mismos derechos y deberes que cualquiera de ellos e ir a ver a Emir al-Muminín Yazíd y ofrecerle su mano y ver la manera de solucionar las diferencias que existen entre ellos.

De esta manera, tú quedas satisfecho y la comunidad sale ganando.»

Cuando Ubaydul lah leyó la carta, dijo: «Está es la carta de un consejero preocupado por su gente.»

Shimr bin Di al-Yaushán se acercó a él y le dijo:

«¿Vas a aceptar su propuesta, cuando ha acampado en tu territorio y cerca de ti?

Juro por Dios que no debes permitirle que parta de tu territorio sin rendirse ante ti, tanto si tiene más poder que tú como si tiene menos.

No debes hacerle esa concesión, porque eso sería una señal de debilidad por tu parte.

Pero si él y sus compañeros se someten a ti, entonces, si quieres castigarles, tienes todo el derecho a hacerlo y si quieres perdonarles podrás hacerlo.»

Ibn Ziyad le dijo: «Sí. Opino lo mismo que tú.

Ve con esta carta a Umar bin Saad y que ofrezca a Al-Huseyn y a sus compañeros la rendición ante mí.

Si lo hacen, que me los envíe en paz, pero si se niegan, que luche contra ellos.

Si Umar actúa conforme a mis órdenes, escúchale y obedécele, pero si rehúsa combatir contra ellos, tú deberás ponerte al frente del ejército y ser su comandante, atacarle, cortarle la cabeza y enviármela.»

Y escribió a Umar bin Saad lo siguiente:

«No te he enviado a Al-Huseyn para que renuncies a terminar con él, ni para que pases el tiempo conversando con él, ni para que le garantices la paz y la vida, ni para que le excuses, ni para que intercedas por él ante mí.

Ve y mira si Al-Huseyn y sus compañeros se someten a mi gobierno y se rinden. Entonces, envíales a mí en paz.

Pero si se rehúsan, ve contra ellos y combáteles y castígales, porque es lo que se merecen.

Y si Al-Huseyn es matado, haz que los caballos pisoteen su pecho y su espalda, porque es un rebelde desobediente y no considero que esté mal hacerle tal cosa una vez que haya muerto.

Mi consejo es que, si le matas, le hagas eso.

Si ejecutas mis órdenes respecto a él, te recompensaremos con la recompensa que se merece un siervo atento y obediente y si rehúsas hacerlo te retiraremos el mando de nuestra provincia y de nuestro ejército y se lo entregaremos a Shimr bin Di al-Yaushán.

Ya le hemos dado nuestra autoridad para ello.

Queda en paz.»

Cuando Shimr llegó con la carta de Ubaydul lah y se la entregó a Umar bin Saad, y éste la leyó, le dijo:

«¿Qué te pasa? !Ay de ti! ¡Que Dios no favorezca jamás a tu casa! ¡Que Dios afee lo que me has hecho!

Juro por Dios que no pensaba que tú pudieras hacer que Ubaydul lah rechazase lo que yo le había escrito y que arruinases algo que yo pensaba que estaba bien.

Al-Huseyn no se rendirá, porque alienta en su cuerpo un espíritu como el de su padre.»

Shimr le dijo: «Dime lo que vas a hacer. ¿Obedecerás la orden de tu Gobernador y combatirás a su enemigo?

Si no lo haces me habrás de ceder el mando del ejército.»

Él dijo: «No, no. Juro por Dios que no te aprovecharás de esta situación. Yo lo haré y no tú.

Tú tomarás el mando de la gente de a pie.»

Umar bin Saad se preparó para dar la batalla contra Al-Huseyn la tarde del jueves, noveno día del mes de Muharram.

Shimr se dirigió hacia las líneas de Al-Huseyn y cuando llegó ante sus compañeros dijo: «¿Dónde están los hijos de nuestra hermana.»

Al-Abbás, Yafar y Uzmán, hijos de Alí ibn Abu Táleb, la paz sea con él y con ellos, se adelantaron y dijeron: «¿Qué quieres?»

Él dijo: «Vosotros, hijos de mi hermana, estáis a salvo.»

Los jóvenes le dijeron: «¡Que Dios te maldiga y maldiga tu protección ¿Vas a garantizarnos protección a nosotros y no vas a garantizársela al hijo del Mensajero de Dios?»

Entonces, Umar bin Saad gritó: «¡Oh caballería de Dios! ¡Montad y anunciad las nuevas del cielo!»

Queriendo decir: la muerte.

Los jinetes montaron sus caballos y avanzaron hacia las posiciones de Al-Huseyn, después de la oración de la tarde.

Al-Huseyn, la paz sea con él, estaba sentado frente a su tienda con su espada al lado. De pronto, puso su cabeza entre sus piernas.

Su hermana, al escuchar los gritos del enemigo, fue hacia él y le dijo: «¡Oh hermano mío! ¿No oyes los gritos? Se están acercando.»

Al-Huseyn, la paz sea con él, levantó su cabeza y dijo: «He visto al Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, ahora mismo en un sueño y me ha dicho: «En verdad, vienes hacia nosotros.»

Su hermana se golpeó el rostro y se lamentó amargamente y Al-Huseyn le dijo: «No hay razón para que te lamentes ¡Oh hermana mía! Silencia tus lamentos. Dios tendrá misericordia de ti.»

Al-Abbás ibn Alí, la misericordia de Dios sea con él, le dijo: «¡Oh hermano! Esa gente viene hacia ti en son de guerra.»

Al-Huseyn le dijo: «¡Oh Abbás! ¡Por tu alma! Monta tu caballo y ve ante ellos y diles: ¿Qué pasa con vosotros? ¿Qué queréis? y ¿A qué venís?»

Así que, Al-Abbás fue hacia ellos con unos veinte jinetes, entre ellos Zuhayr bin al-Qayn y Habíb bin Madáher y Al-Abbás les dijo: «¿Qué queréis?»

Ellos dijeron: «Ha llegado una orden del Gobernador para que os sometáis a su mando y, en caso contrario, para que luchemos contra vosotros.»

Él dijo: «No os apresuréis hasta que yo regrese a Abu Abdel lah Al-Huseyn y le exponga lo que me habéis mencionado.»

Ellos se quedaron en su sitio y dijeron: «Ve y díselo y vuelve a nosotros con lo que te diga.»

Al-Abbás regresó galopando junto a Al-Huseyn para informarle de lo sucedido, mientras sus compañeros se quedaron discutiendo con los enemigos, para poder conocer sus intenciones y para hacerles desistir de luchar contra Al-Huseyn.

Cuando Al-Abbás llegó junto a Al-Huseyn y le informó de lo sucedido, éste dijo:

«Regresa a ellos y, si puedes, consigue un plazo hasta mañana y que se alejen de nosotros durante esta tarde para que podamos rezar a nuestro señor durante la noche y suplicarle y pedirle que nos perdone, pues Él sabe que siempre me ha gustado rezarle, recitar su Sagrada Escritura, suplicarle y pedirle perdón.»

Así que, Abbás regresó ante el enemigo y volvió con un mensajero de Umar bin Saad que dijo:

«¡Os daremos de plazo hasta mañana. Entonces, si os rendís os llevaremos ante nuestro Gobernador Ubaydul lah ibn Ziyad y si os rehusáis no os daremos más plazos.» Y se fue.

Al-Huseyn, la paz sea con él, reunió a sus compañeros al acercarse la noche.

Alí ibn Al-Huseyn, Zayn ul-Abidín, la paz sea con él, dijo:

«Me acerqué a él para poder oír lo que les decía, pues en aquellos momentos me encontraba enfermo, y escuché a mi padre que decía a sus compañeros:

«Glorificado sea Dios con la mejor de las glorificaciones. Yo Le alabo en la fortuna y en la desgracia.

¡Oh Dios! Te alabo por habernos bendecido con la profecía, por habernos enseñado el Corán, por habernos instruido en la religión, por habernos dotado del oído, de la vista y del corazón y por habernos hecho de los agradecidos.

«En verdad, no conozco compañeros más leales ni mejores que mis compañeros, ni una familia más pía ni más unida a Dios que la gente de mi casa.

Quiera Dios recompensaros por ello a través mío.

En verdad, no creo que esas gentes nos den un día más. Os autorizo para que os marchéis. Os libero a todos de vuestro juramento de obediencia a mí y no recibiréis reproche alguno de mí. La noche os cubrirá, usadla como un camello.»

Sus hermanos e hijos, los hijos de sus hermanas y los hijos de Abdel lah ibn Yafar le dijeron:

«No haremos eso. ¿Quedar vivos después de tu partida? Dios no nos verá hacer eso jamás.»

El primero en hablar así fue Al-Abbás ibn Alí, la satisfacción de Dios sea con él. Luego, el resto de ellos le siguieron y hablaron de la misma manera que él o parecida.

Entonces, Al-Huseyn dijo: «¡Oh hijos de Aqíl! Ya ha sido suficiente con la muerte de Muslim, así que partid, pues yo os lo autorizo.»

Ellos dijeron: «¡Glorificado sea Dios! ¿Que dirían las gentes entonces? Dirían que abandonamos a nuestro Sheij y señor e hijo de nuestro tío, que fue el mejor de los tíos.

Que no lanzamos con él las flechas, que no arrojamos nuestras lanzas, que no combatimos a su lado con nuestras espadas.

Y no sabemos que harán los demás, pero sabemos que nosotros no haremos eso. Al contrario, sacrificaremos por ti nuestras personas, nuestros bienes y nuestras familias y combatiremos contigo y compartiremos contigo lo que te venga.

Dios ha hecho la vida despreciable tras tu muerte.»

Entonces, se puso en pie ante él Muslim bin Ausaya y dijo:

«¿Cómo podríamos dejarte solo?

¿Cómo nos justificaríamos ante Dios, glorificado sea, por haber abandonado nuestras obligaciones hacia ti?

Juro por Dios que les clavaré mi lanza en el pecho y les golpearé con mi espada mientras se mantenga firme en mi mano y, si no tuviese armas, combatiría contra ellos lanzándoles piedras.

Juro por Dios que no te abandonaremos hasta que Dios sepa que hemos protegido la ausencia del Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, en tu persona.

Y juro por Dios que si yo supiera que seré matado y vuelto a la vida y quemado y vuelto de nuevo a la vida y despedazado y vuelto a la vida, y que me harían eso mismo setenta veces, no te abandonaría hasta encontrar la muerte luchando a tu lado.

¿Cómo entonces no lo haría cuando solamente he de morir una vez y eso representa una gran bendición que no es posible rechazar?»

Y se puso en pie Zuhayr bin Al-Qayn al-Bayalí, la bendición de Dios sea con él, y dijo:

«Juro por Dios que quisiera ser matado y vuelto a la vida y matado de nuevo mil veces y que, de esa manera, Dios Altísimo protegiera tu vida y la vida de estos jóvenes de tu familia.»

Todos sus compañeros hablaron uno tras otro de manera parecida.

Entonces, Al-Huseyn pidió a Dios que les recompensase por ello y regresó a su tienda.

Alí ibn Al-Huseyn, la paz sea con él, dijo:

«La tarde anterior a la mañana en la que fue matado mi padre estaba yo sentado en compañía de la hermana de mi padre, Zaynab, que me cuidaba en la enfermedad, cuando mi padre llegó a su tienda.

Con él estaba Yuwayn el liberto de Abu Dar Al-Gafárí preparando su espada y sus armas y mi padre recitaba:

¡Oh tiempo! Me avergüenzo de ti como amigo

Cuándo se ponga el día y salga el Sol

 

¿Cuántos compañeros serán matados?

El tiempo no quedará satisfecho con un sustituto

 

Y, en verdad, el asunto regresa al Majestuoso

Y todo ser vivo recorrerá mi camino.

Y lo repitió dos o tres veces, hasta que yo lo entendí y supe lo que quería decir.

Las lágrimas subieron a mi garganta y yo las rechacé. Quedé silencioso y supe que la desgracia había descendido sobre nosotros.

La hermana de mi padre escuchó lo mismo que yo había escuchado y como era mujer y la delicadeza y la pena son parte de la condición femenina, no pudo controlarse y, poniéndose en pie y rompiendo sus ropas, fue hacia él y le dijo:

«¡Tendré que lamentar tu pérdida!

¡Ojalá tu muerte se lleve hoy mi vida! Pues ha muerto mi madre Fátima y mi padre Alí y mi hermano Al-Hasan

¡Oh heredero del pasado y del resto que aun queda!»

Al-Huseyn la miró y le dijo: «¡Oh hermanita! No dejes que el demonio te arrebate tu serenidad.»

Y mirándola con los ojos llenos de lágrimas le dijo:

«Si dejas a los gansos tranquilos, dormirán.» Queriendo decir que la vida sigue su curso.

Ella dijo: «¡Ay de ti! ¿Te arrebatarán la vida violentamente? Eso es lo que más le duele a mi corazón y lo más duro para mí alma.»

Y comenzó a golpear su cara. Luego, tomó el borde de sus ropas y lo rasgó. Luego, se desmayó.

Al-Huseyn fue hacia ella y refrescó su cara con un poco de agua y le dijo:

«¡Oh hermanita! Se temerosa de Dios y hazte fuerte con la fortaleza de Dios.

Sabe que toda la gente de este mundo ha de morir y que tampoco permanecerán eternamente los seres que habita los cielos y que todo lo que existe será aniquilado excepto el rostro de Dios, el Cual ha creado con Su poder a todas las criaturas, las envía a este mundo y luego las hace regresar a Él. Él es uno y único.

Mi padre era mejor que yo, mi madre era mejor que yo, mi hermano era mejor que yo y todos los musulmanes tenemos al Mensajero de Dios como modelo de conducta.»

La fue fortaleciendo con estas palabras y otras parecidas y luego le dijo:

«¡Oh hermanita! Yo te juro, y siempre soy fiel a mis juramentos, que no hay razón para que rasgues tus ropas, ni para que hieras tu rostro, ni para que llores tus lamentaciones por mí, cuando yo sea matado.»

Luego, la atrajo hacia sí y la sentó a su lado.

Después fue hacia sus compañeros y les ordenó que aproximaran las tiendas entre sí, de manera que las cuerdas que tensaban unas quedasen entrelazadas con las de las otras, y les dijo que se quedasen entre ellas, de manera que el enemigo no pudiese atacarles más que por un solo frente y sus tiendas quedasen a la espalda de ellos, a la derecha y a la izquierda protegiéndoles de cualquier otro ataque del enemigo.

Regresó a su tienda y pasó toda la noche rezando, pidiendo perdón a Dios y suplicando y también sus compañeros pasaron la noche de la misma manera, rezando, suplicando y pidiendo perdón a Dios.

Ad-Dahák bin Abdel lah relató lo siguiente:

«Un grupo de jinetes de Umar bin Saad pasaba continuamente ante nuestras tiendas vigilándonos mientras Al-Huseyn recitaba:

Que aquellos que no creen no piensen que si les damos un plazo es para su bien. En verdad, les concedemos un plazo para que acumulen malas acciones. Para ellos hay un castigo humillante. Dios no va a dejar a los creyentes en el estado en el que os encontráis, sin separar al malo del bueno. [10]

Entre aquellos jinetes, un hombre llamado Abdel lah bin Samír, le escuchó.

Era una persona muy divertida, traidor en la lucha y jinete peligroso por su capacidad letal y dijo: «¡Juro por el Señor de La Kaaba que nosotros somos los buenos y nos diferenciamos de vosotros!»

Burayr bin Judayr le respondió: «¡Oh pecador! ¿Desde cuándo Dios ha hecho de ti uno de los buenos?»

Él dijo: «¡Ay de ti! ¿Quién eres tú?»

Burayr le respondió: «Yo soy Burayr bin Judayr.»

Y comenzaron a maldecirse el uno al otro.

Cuando amaneció, después de la oración del amanecer, Al-Huseyn ibn Alí puso en fila a sus compañeros.

Contaba con treinta y dos hombres de a caballo y con cuarenta hombres de a pie.

Puso a Zuhayr bin Al-Qayn al mando de los compañeros del flanco derecho y a Habíb bin Mudáher al mando de los compañeros del flanco izquierdo y entregó su estandarte a Al-Abbás, su hermano.

Se situaron de manera que las tiendas quedasen a sus espaldas y ordenó que se prendiese fuego a la madera y las cañas que habían colocado en una zanja excavada tras las tiendas, temiendo que les pudiesen atacar por la espalda.

Ese mismo día, viernes según unos y sábado según otros, cuando amaneció, Umar bin Saad, dispuso a sus hombres para la batalla y salió con ellos al encuentro de Al-Huseyn.

Al frente de su flanco derecho puso a Amru bin Al-Hayyach y al frente de su flanco izquierdo a Shimr bin Di Al-Yaushán. Al mando de la caballería puso Urwa bin Qays y al mando de la infantería a Shabaz bin Rabií y entregó su estandarte a Durayd, su liberto.

Ha sido recogido que Alí ibn Al-Huseyn Zayn al-Abidín, la paz sea con él, dijo:

«Cuando la caballería se aproximaba, Al-Huseyn levantó su mano y dijo:

«¡Oh Dios! Tú eres en quien yo confío ante todo sufrimiento y eres mi esperanza ante toda dificultad.

Tú eres para mí, en todo lo que me sucede, mi seguridad y mi provisión, aunque en ello flaquee el corazón, las conspiraciones disminuyan mi fuerza, los compañeros me abandonen y los enemigos se alegren por ello.

Tú eres quien me envía todo ello y a Ti vuelvo mi queja por deseo de Ti.

Tú me has dado consuelo ante todo ello y me has desvelado su significado y Tú eres Quien otorga toda misericordia, el Dueño de todo bien y la meta de todo deseo.»

Y dijo: «Cuando los enemigos comenzaron a aproximarse hacia la tienda de Al-Huseyn y vieron la zanja frente a ellos y el fuego de las maderas y cañas que habían puesto en ella ardiendo, Shimr bin Di Al-Yaushan, la maldición sea sobre él, gritó lo más fuerte que pudo:

«¡Oh Huseyn! ¿Te apresuras al fuego antes de Día del Juicio Final?»

Al-Huseyn dijo: «¿Quién es ese? Parece Shimr bin Di al-Yaushán.»

Y él dijo: «Sí.»

Al-Huseyn le dijo: «¡Oh hijo de una pastora de cabras! Tú eres más adecuado para arder en él.»

Muslim bin Ausaya quiso lanzarle una flecha pero Al-Huseyn se lo prohibió y él dijo: «Déjame que le dispare pues en verdad es un pecador y un gran tirano y Dios permitirá que lo haga.»

Pero Al-Huseyn le dijo: «No le dispares. Me repugna ser yo quien comience las hostilidades.»

Entonces, Al-Huseyn pidió su montura y subió a ella y grito con toda la fuerza de su voz: «¡Oh gente de Iraq!» Y ellos se pusieron a escucharle.

Y dijo: «¡Oh gentes! Escuchad lo que os digo y no os apresuréis a atacarme hasta que os haya recordado el derecho que tengo sobre vosotros y me libre de cualquier culpa si me atacáis. Si me hacéis justicia eso os hará más felices y si no me hacéis justicia que sea por vuestra propia decisión.

Así que, aclarad vuestra opinión, de manera que vuestro asunto no quede oscuro para vosotros. Después de eso, atacadme sin esperar más.»

Y recitó:

En verdad, mi protector es Dios, el Cual hizo descender la escritura Sagrada y Él es quien protege a quienes son justos.[11]

Después, alabó a Dios y le glorificó y recordó a Dios como corresponde a Su gente y pidió bendiciones por el Profeta y por los ángeles de Dios y por Sus mensajeros.

Jamás se ha escuchado tanta elocuencia en una persona antes de él ni se escuchará después de él.

Después dijo:

«Considerad mi linaje y ved quién soy yo. Luego, volveos a vosotros mismos y censuraos por vuestro comportamiento y ved si es correcto combatid contra mí y violar mi santidad.

¿Acaso no soy yo el hijo de la hija de vuestro Profeta? ¿El hijo de su albacea testamentario e hijo de su tío, el primero de los creyentes en ratificar aquello que llegó al Mensajero de Dios procedente de su Señor?

¿Acaso no fue Hamza, el señor de los mártires, mi tío?

¿Acaso no era Yafar at-Tayyar el que vuela en el Paraíso con dos alas, mi tío?

¿Acaso no os han llegado las palabras del Mensajero de Dios sobre mí y sobre mi hermano: «Ellos dos son los señores de los jóvenes del Paraíso?»

Si creéis en lo que os digo, y es la verdad, pues juro por Dios que jamás he dicho una sola mentira, ya que sé que Dios detesta a quien lo hace, o si me desmentís, hay entre vosotros quien si le preguntáis por ello os podrá informar.

Preguntad a Yáber bin Abdel lah al-Ansarí, a Abu Saíd al-Judrí, a Sahl bin Saad as-Saedí, a Zayd bin Arqam y a Anas bin Málek y os informarán de que escucharon esas palabras al Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, sobre mí y mi hermano.

¿No hay en ello razón suficiente para que evitéis derramar mi sangre?»

Entonces, Shimr ibn Di al-Yaushán le dijo: «Yo adoro muy poco a Dios, si entiendo lo que dices.»

Habíb bin Mudáher le respondió: «Yo veo que tú adoras a Dios setenta veces menos y doy testimonio de que es verdad que no entiendes lo que él dice, pues Dios ha sellado tu corazón.»

Y Al-Huseyn les dijo:

«Si tenéis dudas sobre ello, estáis dudando que yo sea el hijo de la hija de vuestro Profeta. Y juro por Dios que no existe entre el Oriente y el Occidente, ni entre vosotros ni fuera de vosotros, otro hijo de la hija del Profeta más que yo.

¿Acaso buscando mi muerte estáis tratando de vengar la sangre de alguien de vosotros al que yo haya matado o de bienes de los que me haya apropiado o por alguien a quien yo haya herido?»

Nadie respondió.

Entonces, él gritó:

«¡Oh Shaba ibn Rabíi! ¡Oh Hayyar bin Abyár! ¡Oh Qays bin Al-Ashaz! ¡Oh Yazíd ibn Al-Harith!

¿Acaso no me escribisteis: «La fruta

está madura; los dátiles se han puesto verdes; ven a por

un ejército que ha sido reunido para ti?»

Qays bin Al-Ashaz le dijo: «No se de lo que estás hablando. Sométete a la autoridad de los hijos de tu tío, pues ellos siempre te han considerado como tú quieres.»

Al-Huseyn le dijo: «No. Juro por Dios que nunca os entregaré mi mano como un hombre humillado, ni huiré como un esclavo.»

Luego recitó:

¡Me refugio en mi Señor y vuestro Señor de que me lapidéis![12]

¡Me refugio en mi Señor y vuestro Señor de todo arrogante que no crea en el día de la Cuenta ¡ [13]

 

Luego, bajó de su caballo y ordenó a Uqba bin Samaán que atará sus riendas.

Los enemigos comenzaron a avanzar hacia él.

Cuando Al-Hurr bin Yazíd vio que las gentes estaban decididas a luchar contra Al-Huseyn, dijo a Umar bin Saad: «¡Oh Umar! ¿Vas a luchar contra este hombre?»

Él dijo: «Sí. Y juro por Dios que será una batalla en la que lo menos terrible serán las cabezas cortadas y las manos volando de sus cuerpos.»

Al-Hurr le dijo: «¿Es que no vas a aceptar lo que quiere de vosotros?»

Él dijo: «Si yo tuviera el poder lo haría, pero vuestro gobernador no lo permite.»

Al-Hurr se apartó de la gente.

Junto con él estaba un hombre de su tribu al que llamaban Qurra bin Qays y le dijo: «¡Oh Qurra! ¿Has dado hoy de beber a tu caballo?»

Dijo: «No.»

Al-Hurr le dijo: «¿Y no quieres darle de beber?»

Qurra relató: «Juro por Dios que pensé que quería marcharse y no presenciar la batalla, pero que no quería que le vieran haciendo aquello, así que le dije: «No le he dado de beber e iba a hacerlo ahora.» Y me fui del lugar en el que estaba con él. Y juro por Dios que si me hubiese informado de lo que quería hacer, yo habría ido con él hacia Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él.»

Al-Hurr comenzó a acercarse poco a poco hacia las posiciones de Al-Huseyn.

Entonces, Al-Muháyer bin Aus le dijo: «¡Oh Ibn Yazíd! ¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres atacar?»

Pero él no le respondió.

Al-Muháyer le tocó y vio que estaba temblando y le dijo: «Actúas de una manera muy extraña. Juro por Dios que nunca te había visto en una situación como ésta.

Si me hubiesen preguntado por el más valiente de las gentes de Kufa, no habría dejado de mencionarte

¿Qué es lo que ahora estoy viendo en ti?»

Al-Hurr le dijo: «Juro por Dios que, en verdad, estoy dando a mi alma a elegir entre el Paraíso y el Fuego y juro por Dios que no elegiré otra cosa que no sea el Paraíso, aunque me corten en pedazos y me quemen.»

Luego, azuzó a su caballo y fue a reunirse con Al-Huseyn, la paz sea con él y le dijo:

«Vengo a sacrificar mi vida por ti ¡Oh hijo del Mensajero de Dios!

Yo soy quien te impidió regresar, quien te cortó el paso y te obligó a detenerte en este lugar, pero no pensaba que las gentes rechazasen lo querías de ellos ni que te llevarían a esta situación y juro por Dios que si hubiera sabido que te llevarían finalmente a lo que estoy viendo, nunca habría actuado contra ti de la manera que actué.

Me arrepiento ante Dios Altísimo por lo que hice. ¿Aceptarás tú mi arrepentimiento?»

Al-Huseyn le dijo: «Si. Que Dios acepte tu arrepentimiento. Desmonta.»

Al-Hurr le dijo: «No tendrás jamás otro jinete mejor que yo combatiendo a caballo, pero ahora que he desmontado combatiré a pie hasta el final.»

Al-Huseyn le dijo: «Hazlo pues. Que Dios tenga misericordia de ti por el privilegio que te ha otorgado.»

Él avanzo por delante de Al-Huseyn y un hombre de los compañeros de Al-huseyn recito:

¡Qué excelente es Al-Hurr! El hombre libre de los Banu Riáh

Y libre frente a todas las lanzas enemigas.

 

Qué excelente Al-Hurr cuando Al-Huseyn convoca a las gentes

Y sacrifica su propia persona en la mañana.

Entonces, él dijo:

«¡Oh gente de Kufa! Vuestras madres perderán a sus hijos y sus ojos se llenarán de lágrimas.

¿Pedisteis a este siervo justo que viniese a vosotros y cuando vino le entregáis a sus enemigos?

¿Pensasteis combatir a su lado y luego os ponéis contra él y queréis matarle?

Os apoderáis de su vida, y le reprimís.

Le rodeáis por todos lados impidiéndole que regrese al territorio de Dios, amplio y espacioso, de tal manera que ha caído en vuestras manos como un prisionero que no tiene capacidad para ayudarse a sí mismo ni para dañar a otros.

No habéis permitido que él, sus mujeres, sus hijos y las gentes de su casa puedan acceder al agua que corre en el río Eúfrates, de la que beben los judíos y los cristianos, los zoroástricos y hasta los cerdos de Sawad y los perros, y haréis que mueran de sed.

¡Qué mal os habéis portado con la familia de Muhammad!

¡Quiera Dios privaros de agua el Día de la Gran Sed!»

Algunos hombres comenzaron a atacarle lanzándole flechas y él se apartó y se fue junto a Al-Huseyn, la paz sea con él.

Entonces, Umar bin Saad gritó: «¡Oh Duwíd! Tráeme tu estandarte.»

Él se lo trajo y Umar puso una flecha en su arco y la disparó y dijo: «Sed testigos de que yo he sido el primero en disparar.»

Luego, comenzaron a dispararse unos a otros y a avanzar para combatir cuerpo a cuerpo.

Yasár, liberto de Ziyad bin Abi Sufián se adelantó para combatir y Abdel lah bin Umayr le salió al encuentro.

Yasár le dijo: «¿Quién eres tú?»

Abdel lah le dijo su linaje y Yasár le dijo: «No te conozco. Que salga a pelear contra mi Zuhayr bin al-Qayn o Habíb ibn Mudáher.»

Abdel lah bin Umayr le dijo: «¡Oh hijo de una mala mujer! ¿Querías combatir con uno de los hombres?»

Y le atacó con su espada hasta que el ánimo de Yasár se fue enfriando.

Mientras estaba peleando contra él, salió a atacarle Sálem, liberto de Ubaydul lah bin Ziyad.

Sus compañeros le gritaron para avisarle que se acercaba a él, pero él no se dio cuenta de que Sálem se aproximaba hasta que le tuvo encima. Bin Umayr esquivó el golpe de espada de Sálem con su brazo izquierdo, pero el golpe de espada le cortó los dedos de la mano.

Bin Umayr le golpeó a su vez con su espada hasta que le mató.

Después de matar a ambos, se volvió hacia los enemigos y dijo:

Si no sabéis quien soy, yo soy Ibn Kalb

En verdad, soy un hombre amargado y cáustico.

No soy débil ante la calamidad.

 

 

Amru bin Al-Hayyách atacó el ala derecha de los compañeros de Al-Huseyn con la gente de Kufa que estaba bajo su mando.

Cuando éstos se acercaron a Al-Huseyn, sus seguidores pusieron rodilla en tierra y afianzaron sus lanzas contra ellos. Los caballos no quisieron avanzar y se dieron la vuelta huyendo. Entonces, los compañeros de Al-Huseyn les dispararon sus flechas, matando a algunos e hiriendo a otros.

Entonces, se acercó hacia el ejército de Al-Huseyn un hombre de los Banu Tamím, llamado Abdel lah bin Hauza. Sus compañeros le gritaron: «¿Dónde vas? ¡Que tu madre tenga que lamentar tu muerte!»

Él dijo: «Voy hacia un Señor Misericordioso y hacia un intercesor leal.»

Al-Huseyn dijo a sus compañeros: «¿Quién es ese?»

Le dijeron: «Es Ibn Hauza.»

Él dijo: «¡Oh Dios! ¡Arrójale al Fuego!»

Entonces, su caballo se golpeó con una piedra de pico e hizo un brusco movimiento que le tiró de la silla. Su pie izquierdo se quedó enganchado en el estribo y su pierna derecha quedó hacia lo alto.

Muslim bin Ausaya le atacó y de un golpe le cortó la pierna derecha. Su caballo siguió galopando y le fue arrastrando y su cabeza se fue golpeando con todas las piedras y todos los árboles hasta que murió y Dios envió rápidamente su alma hacia el Fuego.

Entonces, el combate se generalizó y muchos hombres murieron.

Al-Hurr bin Yazíd atacó a los compañeros de Umar bin Saad mientras recitaba los versos de Antara:

No cesare de lanzarme a ellos con el cuello y el pecho

de mi caballo, hasta que éste quede empapado de sangre.

Salió a su encuentro un hombre de Belhárez llamado Yazíd bin Sufyán y Al-Hurr no dejó de pelear con él hasta que le mató.

Náfia bin Helál avanzó hacia la batalla diciendo:

Soy hijo de Helál Al-Bayalí

Y sigo la religión de Alí

Muzáhem bin Hurayz avanzó hacia él y le dijo: «Yo sigo la religión de Uzmán.»

Náfia le respondió: «Tú sigues la religión de Satanás.»

Y le atacó y le mató.

Entonces, Amru bin Al-Hayyach gritó a las gentes:

«¡Oh estúpidos! ¿Es que no os dais cuenta contra quiénes estáis combatiendo? Combatís contra jinetes que van en busca de la muerte.»

«Que ninguno de vosotros combata contra ellos en solitario, pues ellos son pocos y no durarán mucho.»

«Juro por Dios que si no les tiraseis más que piedras también acabaríais con ellos.»

Entonces, Umar bin Saad dijo: «Lo que dices es cierto.»

Y envió un mensajero a sus gentes para decirles que ninguno entrase en combate sin que fuesen con él otros hombres más.

Luego, Amru bin Al-Hayyach con sus compañeros atacó a Al-Huseyn, la paz sea con él, por el lado del río Eúfrates.

Pelearon un buen rato con fiereza y Muslim bin Ausaya Al-Asadí, Dios esté satisfecho de él, fue derribado a tierra y Amru y sus compañeros se retiraron.

Cuando el polvo se asentó, encontraron a Muslim agonizando.

Entonces, Al-Huseyn fue a él cuando aun le quedaba un hálito de vida y le dijo: «¡Que Dios tenga misericordia de ti! ¡Oh Muslim!»

Y recitó:

Entre los creyentes hay hombres que cumplen lo que han prometido a Dios. Entre ellos hay quienes ya han cumplido su promesa y hay otros que aun esperan y no han cambiado en absoluto[14]

Habíb bin Mudáher se acercó a él y dijo: «Es duro para mí verte morir ¡Oh Muslim! Pero te anuncio la buena nueva de que vas al Paraíso.»

Muslim, con voz débil le respondió: «¡Que Dios te otorgue el Paraíso a ti también!»

Habíb le dijo:« Si no fuera porque se que seguiré tus pasos en pocos momentos, hubiera querido que me hicieses albacea testamentario de todo aquello que te concierne.»

Entonces, los enemigos regresaron contra Al-Huseyn.

Shimr bin Di al-Yaushán, al que Dios maldiga, le atacó por el flanco izquierdo pero sus compañeros resistieron firmes el ataque y les rechazaron.

Luego, atacaron a Al-Huseyn y a sus compañeros desde todos lados pero los compañeros de Al-Huseyn los combatieron con gran coraje.

Tomaron los caballos, aun cuando solamente disponían de treinta y dos jinetes y atacaron a sus enemigos y no hubo lugar en que no atacasen a la caballería de la gente de Kufa sin que éstos se vieran obligados a retroceder.

Cuando Urwa bin Qays, que estaba al mando de la caballería de la gente de Kufa, vio aquello, mandó decir a Umar bin Saad: «¿No estás viendo cómo ese pequeño grupo de jinetes está golpeando a mi caballería? ¡Envía contra ellos a la infantería y a los arqueros!»

Umar envió contra ellos a los arqueros, quienes hirieron al caballo de Al-Hurr bin Yazíd. Entonces, Al-Hurr desmontó diciendo:

Ya me conocéis: soy el hijo de El-Libre

Más valiente que un león melenado.

Les atacó con su espada, pero fue atacado por muchos hombres al mismo tiempo y Ayyub bin Musarreh y otros hombres de a caballo de la gente de Kufa participaron en el ataque y entre todos consiguieron acabar con él.

Los compañeros de Al-Huseyn ibn Alí combatieron contra sus enemigos con gran fiereza hasta el medio día.

Cuando Al- Husín bin Namír, que estaba al mando de los arqueros, vio la perseverancia de los compañeros de Al-Huseyn, avanzó contra ellos con quinientos arqueros para que les atacasen lanzándoles sus flechas.

Estuvieron disparándoles y no dejaron de dispararles hasta conseguir herir a sus caballos y a sus jinetes y desmontarles.

Entonces, incrementaron su ataque y, durante un tiempo, libraron una batalla feroz.

Shimr bin Di al-Yaushán les atacó con sus compañeros, pero Zuhayr bin Al-Qayn les salió al encuentro con diez hombres de entre los compañeros de Al-Huseyn y les hizo alejarse de las tiendas.

Shimr bin Di al-Yaushán quiso volver a atacarles, pero algunos de sus hombres fueron matados y el resto fue rechazado hacia sus posiciones y Zuhayr bin al-Qayn fue a informar a Al-Huseyn en persona y le dijo:

«Hoy nos encontraremos con tu abuelo el Profeta, con Al-Hasan, con Alí al-Murtadá y con Yaafar el de las dos alas, el joven y bravo guerrero.»

Era evidente que las bajas entre los compañeros del Al-Huseyn, dado su poco número, eran numerosas, mientras que las bajas de Umar bin Saad no se notaban tanto debido al gran número que éstos eran.

La batalla fue incrementando su violencia y el número de muertos y heridos entre los compañeros de Abu Abdel lah Al-Huseyn, la paz sea con él, hasta que el Sol fue ocultándose.

Entonces, Al-Huseyn y sus compañeros rezaron la oración en la modalidad establecida cuando se teme el ataque del enemigo, denominada «oración del temor».

Hanzala bin Saad Ash-Shibamí se puso delante de Al-Huseyn y gritó a la gente de Kufa:

¡Oh gentes! En verdad, temo que os suceda lo mismo que el día de la batalla de los partidos.¡[15]

Oh gentes! Temo para vosotros el Día de la Convocatoria. ¡Oh gentes! No matéis a Al-Huseyn porque Dios os destruirá con Su castigo.

¡Ciertamente, quien invente mentiras fracasará![16]

Luego, avanzó y combatió hasta morir, la misericordia de Dios sea con él.

Después de él, avanzó Shaudab, el liberto de Sháker y dijo: «La paz sea contigo ¡Oh Abu Abdel lah! Y la bendición de Dios y su misericordia. Queda con Dios y que Él te proteja.», y combatió hasta que le mataron.

La misericordia de Dios sea con él.

Luego, avanzó Ábis bin Abi Shabíb ash-Shákerí, saludó a Al-Huseyn y se despidió de él y combatió hasta ser matado.

Y no cesaron de salir a combatir un hombre tras otro de los compañeros de Al-Huseyn, hasta que solamente quedaron junto a él los miembros de su familia.

Entonces, avanzó su hijo Alí ibn Al-Huseyn, hijo de Layla hija de Abu Murra bin Urwa bin Masud Az-Zaqafí.

Era uno de los hombres de aspecto más apuesto y ese mismo día cumplía veinte años.

Atacó a sus enemigos diciendo:

Soy Alí hijo de Al-Huseyn hijo de Alí

Nosotros somos la casa de Dios bendecida con el Profeta

Juro por Dios que no nos gobernará el hijo de un bastardo

Golpearé con la espada defendiendo a mi padre

Como golpea un joven Hashemí de Quraix

Y así lo hizo repetidas veces y la gente de Kufa no se atrevía a luchar contra él.

Murra bin Munqid al-Abdí le vio y dijo: «¡Que caigan sobre mí todos los pecados de los árabes si pasa ante mí haciendo eso mismo y no hago que su padre tenga que lamentar su pérdida.»

Alí continuó atacando y avanzando como había estado haciendo desde el primer momento, pero Murra bin Munqid se acercó a él y le apuñaló.

Alí cayó al suelo y sus enemigos cayeron sobre él con sus espadas y le mataron.

Al-Huseyn fue hacia él y, cuando llegó a su lado, dijo: «¡Que Dios mate a las gentes que te mataron! ¡Oh hijo mío! ¡Qué insolentes son con el Misericordioso, violando la santidad de la casa del Profeta!»

Luego sus ojos se llenaron de lágrimas y dijo: «Después de ti ya no queda nada en este mundo.»

Entonces, salió Zaynab, la hermana de Al-Huseyn, corriendo hacia el y lamentándose: «¡Oh hijo mío e hijo de mi hermano!»

Y al llegar a él se arrojó sobre su cuerpo.

Al-Huseyn tomó su cabeza y le llevó de nuevo a su tienda.

Entonces, ordenó a su dos hijos: «¡Traed a vuestro hermano!»

Y ellos trajeron su cuerpo y lo pusieron ante la tienda delante de la cual había estado combatiendo.

Uno de los hombres de Umar bin Saad al que llamaban Amru bin Sabíh, disparó una flecha a Abdul lah bin Muslim bin Aqíl, la misericordia de Dios sea con él.

Abdel lah, tratando de protegerse de la flecha, llevó su mano a la frente, pero la flecha le atravesó la mano y se clavó en su frente y él no podía liberar su mano. Entonces, otro hombre le atacó con su lanza, se la clavó en el corazón y le mató.

Abdul lah bin Qutba at-Táií atacó a Awan ibn Abdel lah ibn Yaafar ibn Abi Táleb, la misericordia de Dios sea con él, y le mató.

Ámer bin Nahshal at-Tamimí atacó a Muhammad ibn Abde lah ibn Yaafar ibn Abi Táleb, la misericordia de Dios sea con él, y le mató.

Uzmán ibn Jálid al-Hamadání se lanzó sobre Abde Rahmán ibn Aqíl ibn Abi Táleb, la misericordia de Dios sea con él, y le mató.

Hamíd bin Muslim dijo: «Eso era lo que estaba sucediendo, cuando salió hacia nosotros un joven cuyo rostro era afilado como la luna nueva.

En su mano llevaba una espada y vestía una camisa con una tela atada alrededor de su cintura y un par de sandalias, una de las cuales tenía rota su correa.»

Umar bin Saíd bin Nufail al-Azadí me dijo: «¡Juro por Dios que me lanzaré sobre él!»

Yo le dije: «¡Glorificado sea Dios! ¿Por qué quieres hacer eso? ¡Déjale! Será suficiente con que quede uno sólo de ellos para que se vengue de ti por ello.»

Pero él dijo: «Por Dios que me lanzaré sobre él.»

y se lanzó sobre él y le golpeó con su espada en la cabeza, partiéndosela por la mitad.

El joven cayó al suelo de bruces y exclamó: «¡Oh tío!»

Al-Huseyn apareció como un halcón cuando cae sobre su presa. Se lanzó sobre Umar bin Saíd bin Nufail como un león furioso y le golpeó con su espada. Éste trató de parar el golpe con su brazo y él se lo cortó a la altura del codo. Dio un grito tan fuerte que la gente de su ejército lo oyó.

Al-Huseyn se alejó de él y, entonces, la caballería de Kufa acudió a salvarle, pero en medio de la polvareda le pisotearon con sus caballos y terminaron de matarle.

Cuando el polvo se asentó, vi al Al-Huseyn parado junto a la cabeza del joven, la puso sobre su pierna mientras decía: «¡Que muera la gente que te mató! ¡Que sean juzgados por tu abuelo el Día del Levantamiento por lo que te han hecho.»

Luego dijo: «Juro por Dios que es muy duro para tu tío que le hayas invocado y él no haya respondido a tu llamada, o que te haya respondido cuando ya tu grito no podía ayudarte.

Son muchos los que atacan y pocos los que ayudan.»

Luego, le abrazó contra su pecho, y es como si estuviera viendo las piernas del joven dejando una marca sobre la tierra.

Al-Huseyn lo llevó junto a su hijo Alí ibn Al-Huseyn y con los otros muertos de su familia.

Yo pregunté quién era el joven y me dijeron que era Al-Qásim ibn Al-Hasan ibn Alí ibn Abu Táleb, sobre todos ellos sea la paz.»

Tras eso, Al-Huseyn se sentó frente a la tienda y tomó a su hijo Abdel lah ibn Al-Huseyn que era un bebé y le sentó en su regazo.

Un hombre de los Banu Asad le disparó una flecha y le segó la garganta y su sangre cayó sobre la mano de Al-Huseyn.

Cuando ésta se le llenó de sangre, la dejó caer al suelo y luego dijo: «¡Señor! Si todavía no permites que nos llegue el auxilio del cielo, pon a este niño en un buen lugar y toma venganza por nosotros en esas gentes opresoras.»

Luego, llevó al niño y lo depositó junto al resto de los muertos de su familia.

Entonces, Abdel lah bin Uqba al-Ganawí disparó una flecha a Abu Bakr ibn Al-Hasan ibn Alí ibn Abi Táleb y le mató.

Cuando Al-Abbás ibn Alí vio el gran número de sus familiares que habían sido matados, dijo a sus hermanos de madre, Abdul lah, Yafar y Uzmán:

«¡Oh hijos de mi madre! Salid a combatir para que yo pueda ver que vosotros habéis sido fieles a Dios y a Su Mensajero, pues, en verdad, no tenéis hijos que proteger.»

Abdel lah salió a combatir lleno de ardor y se enfrentó con Hání bin Zabít Al-Hadramí y Hání le mató. ¡Que Dios le maldiga!

Tras él, salió a combatir Yaafar ibn Alí, la paz sea con él, y también Hání le mató.

Jawalí bin Yazíd Al-Asbahí avanzó contra Uzmán ibn Alí, la paz sea con él, que había salido a ocupar el lugar de sus hermanos. Le disparó una flecha y le derribó.

Un hombre de los Banu Dárim se lanzó contra él mientras estaba caído y le cortó la cabeza.

Entonces, un grupo de enemigos atacó a Al-Huseyn y se interpusieron entre él y sus compañeros.

Al-Huseyn se encontraba muy sediento y cabalgó hacia el embarcadero, tratando de alcanzar el río Eúfrates. Su hermano Al-Abbas iba delante de él, pero la caballería de Ibn Saad les cortó el camino.

Entre ellos iba un hombre de los Banu Dárim que les dijo: «¡Ay de vosotros! Interponeos entre él y el Eúfrates. No le permitáis que llegue al agua.»

Entonces, Al-Huseyn dijo: «¡Oh Dios! ¡Estoy sediento!

El Dárimí se puso furioso y le lanzó una flecha que se le clavó en el cuello. Al-Huseyn se sacó la flecha y se sujetó la garganta con la mano. Las manos se le llenaron de sangre y él se las sacudió. Entonces, dijo: «¡Oh Dios! Me quejo ante Ti de cómo tratan al hijo de la hija de Tu Mensajero.»

Luego, regresó a su sitio y se le incrementó la sed.

Los enemigos habían rodeado a Al-Abbás separándole de Al-Huseyn, así que Al-Abbás luchó contra ellos en solitario hasta que le mataron.

Que Dios le otorgue el Paraíso.

Entre los que participaron en su muerte estaban Zayd bin Waraqá al-Hanafí y Hakím bin At-Tufayl as-Sumbasí, que le remataron cuando ya estaba lleno de heridas y no podía defenderse.

Cuando Al-Huseyn regresaba del embarcadero hacia su tienda, le salió al paso Shimr bin Di al-Yaushán con un grupo de sus compañeros que le rodearon.

El más rápido de ellos era un hombre al que llamaban Málek bin An-Nasr al-Kindí que, maldiciendo a Al-Huseyn, le golpeó con su espada en la cabeza. Al-Huseyn llevaba en ella un casco, pero el golpe se lo cortó y la espada llegó a su cabeza y le hirió, haciéndola sangrar. Su casco se le llenó de sangre y Al-Huseyn le dijo: «¡Qué no puedas comer con tu mano derecha ni beber con ella y que Dios te reúna con los opresores el Día del Juicio Final.»

Tiró el casco, pidió una tela y se la enrolló en la cabeza y se puso otro casco encima.

Shimr bin Di al-Yaushán y sus compañeros regresaron a sus posiciones, permanecieron allí un poco y de nuevo atacaron a Al-Huseyn y le rodearon.

Abdel lah ibn Al-Hasan ibn Alí, sobre él sea la paz, salió en su ayuda. Era un jovencito que todavía permanecía junto a las mujeres. Corrió y se puso junto a su tío Al-Huseyn.

Zaynab bint Alí, la paz sea sobre ella, fue hacia él para detenerle y Al-Huseyn le dijo: «¡Detenle! ¡Oh hermana mía!»

Pero él se negó y le impidió con toda firmeza que le llevase y le dijo: «Juro por Dios que no me separaré de mi tío.»

Abyar bin Kaab se lanzó contra Al-Huseyn con su espada y el joven le dijo: «¡Ay de ti! ¡Oh hijo de una mala mujer! ¿Vas a matar a mi tío?»

Abyar le golpeó con su espada y el joven trató de pararle el golpe con el brazo. La espada le corto el brazo, que quedó colgando sujeto únicamente por la piel. El jovencito gritó: «¡Oh mamá!»

Al-Huseyn le tomó en sus brazos y le dijo: «¡Oh hijo de mi hermano! Resiste lo que ha descendido para ti con la buena nueva de que Dios te reunirá pronto con tus santos antepasados.»

Después, Al-Huseyn levantó sus manos y dijo:

«¡Oh Dios! De la misma manera en que les has permitido disfrutar de la vida por un tiempo, divídeles en diferentes grupos y haz que cada uno siga a uno de ellos y que sus gobernantes nunca estén satisfechos de ellos, porque ellos nos llamaron para auxiliarnos y luego se volvieron contra nosotros y nos combatieron.»

La infantería lanzó un ataque por la derecha y la izquierda contra los compañeros que le quedaban a Al-Huseyn y les combatieron hasta que sólo quedaron vivos con él tres o cuatro.

Cuando Al-Huseyn vio aquello, pidió que le trajesen unos pantalones yemeníes nuevos y muy llamativos. Los rasgó y luego se los puso.

Y los rasgó para que no se los quitasen después de muerto.

Cuando le mataron, Abyar bin Kaab se abalanzó sobre él y le quito los pantalones, dejándole desnudo.

Después de aquello, las manos de Abyar bin Kaab se volvían tan secas en el verano que parecían palos y en invierno se le ponían completamente húmedas y le goteaban sangre y pus, hasta que Dios acabó con él.

Cuando no quedaron con Al-Huseyn más que tres miembros de su familia, hicieron frente a sus enemigos rodeando a Al-Huseyn para protegerle, hasta que mataron a los tres y quedó él solo.

Aunque estaba mal herido en la cabeza y el cuerpo, les atacó con tanta energía con su espada que ellos se alejaron de él, dispersándose a derecha e izquierda.

Hamíd bin Muslim dijo: «Juro por Dios que no he visto a una persona tan resistente.

Han matado a sus hijos y a sus familiares y compañeros y, no obstante, el mantiene su mismo coraje y no permite que su espíritu le abandone.

Si los soldados le atacan, el arremete contra ellos con su espada y los hace escapar a diestra y siniestra como ovejas atacadas por un lobo.»

Cuando Shimr ibn Di al-Yaushán vio aquello, hizo que la caballería apoyase por detrás a la gente de a pie y ordenó a los arqueros que le disparasen.

Ellos le lanzaron una lluvia de flechas y tantas se clavaron en su cuerpo que parecía un erizo.

Su hermana Zaynab salió a la puerta de su tienda y gritó a Umar bin Saad bin Abi Waqás: «¡Ay de ti! ¡Oh Umar! ¿Están matando a Abu Abdel lah y tú te quedas mirándolo sin hacer nada?»

Pero Umar no le contestó nada.

Entonces ella gritó: «¡Ay de vosotros! ¿No hay un solo musulmán entre vosotros?»

Pero ninguno de ellos respondió nada.

Entonces, Shimr bin Di al-Yaushán gritó a los jinetes y a los soldados: «¡Ay de vosotros! ¿Qué estáis esperando para atacar a ese hombre? ¡Que vuestras madres tengan que lamentar vuestra muerte!»

Ellos le atacaron por todos lados.

Zuraá bin Sharík le golpeó en el lado izquierdo de la espalda y le abrió un profundo corte.

Otro le golpeó con su espada en el hombro. Finalmente, Sinán bin Anas an-Nayaí le clavó una lanza y le mató.

Jawalí bin Yazíd al-Asbahí, que Dios le maldiga, se abalanzó hacia él para cortarle la cabeza, pero comenzó a temblar y Shimr le dijo: «¡Que Dios aplaste tu brazo! ¿Por qué tiemblas?»

Entonces Shimr se inclinó hacia él y le degolló, luego entregó la cabeza a Jawalí bin Yazíd y le dijo: «¡Llévasela al comandante Umar bin Saad!»

Luego, comenzaron a saquear el cuerpo de Al-Huseyn, la paz sea con él.

Isháq bin Haywa al-Hadramí le arrebató la camisa, Abyar bin Kaab le quitó los pantalones y Ajnas bin Marzad le quitó el turbante. Un hombre de los Banu Darim tomó su espada y también se llevaron su silla de montar, su camello, sus pertenencias y las de las mujeres de su familia.

Hamíd bin Muslim dijo: «Juro por Dios que no vi a ninguna de sus mujeres, ni de sus hijas, ni de la gente de su que familia que no llevase la ropa rasgada por la espalda, y a la que no la hubiesen quitado sus pertenencias y se las hubiesen llevado.

Luego, llegamos al lugar donde estaba Alí ibn Al-Huseyn, la paz sea con él. Estaba tendido sobre un lecho, fuertemente enfermo.»

«Con Shimr llegó un grupo de hombres que le dijeron: «¿No matamos a este enfermo?»

Yo dije: «¡Glorificado sea Dios! ¿También han de ser matados los niños? Es solo un muchacho, por más que sea quien es.»

Y seguí discutiendo con ellos hasta que los aparté de él.»

Llegó Umar bin Saad y las mujeres lloraban y gritaban delante de él y él dijo a sus compañeros: «Que ninguno de vosotros entre en las tiendas de esas mujeres y no molestéis a ese muchacho enfermo.»

Las mujeres le pidieron que les devolviesen las ropas que les habían quitado, para poder cubrirse con ellas y el dijo: «Quien les haya quitado algo que se lo devuelva.»

Pero, juro por Dios que nadie les devolvió nada.

Entonces, puso a un grupo de quienes estaban con él para que protegiese las tiendas en las que estaban las mujeres y Alí ibn Al-Huseyn y dijo: «Protegedles para que nadie les quite nada más y para que no les hagan daño.»

Luego, regresó a su tienda y gritó a sus compañeros: «¿Quién se ofrece para ir hasta donde se encuentra Al-Huseyn y pisotearle con su caballo?»

Diez de ellos se ofrecieron, entre ellos Isháq bin Haywa y Ajnas bin Marzad. Fueron donde estaba Al-Huseyn y pisotearon su cuerpo con sus caballos hasta que le magullaron la espalda.

Umar bin Saad ese mismo día, que era el décimo del mes de Muharram, envió la cabeza de Al-Huseyn a Ubaydul lah ibn Ziyad con Jawalí ibn Ziyad al-Asbahí y Hamíd ibn Muslim al-Azadí y ordenó que cortasen las cabezas del resto de sus compañeros y familiares caídos en el combate.

Las limpiaron y eran setenta y dos cabezas y las envió con Shimr bin Di al-Yaushán, Qays bin al-Ashaaz y Amru bin al-Hayyach para que se las entregasen a Ibn Ziyad.

Él se quedó allí ese día y al día siguiente hasta la caída del Sol. Entonces, convocó a los hombres para el viaje y partieron en dirección a Kufa, llevando consigo a las hijas de Al-Huseyn, a sus hermanas, al resto de las mujeres y niños y a Alí ibn Al-Huseyn, que aun estaba muy enfermo con una fuerte disentería que le puso al borde de la muerte.

Cuando Ibn Saad se alejó, las gentes de Banu Asad, que habían estado acampadas en Al-Gádiriya, vinieron a lugar en el que se encontraban los cuerpos de Al-Huseyn y sus compañeros, la misericordia de Dios sea con ellos, y rezaron para ellos la oración mortuoria.

Enterraron a Al-Huseyn donde aun se encuentra su tumba y enterraron a su hijo Alí ibn Al-Huseyn al-Asgar a su lado y cavaron una fosa para el resto de los mártires de su familia y de sus compañeros en la zona situada a los pies de Al-Huseyn y los enterraron a todos juntos, pero a Al-Abbás ibn Alí, la paz sea con él, le enterraron allí donde había caído, en el camino a Al-Gádiriya, donde ahora se encuentra su tumba.

Ibn Ziyad se reunió con la gente en el palacio del gobierno después de que llegase a él la cabeza de Al-Huseyn y de que, al día siguiente llegase Ibn Saad, Dios le maldiga, con las hijas de Al-Huseyn y con su familia.

Había realizado una convocatoria general y ordenó que le trajeran la cabeza de Al-Huseyn. La puso ante él y la miraba mientras sonreía. Tenía en sus manos una caña y comenzó a golpearle con ella en la boca.

A su lado estaba Zayd bin Arqam, que había sido uno de los compañeros del Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, y era ya un anciano. Cuando le vio golpearle con su caña en la boca, le dijo: «Aparta tu caña de esos labios, pues juro por el Dios único, aparte del Cual no existe otro dios, que he visto muchas veces los labios del Mensajero de Dios besándolos.»

Luego, comenzó a llorar.

Entonces, Ibn Ziyad le dijo: «¿Es Dios quien hace que tus ojos lloren o lloras por la victoria que Dios nos ha otorgado? Juro por Dios que si no fuera porque eres un viejo que chochea y que ha perdido la razón, te cortaba la cabeza.»

Zayd bin Arqam se levantó frente a él y se fue a su casa.

Entonces, hicieron que la familia de Al-Huseyn entrara donde se encontraba Ibn Ziyad. En medio de ellos venía Zaynab la hermana de Al-Huseyn de manera anónima.

Llevaba puesto un humilde vestido y fue a sentarse en un lugar apartado de la estancia y, junto a ella, lo hicieron sus sirvientas.

Ibn Ziyad dijo: «¿Quién es esa que se ha ido a un rincón con sus criadas?»

Pero Zaynab no le respondió. Él lo repitió por segunda y tercera vez, dirigiéndose a ella, hasta que una de sus sirvientas le dijo: «Ésta es Zaynab hija de Fátima la hija del Mensajero de Dios.»

Ibn Ziyad fue hacia ella y le dijo: «Alabado sea Dios que os ha humillado y os ha matado y ha puesto al descubierto la falsedad de vuestras pretensiones.»

Zaynab le respondió: «Alabado sea Dios que nos honró con Su Mensajero Muhammad, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, y que nos purificó absolutamente del pecado y la ignominia. Él solamente humilla al pecador y desmiente a los transgresores y esos no somos nosotros, a Dios gracias.»

Ibn Ziyad le preguntó: «¿Cómo ves entonces lo que Dios ha hecho con tu familia?»

Ella dijo: «Dios decretó para ellos la muerte y ellos avanzaron valientemente a sus lugares de reposo final.

En un futuro cercano, Dios nos reunirá a nosotros y a vosotros. Vosotros Le expondréis vuestras excusas y nosotros seremos vuestros acusadores ante Él.»

Ibn Ziyad se puso furioso y ardía de cólera.

Entonces, Amru bin Haríz le dijo: «¡Oh gobernador! Ella es una mujer y a las mujeres no se les puede tomar en cuenta nada de lo que dicen, por lo tanto, no la condenes por su error.»

Ibn Ziyad le dijo a ella: «En verdad, Dios ha curado mi alma de vuestra arrogancia y de la rebeldía de tu familia.»

Zaynab entonces se entristeció y lloró y le dijo: «Juro por mi vida que tú fuisteis quien mataste a los varones de mi casa y quien les cercó y quien has cortado las ramas de mi árbol y has arrancado mis raíces. Si eso es lo que te

cura, entonces estás curado.»

Ibn Ziyad le dijo: «¡Esta mujer es una poetisa! Juro por mi vida que también su padre era un compositor de poemas.»

Ella le dijo: «¿Para qué va una mujer a componer poesías? Tengo muchas otras cosas en que ocuparme que en componer poseías, pero lo que te he dicho emana de mi pecho directamente.»

En eso, trajeron ante él a Alí ibn Al-Huseyn, la paz sea con él, y le dijo: «¿Quién eres tú?»

Él le dijo: «Soy Alí hijo de Al-Huseyn.»

Ibn Ziyad preguntó: «¿Acaso Dios no ha matado a Alí ibn Al-Huseyn?»

Alí le dijo: «Tengo un hermano que también se llama Alí y al que los hombres han matado.»

Ibn Ziyad le dijo: «No los hombres, sino Dios es quien le ha matado.»

Alí ibn Al-Huseyn le respondió: Dios recoge las almas cuando les llega la muerte.[17]

Ibn Ziyad se enfureció y dijo: «¿Cómo te atreves a responderme. Esto será lo último que me replicas.

¡Lleváosle y cortadle el cuello!»

Entonces su tía Zaynab se abalanzó a él y le dijo: «¡Oh Ibn Ziyad! ¡Ya has tenido bastante de nuestra sangre!»

Se abrazó a Alí ibn Al-Huseyn y dijo: «Juro por Dios que no me separaré de él. Si le matas tendrás que matarme a mí con él.

Ibn Ziyad les miró un rato a ambos y luego dijo: «¡Que sorprendente es el amor familiar! Juro por Dios que lo que ella quiere es que yo la mate junto con él. ¡Dejadlos! Pues él ya no vale nada.

Luego se levantó y abandonó la reunión, salió del palacio y entró en la mezquita y subió al púlpito y dijo:

«Alabado sea Dios que ha manifestado la verdad y ha dejado claro quién es Su gente y que ha auxiliado al Gobernador de los Creyentes Yazíd y a sus partidarios y que ha matado al mentiroso hijo del mentiroso y a sus chiítas (seguidores).»

Entonces, Abdel lah ibn Afíf al-Azadí que era uno de los seguidores de Emir al-Muminín Alí, se puso en pie ante él y le dijo: «¡Oh enemigo de Dios! Tú eres el mentiroso y tu padre y quien te designó gobernador y su padre.

¡Oh hijo de Maryana! ¿Matas a los hijos de los mensajeros divinos y te subes al púlpito ocupando el lugar que les corresponde a los hombres sinceros?»

Entonces, Ibn Ziyad dijo: «¡Traédmele!»

Los soldados le detuvieron, pero el dio el grito de guerra de los Banu Azad y setecientos hombres de su clan se reunieron y se lo quitaron a los soldados de las manos.

Cuando se hizo de noche, Ibn Ziyad envió a unos hombres que le sacaron de su casa, le cortaron la cabeza y le crucificaron en As-Sabja. ¡Qué Dios tenga misericordia de él!

Al amanecer, Ubaydul lah ibn Ziyad envió por la cabeza de Al-Huseyn he hizo que la pasearan por toda Kufa y por sus qábilas.

Y fue transmitido que Zayd ibn Arqam dijo:

«Pasaron con ella delante de mi casa. La llevaban clavada en lo alto de una lanza y yo estaba en mi habitación. Cuando pasó por delante de mi ventana la oí que recitaba:

¿No has pensado que los compañeros de la cueva y Al-Raqim son parte de Nuestras sorprendentes señales?[18]

Yo me eché a temblar y juro por Dios que dije en voz alta: «¡Oh hijo del Mensajero de Dios! ¡Qué milagro más grande! ¡Qué milagro más grande!»

Cuando las gentes terminaron de pasear la cabeza de Al-Huseyn por toda Kufa, regresaron con ella a la puerta del palacio e Ibn Ziyad se la entregó a Zahr bin Qays junto con las cabezas del resto de sus compañeros, para que se la llevase a Yazíd bin Muawia, que la maldición de Dios y de los que maldicen en la tierra y en los cielos caiga sobre él, y envió con él a Abu Burda bin Auf al-Azadí y a Tárek bin Abi Tibián junto con un grupo de hombres de Kufa que fueron con ellas hasta Damasco y se las entregaron a Yazíd.

Abdel lah bin Rabía al-Himmiarí dijo:

«Yo estaba en Damasco junto a Yazíd bin Muawia cuando llegó ante él Zahr bin Qays.

Yazíd le dijo: «¡Ay de ti! ¿Qué es eso que hay detrás de ti y qué es lo que has traído?»

Él dijo: «¡Oh Gobernador de los creyentes! Te traigo las buenas nuevas de la victoria de Dios y de Su ayuda.

Al-Huseyn ibn Alí vino contra nosotros con dieciocho de sus familiares y sesenta de sus seguidores. Nosotros salimos a su encuentro y les dimos a elegir entre rendirse, someterse a la autoridad del gobernador Ubaydul lah ibn Ziyad o combatir. Ellos eligieron combatir antes que rendirse, así que les atacamos al salir el Sol y les rodeamos por todos lados hasta que las espadas se cobraron su derecho sobre las cabezas de las gentes.

Ellos trataron de huir, pero no tenían lugar alguno en el que refugiarse. Quisieron protegerse en las colinas y en los valles, igual que palomas buscando refugio del halcón, y te juro por Dios ¡Oh Gobernador de los creyentes! que no fue sino como un degüello de camellos y acabamos con todos ellos hasta el último en menos tiempo del que utiliza uno en dormir una corta siesta.

Allí quedaron sus cuerpos desnudos, sus ropas llenas de arena, sus rostros cubiertos de polvo. El Sol les abrasó y los vientos les cubrieron de arena. Sus visitantes fueron las águilas y los buitres.»

Yazíd bajo la mirada un instante, luego levantó su cabeza y dijo: «Habría quedado satisfecho de vuestra obediencia sin necesidad de que hubieseis matado a Al-Huseyn. Si yo hubiese estado con él le habría perdonado la vida.»

Después de que Ubaydul lah ibn Ziyad hubo enviado la cabeza de Al-Huseyn, ordenó a las mujeres de su familia y a los niños que se preparasen para emprender el viaje y ordenó que encadenasen a Alí ibn Al-Huseyn por el cuello. Luego, les envió tras las cabezas con Muyafer bin Zaalaba al-Áidí y Shimr bin Dil Yaushán, que se los llevaron hasta que alcanzaron a las gentes que llevaba la cabeza.

Alí ibn Al-Huseyn no habló en todo el viaje ni una sola palabra con las gentes que les llevaban hasta que llegaron a su destino.

Cuando llegaron a la puerta del palacio de Yazíd, Muyafer bin Salaba alzó la voz y dijo: «Éste es Muyafer bin Salaba que viene ante el Gobernador de los Creyentes con estos viles pecadores.»

Entonces, Alí ibn Al-Huseyn le respondió: «¿Qué cosa peor que Muyafer dio a luz su madre?»

Cuando pusieron las cabezas, entre las cuales estaba la de Al-Huseyn, ante Yazíd, éste recitó:

Romperemos las cabezas de los hombres poderosos

Que nos ataquen y que fueron desobedientes y opresores.

Y Yahia bin al-Hakam, el hermano de Marwán ibn al-Hakam, que estaba sentado junto a Yazíd, recitó:

En las orillas del río se enfrentó un gran ejército con quien era más cercano a Yazíd que Ibn Ziyad, el siervo de falso linaje.

La descendencia de Sumayya ha obtenido una alta posición

Y la hija del Mensajero de Dios ha perdido su descendencia.

Entonces, Yazíd golpeó en el pecho a Yahia ibn Al-Hakam con su mano y le dijo: «¡Silencio!»

Luego, dirigiéndose a Alí ibn Al-Huseyn, le dijo:

«¡Oh, hijo de Al-Huseyn! Tu padre cortó los lazos de parentesco conmigo, ignoró mis derechos y trató de privarme de mi autoridad y Dios ha hecho con él lo que has visto.»

Alí ibn Al-Huseyn le dijo:

No hay desgracia en la Tierra ni en vosotros mismos que no esté en una escritura desde antes de que la ocasionemos. Esto es algo fácil para Dios. [19]

Entonces, Yazíd le dijo a su hijo Jáled:

«¡Respóndele!»

Pero éste no supo que responderle, así que Yazíd le dijo:

«Dile: Y cualquier desgracia que sufráis es consecuencia de lo que vosotros mismos habéis cometido, pero Él perdona mucho.[20]

Luego, hizo que viniesen las mujeres y los niños y los hizo que se sentasen ante él.

Lo que vio era tan penoso que dijo: «¡Que Dios maldiga a Ibn Maryana! Si hubiera existido entre vosotros y él un lazo de parentesco, habría tenido misericordia y no os habría hecho esto ni os habría enviado en este estado.»

Fátima bint Al-Huseyn relató:

«Cuando nos sentamos ante Yazíd ibn Muawia, el se comportó con nosotros de manera delicada.

Entonces vino un hombre de la gente de Sham Ajmar a él y le dijo: «¡Oh Gobernador de los creyentes! Dame esta muchacha!»

Él se refería a mí. Yo era entonces una muchacha jovencita y me puse a temblar porque creí que me regalaría a él. Me aferré a la ropa de mi tía Zaynab, pero ella me dijo que eso no sucedería.»

Entonces, ella le dijo al Shamí: «Juro por Dios que eres un mentiroso mal nacido. Por Dios que ella no es para ti ni para él.»

Yazíd se puso furioso y dijo: «Tú eres la que miente. Este asunto me pertenece y si quiero hacerlo lo haré.»

Ella dijo: «No es así. Juro por Dios que Dios no te permitirá hacer eso a menos que abandones nuestra creencia y tomes otra religión.»

Yazíd se puso aun más furioso y dijo: «¿Así es como te enfrentas a mí? Tu padre y tu hermano son quienes abandonaron la religión.»

Zaynab dijo: «Yo me guío por la religión de Dios y religión de mi padre y de mi hermano y esa es la que encontrasteis tú tu padre y tu abuelo, si es que eres musulmán.»

Él dijo: «¡Mientes enemiga de Dios!»

Zaynab dijo: «Tú dices ser el Gobernador de los creyentes y sin embargo abusas como un tirano y utilizas tu autoridad para oprimir.»

Entonces él pareció avergonzado y se calló.

El hombre de Sham volvió a decirle: «Dame esa muchacha.»

Y Yazíd le dijo: «¡Quédate soltero y que Dios te destruya completamente!»

Luego ordenó que alojasen a las mujeres en una casa cercana y con ellas el hermano de ellas Alí ibn Al-Huseyn, así que les alojaron a todos en una casa que estaba pegada a la casa de Yazíd.

Allí pasaron algunos días y luego Yazíd llamó a An-Numán bin Bashir y le dijo: «Prepárate para llevar a estas mujeres a Medina.»

Y cuando ya estaban a punto de partir, llamó a Alí ibn Al-Huseyn y, quedándose a solas con él, le dijo:

«¡Que Dios maldiga a Ibn Maryana! Juro por Dios que si yo hubiera estado con tu padre no me habría pedido nada sin que yo se lo hubiese concedido y le habría protegido de morir con todo lo que hubiera podido, pero Dios había decidido lo que has presenciado. Escríbeme desde Medina y todo lo que necesites será tuyo.»

Mandó traer vestidos para él y para su familia y envió a An-Numán ibn Bashir un mensajero para decirle que partiera con ellos de noche y que fueran delante de él y no se separase de su lado en ningún momento, pero que, cuando ellos parasen para acampar, que él y sus compañeros se apartasen un poco y montasen guardia alrededor de ellos y solamente les dejasen solos cuando alguno de ellos quisiera hacer sus abluciones o sus necesidades, para no avergonzarles.

Asi que, An-Numán viajó con ellos y cuando ellos paraban se echaba a un lado del camino para no molestarles, tal como Yazíd le había encomendado, y les fue escoltando hasta que llegaron a Medina.

Por su parte, Ibn Ziyad, después de que hubo enviado la cabeza de Al-Huseyn, la paz sea con él, a Yazíd, fue a ver a Abdul Malek ibn Abu al-Hadíz as-Sulamí y le dijo:

«Ve a Medina a ver a Amru bin Saíd bin al-Ás y dale la buena nueva de que Al-Huseyn ha sido matado.»

Abdekl Malek relató lo siguiente: «Cabalgué en mi caballo hasta llegar a Medina. Allí me encontré a un hombre de Quraix que me preguntó: ¿Qué noticias traes?

Yo le dije: «Las noticias son para que el gobernador las escuche primero.»

Entonces, el hombre dijo: «En verdad pertenecemos a Dios y al Él regresamos. Juro por Dios que Al-Huseyn ha sido matado.»

Cuando llegué a presencia de Amru bin Saíd, el dijo:

«¿Qué te trae por aquí?»

Yo le dije: «Lo que alegrará al gobernador. Al-Huseyn ibn Alí ha sido matado.»

Él me dijo: «Sal y pregona su muerte.»

Así que salí y pregoné su muerte y, juro por Dios, que no he oído jamás un lamento como el lamento de los Banu Háshim en sus casas por Al-Huseyn bin Alí, la paz sea con él, cuando escucharon el anuncio de su muerte.

Volví junto a Amru bin Saíd y él, al verme, sonrió y luego comenzó a recitar los versos de Amru bin Maadi Kart que dicen:

Se lamentaron grandemente las mujeres de los Banu Ziyad

Fue como el lamento de nuestras mujeres después de la batalla de Al-Arnab.

 

Luego Amru dijo: «Ese lamento es la compensación del lamento por Uzmán.»

Luego, subió al púlpito e informó a las gentes de la muerte de Al-Huseyn, la paz sea con él. Llamó a las gentes a obedecer a Yazíd ibn Muawia y bajó del púlpito.»

Algunos de los siervos de Abdel lah ibn Yafar ibn Abu Táleb, la paz sea con él, fueron a informarle de la muerte de sus dos hijos junto a Al-Huseyn y a darle el pésame.

Uno de los siervos de Abdel lah, llamado Abu as-Salásel, le dijo: «Esto es lo que nos ha traído Al-Huseyn ibn Alí.»

Abdul lah se quitó su sandalia para golpearle y le dijo: «¡Oh hijo de mala madre! ¿Cómo hablas así? Juro por Dios que si yo hubiera estado con él, habría preferido quedar junto a él hasta que me hubiesen matado, antes que abandonarle. Juro por Dios que no habría impedido a mis dos hijos luchar a su lado y mi consuelo es saber que mis dos hijos permanecieron al lado de mi hermano y el hijo de mi tío, defendiéndole y soportando lo mismo que él tuvo que soportar.»

Luego se dirigió a los reunidos y les dijo: «Alabado sea Dios que me ha enviado esta dura prueba que es la muerte de Al-Huseyn. En verdad, que no pude consolar a Al-Huseyn con mis propias manos, pero mis dos hijos lo hicieron.»

Al oír la noticia de la muerte de Al-Huseyn, Umm Luqmán, hija de Aqíl ibn Abu Táleb, acudió llorando fuertemente. Con ella venían sus hermanas Umm Haní, Asmáa y Ramla y Zaynab hija de Aqíl ibn Abu Táleb, la misericordia de Dios sea con ellas.

Lloraba por sus familiares matados a orillas del Eúfrates y comenzó a recitar:

Qué diríais si el Profeta os dijese

¿Qué hicisteis, siendo vosotros la última de las comunidades,

con mi descendencia y con mi familia, tras mi partida?

Algunos prisioneros, otros empapados de rojo con su propia sangre.

¿Es esa la recompensa por haberos yo aconsejado?

¿Que os opusierais a mí, haciendo mal a mi gente?

Cuando llegó la noche del día en el que Amru bin Saíd había anunciado en Medina la muerte de Al-Huseyn ibn Alí, los habitantes de Medina escucharon a media noche una voz que pregonaba, sin que pudieran ver de donde surgía:

¡Oh vosotros los asesinos ignorantes de Al-Huseyn!

¡Esta son las noticias de vuestro castigo y tormento!

Todos los habitantes del cielo os maldicen.

El Profeta, los ángeles y las tribus,

David, Moisés y el Dueño de los Evangelios os maldicen.

***

Los nombres de los miembros de Ahlul

Bait que fueron matados con Al-Huseyn, la paz sea con él, en la llanura de Kerbalá.

 

Fueron 17 personas, y Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él, fue el décimo octavo. Ellos fueron: Al-Abbas, Abdul lah, Yafar y Uzmán, hijos del Comandante de los Creyentes Alí ibn Abu Táleb y de Umm-ul-Banin.

Abdullah y Abu Bakr. Ambos eran hijos del Comandante de los Creyentes y de Layla hija de Masúd Az-Zaqafi.

Alí y Abdul lah, hijos de Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él.

Al-Qasim, Abu Bakr y Abdul lah, hijos de Al-Hasan ibn Alí, la paz sea con él.

Muhammad y Awn, hijos de Abdul lah ibn Yafar ibn Abu Tálib. Que Dios esté complacido con todos ellos.

Abdullah, Yafar y Abdurrahmán, hijos de Aqíl ibn Abu Tálib. ¡Que Dios esté complacido con todos ellos!

Muhmmad hijo de Abu Saíd ibn Aqíl ibn Abu Tálib.

¡Que Dios tenga misericordia con todos ellos!

Estas 17 almas, todos miembros de Banu Hashim, que Dios esté complacido con todos ellos, incluían a los hermanos de Al-Huseyn, la paz sea con él, a hijos de su hermano e hijos de sus dos tíos, Yafar y Aqíl.

Todos ellos fueron sepultados a los pies de Al-Huseyn ibn Alí en el mismo lugar en el que recibieron el martirio.

Se cavó una fosa para ellos. Todos ellos fueron puestos allí y luego la tierra fue aplanada sobre

ellos. Así se hizo con todos ellos, excepto con Al-Abbás ibn Alí, que fue enterrado en el mismo lugar donde cayó, cerca del embarcadero, en el camino a Al-Gádiriya.

Su tumba se distingue claramente, no así las tumbas de sus hermanos y su familia, cuyos nombres hemos citado después del suyo.

El visitante sólo puede visitar la tumba colectiva de ellos, situada a los pies de la tumba de Al-Huseyn.

Alí ibn Al-Huseyn, llamado Alí Akbar, la paz sea con él, se encuentra también entre ellos y se dice que él es uno de los que fue enterrado más cerca de Al-Huseyn.

Los seguidores de Al-Huseyn que fueron matados junto con él, fueron enterrados cerca.

No conocemos los detalles exactos de la localización de sus tumbas. Sin embargo, no hay duda de que la tierra de Kerbalá les cubre.

Que Dios esté complacido con ellos, les otorgue felicidad y les haga vivir en los Jardines del Paraíso.

***

 

2/3 Una mención de las virtudes de Al-Huseyn ibn Alí, así como del mérito de visitar su tumba y de recordar su tragedia

 

Relató Saíd ibn Ráshad que Yaalá ibn Murra dijo:

«Escuché al Mensajero de Dios, decir:

« A1-Huseyn es de mí y yo soy de Al-Huseyn. Dios ama a quien ama a Al-Huseyn.

Al-Huseyn es ciertamente un nieto que sobresale entre los nietos.»

E Ibn Lahia relató, de Abu Awána, con una

cadena ininterrumpida que asciende hasta el Profeta:

«El Mensajero de Dios dijo:

«En verdad, Al-Hasan y Al-Huseyn son los dos adornos del Trono y, en verdad, el Cielo mismo dijo:

«¡Oh Señor! Tú ha alojado en mí a los débiles y a los pobres!»

Y Dios Altísimo le contestó: «¿No estás satisfecho de que Yo haya adornado tus pilares con Al-Hasan y con Al-Huseyn?»

Y dijo: «Entonces el Cielo se llenó de alegría como una novia que se llena de felicidad.»

Relató Abdullah ibn Maymun Al-Qadáh que Yaafar ibn Muhammad As-Sádiq, la paz sea con él, dijo:

«Al-Hasan y Al-Huseyn estaban jugando a lucha

libre frente al Mensajero de Dios y éste dijo: «¡Oh Hasan! ¡Agarra a Al-Huseyn!»

Entonces Fátima, la paz sea con ella, dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios! ¿Acaso estás animando al mayor contra el más pequeño?»

Y el Mensajero de Dios, respondió: «Es que Gabriel está diciendo a Al-Huseyn: «¡Oh Huseyn! ¡Agarra a Al-Hasan!»

Y relató Ibrahim ibn Ar-Rafií, de su padre, que su abuelo dijo:

«Vi a Al-Hasan y Al-Huseyn, la paz sea con ellos, caminando hacia La Meca en peregrinación y no pasaban junto a ninguna persona a caballo sin que ésta se desmontase y caminase con ellos.

Esto se hizo algo difícil para algunos de ellos y le dijeron a Saíd ibn Abu Waqqas: «Se nos hace difícil ir caminando pero no nos parece bien ir cabalgando mientras estos dos jóvenes señores van a pie.»

Entonces, Saíd dijo a Al-Hasan: «¡Oh Abu Muhammad! Caminar se le hace difícil a un grupo de los que van contigo. Pero cuando las gentes os ven a vosotros dos caminando no les parece bien ir ellos montados. Si vosotros montaseis sería más cómodo para ellos.»

Al-Hasan respondió: «Nosotros no podemos montar porque hicimos un voto de caminar hasta la Casa Sagrada de Dios. Sin embargo, nos echaremos a un lado del camino.»

Y ambos se apartaron a un lado para que la gente pudiese seguir sin ellos.

Y Al-Auzaí relató, de Abdul lah ibn Shadád, que Umm Al-Fadl bint Al-Háriz fue junto al Mensajero de Dios y le dijo: «¡Oh Mensajero de Dios! Esta noche he tenido un mal sueño.»

– ¿Qué fue? -preguntó él.

– Fue muy fuerte -dijo ella-.

– ¿Qué fue? -repitió él-.

– Vi algo como un pedazo de tu cuerpo cortado y puesto en mi regazo -respondió ella-.

El Mensajero de Dios dijo: «Viste bien. Fátima dará a luz un hijo apoyada en tu regazo durante el parto.»

Y cuando Fátima dio a luz a Al-Huseyn, ella dijo: «Ella estaba sobre mi regazo, tal y como el Mensajero de Dios había dicho.»

«Un día entré con Al-Huseyn a presencia de Profeta y le puse sobre sus rodillas y él volvió la cara para otro lado para que yo no le viese.

Los ojos del Mensajero de Dios se llenaron de lágrimas y yo le dije: «¡Oh Mensajero de Dios! Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti. ¿Qué te pasa?»

Él respondió: «Vino a mí Gabriel, la paz sea con él, y me comunicó que mi comunidad matará muy pronto a este hijo mío y me trajo tierra manchada de rojo con su sangre.»

Relató Simak de Ibn Mujárreq, que Umm Salama, que Dios esté complacido con ella, dijo:

«Un día, mientras el Mensajero de Dios estaba sentado, con Al-Huseyn sobre sus rodillas, sus ojos se llenaron de lágrimas de pronto. Yo le dije: «¡Oh Mensajero de Dios! ¿Por qué te veo llorar? Que mi vida

sea sacrificada por ti.»

Él me respondió: «Vino a mí Gabriel, me dio el pésame por la muerte de mi hijo A1-Huseyn y me dijo que un grupo de mi comunidad le matará. ¡Que Dios no les conceda mi intercesión!»

Y se relató, con otra cadena de narradores, que Umm Salama, que Dios esté complacido con ella, dijo:

«El Mensajero de Dios nos dejó una noche y estuvo lejos por un tiempo. Cuando regresó se le veía despeinado y polvoriento y llevaba algo en su mano. Yo le dije: «¡Oh Mensajero de Dios! ¿Cómo es que te veo lleno de polvo y despeinado?»

Él dijo: «En este tiempo he realizado un viaje a un lugar del Iraq llamado Kerbalá. Allí he visto la muerte de mi hijo A1-Huseyn y de un grupo de mis hijos y de la gente de mi casa. No pude dejar de recoger un poco de su sangre y aquí la tengo en mi mano.»

Él alargo su mano hacia mí y dijo: «¡Tómala y cuídala!»

Yo la tomé y era como tierra roja. La puse en un frasco, cerré su boca y lo guardé.

Cuando Al-Huseyn partió de La Meca en dirección a Iraq, yo sacaba ese frasco cada día y cada noche. Lo olía y lo observaba, pero siempre estaba igual.

Cuando llegó el día 10 del mes de Muharram, que fue el día en que Al-Huseyn fue matado, lo saqué al principio del día y la tierra estaba en su estado de siempre, pero cuando volví mirarlo al final del día, se había transformado en sangre fresca.

Yo grité de pena en mi casa y lloré. Luego contuve mi emoción por temor a que sus enemigos en Medina me oyeran y se regocijaran de inmediato por su desgracia. Lo mantuve en secreto todo el tiempo hasta que llegó el mensajero que trajo las noticias de su muerte, confirmando lo que yo había visto.»

Se recogió que el Mensajero de Dios estaba un día sentado y a su lado estaban Alí, Fátima, Al-Hasan y Al-Huseyn. Él les preguntó: «¿Cómo os sentiríais si, cuando fueseis matados, vuestras tumbas estuviesen dispersas unas de otras?»

Al-Huseyn le dijo: ¿Moriremos de muerte ordinaria o seremos matados?

Él dijo: «No. Tú, hijito mío, serás matado injustamente y tu hermano también será matado injustamente y tu descendencia será dispersada por la Tierra.»

Al-Huseyn dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios! ¿Quién nos matará?»

Él dijo: «Las gentes más malvadas.»

Al-Huseyn dijo: «¿Visitará alguien nuestras tumbas después de que seamos matados?»

Él dijo: «Sí. Un grupo de mi comunidad querrá visitaros como una forma de conectarse con Dios.

Y cuando llegue el Día del Juicio iré a ellos y les tomaré en mis brazos y les llevaré a un lugar en el que estarán a salvo de temores y dificultades.»

 

Y Abdul lah ibn Sharík Al-Ámirí relató: «Cuando Umar ibn Saad entraba por la puerta de la mezquita, yo solía oír a los seguidores de Alí decir: «Ese es el asesino de Al-Huseyn ibn Alí.»

Eso era bastante antes de que él fuera matado.»

Y relató Sálem ibn Abu Hafsa: «Umar ibn Saad le dijo a Al-Huseyn: «¡Oh Abu Abdel lah! Algunas gentes estúpidas han venido a mí afirmando que yo te mataré»

Y Al-Huseyn le dijo: «Ellos no son estúpidos. Son hombres que han visto lo que sucederá en sus visiones acerca del futuro. Sin embargo me complace saber que, excepto muy poco, tú no te comerás los bienes de Iraq después de mí muerte.»

Y relató Yusuf ibn Abida que escuchó a Muhammad ibn Sairín decir: «No había visto al cielo ponerse rojo de esa manera hasta que mataron a Al-Huseyn.»

Y relató Saad al-Askáf que dijo Abu Yafar Imam Muhammad al-Baqer, la paz sea con él:

«El asesino de Yahya ibn Zakariya (Juan el Bautista) fue hijo de adulterio. El asesino de Al-Huseyn ibn Alí también fue un hombre nacido fuera del matrimonio. El cielo no se puso rojo por otras muertes excepto por la de ellos dos.»

 

Y relató Sufyan ibn Unayna, de Alí ibn Zayd, que Alí ibn Al-Huseyn, la paz sea con él, dijo:

«Salimos con Al-Huseyn y no parábamos en ningún lugar a descansar ni partíamos de allí sin que él recordase a Yahya ibn Zakariya y su muerte y uno de los días dijo:

«Una de las ofensas que este mundo ha hecho a Dios fue el día en que entregaron la cabeza de Yahya ibn Zakariya a una de las prostitutas de Bani Israíl.»

 

 

Han sido relatadas las noticias que muestran que ninguno de los asesinos de Al-Huseyn y de sus seguidores, que Dios esté complacido con ellos, se libró de ser matado o de sufrir penalidades humillantes

antes de morir.

***

Al-Huseyn ibn Alí, la paz sea con él, murió un sábado, él décimo día del mes de Muharram del año 61 de la hégira, después de la oración del mediodía.

Fue matado injustamente, estando sediento, mostrando siempre una paciencia ilimitada, tal como hemos explicado.

El día de su muerte tenía cincuenta y ocho años.

De ellos, había vivido los siete primeros con su abuelo, el Mensajero de Dios, treinta con su padre, el Comandante de los Creyentes y diez con su hermano Al-Hasan y el período de su Imamato, después de la muerte de su hermano, fue de 11 años.

Él solía usar henna y un tinte negro para teñir sus cabellos y, cuando fue matado, el tinte manchó sus mejillas.

Existen muchas tradiciones proféticas que hablan del gran mérito que se obtiene si se visita su tumba, y de la obligación de hacerlo.

Y fue relatado que el Imam as-Sadeq, Yafar ibn Muhammad, la paz sea con ellos dos, dijo:

«Visitar la tumba de Al-Huseyn ibn Alí es obligatorio para todo el que acepte que Al-Huseyn fue designado para el Imamato por Dios glorificado y elevado.»

Y dijo: «Visitar la tumba de Al-Huseyn, la paz sea con él, equivale a cien peregrinaciones mayores y cien menores, aceptadas por Dios.»

 

Y el Mensajero de Dios, las bendiciones de Dios sean con él y con su familia, dijo: «Quien visite a Al-Huseyn después de su muerte, tendrá el Paraíso asegurado.»

Las noticias que hablan de ello son numerosas y, en verdad, hemos citado un número suficiente de ellas en nuestro libro Manásek Al-Mazár (Los Ritos de las Visitas).

***

2/4 Mención de los hijos de Al-Huseyn ibn Alí

 

Al Huseyn ibn Alí tuvo seis hijos:

Alí ibn Al-Huseyn Al-Akbár. Su kunya era Abu Muhammad y su madre fue Shah Zanán, hija del rey Cosroes Yazdigard.

Alí ibn Al-Huseyn Al-Asgár. Él fue matado con

su padre a la orilla del Eúfrates, como ya fue mencionado en este libro. Su madre fue Layla bint Abu Murra ibn Urwa ibn Masúd Az-Zaqafí.

Yafar ibn Al-Huseyn. No dejó descendencia. Su madre fue Qudáiia. Su muerte tuvo lugar en vida de Al-Huseyn.

Abdullah ibn Al-Huseyn. Fue matado siendo un bebé junto con su padre. Le mató una flecha mientras estaba en brazos de su padre. El suceso ha sido mencionado anteriormente en estas páginas.

Sukayna bint Al-Huseyn. Su madre fue Rabáb bint Imru Al-Qays ibn Adi de Kalb de Maad, la cual fue también madre de Abdullah ibn Al-Huseyn.

Fátima bint Al-Huseyn. Su madre fue Umm Ishaq bint Talha ibn Ubaydul lah de Taym.

***


[1] Sagrado Corán, LXXVI: 8-12

[2] Según algunos comentaristas, quiere decir: Tanto si ejercen el Imamato, como si no. Ya que, en cada época, el Imamato sólo puede ser ostentado por uno de los Imames purificados. De tal manera, que aunque uno o varios de los Imames siguientes estén vivos, sólo uno de ellos cumple la función de Imam, es decir, de autoridad espiritual y gobierno temporal de la comunidad.

[3] Sagrado Corán, XXVIII:21

[4] Sagrado Corán, XXVIII:22

[5] Se refería a Ubaydul lah ibn Ziyad, pues su madre se llamaba Maryána y a él se le llamaba así porque no se sabía quién era su padre.

[6] Queriendo decir: «Yo no tengo nada que ver con este acuerdo al que estáis llegando.»

[7] 680 d.C.

[8] Referencia al Sagrado Corán, 55:29

[9] Sagrado Corán, 28:41.

[10] Sagrado Corán, 3: 178 y 179

[11] Sagrado Corán, 7:196

[12] Sagrado Corán, 44:20

[13] Sagrado Corán, 40:27

[14] Sagrado Corán, 33:23

[15] Sagrado Corán, 40:30

[16] Sagrado Corán, 20:61.

[17] Sagrado Corán, 39:42.

[18] Sagrado Corán, 18:9

[19] Sagrado Corán, 57:22

[20] Sagrado Corán, 42:30

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