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Donald Trump y el club de los gladiadores islamófobos

El enemigo no es el islam sino el terrorismo, que se fomenta y exporta de unos lugares a otros para desestabilizar países, controlar el petróleo y los gaseoductos

La paga de los gladiadores era la gloria y en ocasiones la libertad.

En la antigua Roma, los gladiadores luchaban sobre la arena del Coliseum, matándose unos a otros para conseguir el aplauso de un público vehemente e irracional, que disfrutaba con la sangre y la muerte. La paga de los gladiadores era la gloria y en ocasiones la libertad, después de vencer a sus rivales.

En la moderna política de algunos países occidentales que se llaman a sí mismos desarrollados y civilizados, han aparecido nuevos gladiadores sobre la arena política. A estos gladiadores, se les llama populistas, xenófobos o islamófobos en la mayoría de las ocasiones.

El moderno y aguerrido político populista actúa como un intérprete mediocre y vulgar en los platós de televisión, las radios y los mítines, con las artes de una arpía y el saber maligno de un demagogo, promete empleo, justicia social y desarrollo económico a cambio de acabar con el diferente, ya sea musulmán, inmigrante o cualquier otro colectivo minoritario.

Las masas vuelven a vibrar y aplauden enloquecidas a su líder, que viene a salvarles de los terroristas, el paro y una vida gris. Una legión de ignorantes irredentos, que jamás leyeron un solo libro y que desconocen qué es el islam, o cualquier otra religión, se convierten de repente en el baluarte de la civilización europea. Las banderas vuelven a ondear por los aires y algunos seguidores de partidos como Amanecer Dorado desfilan por las calles de Atenas, como un renacido ejército de zombis, atacando y destruyendo los puestos de inmigrantes y musulmanes, en una operación de limpieza étnica que desahoga su frustración y su odio. El falso dios de la violencia y el rencor se ha apoderado de sus almas.

Sobre una tarima, Donald Trump, el más vehemente de los vehementes y el más irracional de los irracionales, arenga a las masas, y declara que no dejará entrar a ningún musulmán en Estados Unidos. David Cameron advierte a las mujeres musulmanas que las deportará del Reino Unido si no aprenden inglés debidamente, y el presidente Checo, Milos Zeman, afirma que es imposible integrar a los musulmanes en Europa.

Una nueva noche de los cuchillos largos, se va fabricando lentamente, y jóvenes neonazis salen de “cacería” para expulsar al invasor musulmán de Berlín. La barbarie está de moda. Adolescentes que no conocieron el Tercer Reich se tatúan esvásticas en su piel como un signo identificativo.

Marine Le Pen, que aspira a conquistar el Palacio del Elíseo, en una marcha triunfal ha comparado los rezos callejeros de los musulmanes con la invasión nazi de Francia durante la Segunda Guerra Mundial.

Virtuosos del sofismo, sonrientes y afables, estos populistas se mezclan con las masas, visten como ellas y confiesan en público que son uno más ente millones de ciudadanos. En lo más profundo del infierno Hitler debe estar sonriendo, al ver a sus aprendices con sus disfraces de demócratas, recorriendo las calles y regalando besos y banderitas a los viandantes.

Son identitarios, rebeldes y peligrosos, y algunos, como el seudo-pastor evangélico Terry Jones, queman coranes, mientras sostienen una pistola o un rifle, y siguen creyendo que Dios está de su parte.

Esta horda de opereta, formada por actores mediocres que interpretan un papel macabro para alimentar a las masas, se consideran a si mismos los defensores de la civilización occidental, aunque más bien parecen los herederos de las cruzadas.

El ministro del Interior francés, Bernard Cazeneuve, afirmó que los actos contra los musulmanes “se triplicaron” en 2015 y reconoció que se habían producido 400 ataques en un año marcado por los atentados de Charlie Hebdo y del 13N. Él dijo, que entre las agresiones se habían producido apuñalamientos a mujeres musulmanas, quemas masivas de coranes, destrozos en mezquitas y restaurantes de kebabs.

La periodista R. Aída Hernández Castillo, en su artículo “Refugio, islamofobia y violencia patriarcal en Alemania”, publicado en la sección de opinión del periódico“La Jornada” de Mexico, nos contaba lo siguiente:

“…organizaciones de mujeres que trabajan con refugiadas como Mujeres Bajo Asedio (Women Under Siege) han reportado que cientos de refugiadas han sido violadas por oficiales migratorios, contrabandistas y por otros refugiados, sin que nadie haga nada ante sus denuncias. Lauren Wolfe directora de este programa señalaba hace unos meses: Cada mujer refugiada que entreviste para nuestro informe describió o aludió a una violación, ya fuera de ellas mismas o de alguna conocida, a lo largo de su recorrido o estancia en Alemania. Los oficiales migratorios parecen compartir una cultura de sexismo y violencia patriarcal y no los valores islámicosa los que los antimigrantes adjudican la violencia sexual sufrida por las mujeres de Colonia.”

Está claro, que a algunos políticos y periodistas occidentales solo les preocupan las agresiones y violaciones cuando son mujeres son alemanas y sus agresores son refugiados musulmanes.

El político islamofobo Geert Wilders, declaró:

“Debemos cerrar todas nuestras fronteras a todos los refugiados e inmigrantes de países islámicos pero, mientras esto no ocurra, mientras nuestras mujeres estén en peligro por las bombas de testosterona islámica, propongo que se encierre a los hombres refugiados en centros”.

A Geert Wilders no le importan las mujeres refugiadas que en su huida han sido violadas o agredidas sexualmente. Geert Wilders ve un potencial violador o agresor en cada refugiado e inmigrante, pero para él no debe haber violadores blancos, cristianos y holandeses, o los violadores blancos solo son algo testimonial. Debe desconocer que miles de mujeres alemanas fueron violadas por miles de hombres blancos rusos en la segunda guerra mundial, o el turismo sexual que se produce entre hombres europeos que viajan Tailandia.

Para casi cualquier identitario xenófobo que ama el terruño y la sangre, los refugiados son, como describe R. Aída Hernández Castillo, “un grupo homogéneo de violadores en potencia, atrasados culturalmente, y al Islam como una ideología fundamentalista, violenta y machista, que no permite la integración de los refugiados musulmanes en Alemania”.

Pero el populista demagogo tiene un hermano gemelo, un alma que se asemeja tanto a la suya que a veces se confunde con él en la sombra. Occidente se ha llenado de seudo predicatores islámicos, que en ocasiones se llaman a sí mismos salafistas y que, al igual que los políticos populistas, aman las cámaras de televisión y los rincones oscuros de la perversión y la palabrería.

Por cada islamofobo que odia o rechaza a los musulmanes hay un presunto clérigo islámico, barbudo, vestido con chilaba, que habla con tono suave y autoridad, pero sin un átomo de sabiduría y sentido común, y que en su mala predica criminaliza a las mujeres que han sufrido agresiones sexuales por usar perfume o ropa ligera. Ningún musulmán maltrataría jamás a una mujer agrediéndola sexualmente aunque fuera borracha o medio desnuda, y así, estas manifestaciones hechas por seudo-sabios musulmanes no son correctas porque, si no les gustan las mujeres perfumadas o medio desnudas, menos les debería gustar que hombres presuntamente musulmanes se emborrachen en una fiesta pagana como la que se celebra en Nochevieja y se comporten como delincuentes despreciables. El machismo no es parte del islam, sino de la barbarie y la falta de conocimiento.

Durante el Califato de Umar ibn Al Jattab, que fuera compañero del Profeta, (saw) , un esclavo tuvo relación con una esclava sin su consentimiento. Umar ibn Al Jattab lo azotó y lo expulsó (de la sociedad), y no azotó a la esclava porque el esclavo la había forzado.

El imam Malik, fundador de la escuela juridica maliki, señaló que cuando un hombre viola una mujer, sea esta virgen o no, debe pagar a la víctima una “compensación” y luego se le debe aplicar el castigo corporal o hadd, sin que la mujer deba ser castigada.

Estos seudo-sabios de la ciencia islámica son en muchos casos bautizados por la prensa como radicales, integristas, fundamentalistas o extremistas, cuando en realidad sólo son ignorantes que avergüenzan a los musulmanes. Nadie da más argumentos a los políticos islamófobos, que el mal llamado Estado Islámico o Al Qaeda.

Mucha prensa también es islamófoba cuando se rasga las vestiduras por los muertos de los atentados en París o por las mujeres violadas y agredidas en Colonia, pero pasa de puntillas sobre el ataque terrorista que acabó con la vida de más de 20 estudiantes en Pakistan o sobre las mezquitas atacadas por Boko Haram en Camerun o Nigeria.

El enemigo no es el islam sino el terrorismo, que se fomenta y exporta de unos lugares a otros para desestabilizar países, controlar el petróleo y los gaseoductos. El mundo vive en una nueva guerra mundial por el control de las materias primas y la mayoría de los medios de comunicación no son inocentes, ni neutrales. Un alto porcentaje de la islamofobia se debe a que muchos medios de comunicación dan cobertura a los discursos islamófobos de políticos populistas y xenófobos y no denuncian que las primeras víctimas de los terroristas son los musulmanes.

La política corre el peligro de convertirse en un nuevo circo romano, donde estos gladiadores ofrecen carnaza a las masas para alcanzar el poder y donde la víctima propiciatoria es en multitud de ocasiones, el islam y los musulmanes, con la excusa del terrorismo y los clérigos a los que se llama salafista, wahabís o fundamentalistas.

 

Fuente: http://www.webislam.com/articulos/108729-donald_trump_y_el_club_de_los_gladiadores_islamofobos.html

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