terrorismo/Turquía

Mi experiencia con los atentados de Ankara

ankaraexlosion-660x330Hace unos días comencé la segunda parte de mi Erasmus en Ankara. Fue un día relativamente normal: tocaba conocer a los nuevos Erasmus que se incorporaban este semestre, enseñarles la ciudad y pasar un buen rato entablando nuevas relaciones. Había una quedada programada, en un bar cerca de la mezquita central de Ankara.

Sí, Turquía es un país de contrastes. Y no solo en el aspecto social y cultural sino también en el ideológico y político. Esto quedaría una vez más demostrado aquella noche. Sobre las ocho, se perpetró el atentado contra un grupo de vehículos de suministros militares. La carnicería ocurrió en una de las arterias principales del corazón de Ankara, infartando las vidas de los allí presentes y de miles de familias que ansiaban conocer el paradero de sus seres queridos. Entre ellos, un amigo mío que estuvo esperando durante una eterna media hora saber si su padre, que trabaja muy cerca de la zona cero, seguía con vida.

Mi caso fue un puro milagro, no me hallaba cerca de la zona en el momento de la explosión, pero podría haber sido cualquiera. La zona es muy transitada, por vehículos y por gente de toda clase y condición ya que es un lugar tanto de ocio como de negocios. Yo estaba tranquilamente en mi casa a más de media hora andando desde el lugar de la masacre, frente al ordenador, como ahora mismo. En un momento dado, comprobé el grupo de Whatsapp de los Erasmus, por si había alguna novedad. Y vaya si la había.

No podía creer que hubiera pasado una vez más, que hubiera estado tan cerca de la muerte de nuevo y ni siquiera me hubiera enterado.  Esta vez tenía que contactar a mi familia antes de que vieran el telediario. Imaginé cómo estaría mi madre, la preocupación y la angustia personificadas en un cuerpo que apenas puede contenerlas, otra vez preguntándose si estaría ileso o si seguiría con vida. No tuve coraje para darle directamente la noticia. Llamé a mi padre.

Esa noche, el exceso de teína y la sobreexcitación de las noticias recientes me impidieron conciliar un buen sueño. Pero la vida sigue, y a la mañana siguiente salí junto a una compañera de clase al centro, Kizilay, a menos de diez minutos de la zona de las explosiones. Tranquilamente entramos en tiendas de ropa, compramos y más tarde tomamos té turco y bollos en una dulcería cercana. Lo único fuera de lo normal fueron los grupos de antidisturbios repartidos por la zona, como si se hubieran previsto manifestaciones o altercados en poco tiempo. Pero todo seguía tranquilo. La gente caminaba por la calle como si fuera un día normal, y lo era.

Desde fuera  (telediarios, todólogos y mentideros públicos aparte) podría parecer un acto de cinismo y desvergüenza sin límites. ¿Cómo se puede hacer vida normal al poco tiempo de tal hecatombe?

Esa lección la aprendí durante los atentados de octubre, en los que murieron ciento veintiocho personas y casi doscientas cincuenta resultaron heridas. Con todas sus letras los escribo ya que de pocas maneras más puedo mostrar mi indignación ante el ninguneo al que se sometió este terrible suceso en la cobertura de los medios internacionales. Al poco tiempo ocurrirían los de París, y todo el mundo sería Francia, harían memoriales y llorarían por las pérdidas. Pero es que unos muertos valen más que otros y jamás admitiremos este hecho ineludible por esa manía de ser políticamente correctos. Pura hipocresía.

Era una manifestación por la paz, en la que turcos étnicos y kurdos étnicos iban de la mano, en contra de una agresión injustificable contra el 20 por ciento de la población de este país, Turquía. También dolió la impasibilidad de gran parte de los turcos, intoxicados de nacionalismo, que no supieron ver la humanidad en sus hermanos. Solo se llenan las calles si son militares los que mueren en combate… contra los kurdos.

Y no solo en las calles están divididos los habitantes de esta tierra, también en las aulas. Representativo ejemplo es mi facultad, la de Lenguas, Historia y Geografía; en la que para entrar hay que mostrar el carnet universitario, pasar un arco de seguridad y un chequeo manual con un detector de metales. Y por si fuera poco, según la ideología política hay un “área reservada” para cada grupo, el patio de la derecha para los nacionalistas y el del centro y el de la izquierda para el resto. El límite entre ambos lo marca una pared de planchas de metal y unos guardias constantemente vigilantes.

Pero aunque lo pueda parecer, Turquía no es una sociedad violenta. La gente no va pegándose tiros por la calle o perpetrando masacres en los institutos como en países más “civilizados”. No llueven bombas como a pocos kilómetros de la frontera ni las explosiones son cosa de cada día. Pero sí es cierto que viven la violencia de un modo diametralmente distinto al que estamos acostumbrados.

Cuando sucedieron los atentados de octubre, mi percepción era completamente distinta. Justo después de enterarme por mi familia del terrible suceso, me di cuenta del constante paso de helicópteros. Estaba en shock, aterrorizado y sin terminar de creérmelo. Pero algo en mi interior decía que tenía la responsabilidad de hacer algo al respecto. Comprobé Facebook por si había más noticias al respecto y para saber si todo el mundo que conocía seguía respirando. Gracias a Dios, sí. Al poco tiempo vi que estaban pidiendo donantes de sangre en los hospitales y, en un costoso ejercicio de humanidad, decidí intentarlo. Me levanté de la silla y comencé a cambiarme de ropa. Mis piernas temblaban como flanes, pero decidí forzar mi cuerpo hasta el final. Salí de casa.

En la calle todo parecía relativamente normal, pero resolví que sería por la distancia entre esa zona y el lugar de los atentados. Había quedado con una amiga para donar sangre en un hospital cercano, pero no hubo suerte. Ella decidió irse a casa, ciertamente era arriesgado estar fuera mucho tiempo. Y no la culpo, hubiera hecho lo mismo si no fuera porque tenía la necesidad imperiosa de hacer algo por ayudar. Decidí ir a otros hospitales. En el camino y acercándome un poco más a donde martirizaron a tantos jóvenes, podía ver cómo la gente hacía vida normal. Incluso se podía ver a familias con niños en la calle. Estaba estupefacto y mi sensación de terror aumentó. ¿Cómo pueden estas personas vivir unos hechos así con tanta tranquilidad? Lo más probable es que llevaran la procesión por dentro.

Finalmente, encontré el hospital en el que estaban haciendo las donaciones. Estaba lleno de personas que deseaban saber cómo se encontraban sus familiares y de jóvenes que estaban ansiosos por ayudar, dando de su propia sangre para salvar las vidas de sus compañeros y amigos. El servicio de donación estaba colapsado y no logré donar sangre. No pude hacer nada útil. Pero me llevé una lección vital.

Al poco tiempo obtuve mi respuesta a la pregunta que me reconcomía. Sean quienes fuesen los terroristas, no podemos permitir que nos aterroricen porque eso sería darles la victoria. Nuestro mayor éxito contra el terrorismo es no tener miedo y hacer vida normal dentro de lo posible. Cuando con unos hechos así logran paralizar un país, obligar a sacar el ejército a las calles y a recortar derechos y libertades, y extienden el miedo a los países vecinos, obtienen una desbordante victoria. No lo podemos permitir.

Así que sí, en este nuevo intento de los terroristas de amedrentarnos decidí ser coherente conmigo mismo y no permitirles una victoria. Decidí seguir con mi vida como el resto de los turcos y pasar un día normal, con sus momentos buenos y malos, en esta ciudad que tan bien me ha acogido y en la que he aprendido tanto.

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