Islam

La protección del ser humano

Discurso pronunciado en la Iglesia de los Capuchinos de Beirut el 18
de febrero de 1975 y publicado en el libro titulado “Islam, una doctrina
consolidada” en 1979 con ocasión del sermón pronunciado a principio del
ayuno. En esta reunión participaron las autoridades cristianas del Líbano
así como las más altas autoridades políticas y religiosas de las distintas
sectas cristinas. Se celebró como muestra del diálogo y la convivencia
propugnados por el Imam Sadr. Charles Helou dijo al respecto: “Por
primera vez en la historia de los cristianos, un religioso no católico ha
pronunciado el sermón en una iglesia católica y para una asamblea de
creyentes. Este hecho no solamente no es sorprendente si no que es motivo
de una reflexión profunda y duradera.” Para una ocasión posterior, el
Imam invitó a las autoridades cristianas a que dieran los sermones de la
oración del viernes en las mezquitas pero, a causa de la guerra civil, este
programa no llegó a realizarse.
________________

Alabamos y damos gracias a Dios, Dios de Abraham,
Ismael, Moisés, Jesús y Muhammad; Dios de los vulnerables y
de toda la creación.
Alabado sea Dios, que tranquiliza a los temerosos, salva
a los justos, eleva a los más débiles, humilla a los soberbios,
derroca reyes y pone a otros en su lugar.
Alabado sea Dios, que acaba con los tiranos, erradica a los
opresores, atrapa a los fugitivos, castiga a los impíos y es la voz
de los que piden Su ayuda.
Te alabamos Señor, por garantizarnos el éxito con Tu
protección, por unirnos con Tu guía y por unificar nuestros
corazones con Tu amor y Tu misericordia.
Nos encontramos aquí reunidos en Tu presencia, en una
de Tus casas y en una época de ayuno dedicado a Ti.
Nuestros corazones están deseosos de Ti. Nuestras mentes
toman la luz y la guía que proviene de Ti. Hemos atendido Tu
invitación a que seamos compañeros en el servicio a Tu creación
y que nos unamos en una misma palabra para la felicidad de
Tu creación. Por eso llamamos a Tu puerta y rezamos en Tu
altar. Nos reunimos por el bien del ser humano a quien iban
destinadas las religiones. Las religiones que un tiempo fueron
una. Cada una difundía las demás y se confirmaban entre sí.

Por medio de las religiones Dios sacó a la humanidad de
la oscuridad hacia la luz, después de rescatarla de los conflictos
profundos e inmensos que la dividían y la enseñó a tomar la
senda de la paz.
Las religiones eran una, ya que estaban al servicio de
un único objetivo: la predicación de Dios y la asistencia a la
humanidad, que son las dos caras de la misma moneda.
Más tarde, cuando comenzaron a servir también a sus
propios intereses, las religiones se distanciaron. Entonces,
el interés por sí mismas creció tanto que casi olvidaron su
objetivo. Las diferencias se intensificaron y se hicieron mayores,
al mismo tiempo que aumentaban el dolor y el sufrimiento de
la humanidad.
Las religiones eran una y anhelaban un solo objetivo:
luchar contra los ídolos y los tiranos en la Tierra y permanecer
junto a los más vulnerables y oprimidos, que también son las
dos caras de una misma realidad.
Cuando las religiones triunfaron, y con ellas los más
vulnerables, las élites cambiaron de bando y se unieron a
las ganancias. Entonces, comenzaron a gobernar las gentes
en nombre de las religiones y a portar sus estandartes. A
consecuencia de ello el sufrimiento de los oprimidos fue
cada vez mayor y las diferencias entre las religiones fueron
en aumento. Sin embargo, las diferencias solo residen en los
intereses de los explotadores.

Las religiones eran una sola porque el principio, que
es Dios, es uno; el objetivo, que es el ser humano, es uno, y, el
resultado, que es este universo, es uno. Cuando se nos olvidó
cuál era el objetivo y nos alejamos del servicio al ser humano,
Dios nos rechazó y se distanció de nosotros, dividiéndonos
en miles de facciones y grupos. La osadía y la discrepancia se
instauraron entre nosotros, compartimentando la existencia
y sirviendo nuestros propios intereses. Adoramos a dioses
distintos al Dios único y oprimimos al ser humano hasta que
quebró.
Ahora estamos de vuelta al camino correcto. Hemos
regresado al camino del hombre atormentado por salvarse del
castigo de Dios. Nos reunimos para servir al ser humano débil,
oprimido y desgarrado, con el fin de unirnos en todo y para
unirnos en Dios y que así las religiones vuelvan a ser una.
Dice el Sagrado Corán:
«A cada uno de vosotros le hemos asignado un código legal y un
camino de salvación y, si Dios hubiera querido, habría hecho que fueseis
una sola comunidad, pero lo hace así para probar vuestra fe en lo que os
ha dado. ¡Competid, pues, en buenas acciones! El lugar de retorno de todos
vosotros es Dios.» (5:48)
En este momento, en la iglesia, en estos días de ayuno,
durante un sermón religioso y por invitación de autoridades
comprometidas, me encuentro a vuestro lado, a mitad del
camino. Me encuentro siendo predicador y feligrés, orador y
oyente. Hablo usando mi lengua y escucho con el corazón.
La historia es nuestro testigo. Nosotros la escuchamos y ella
nos escucha. La historia es testigo de que el Líbano es el país
de los encuentros, un país de seres humanos, la patria de los
oprimidos y el refugio de los asustados. En este contexto y
ante este noble horizonte podemos escuchar los auténticos
llamamientos divinos porque nos encontramos más cerca de
la fuente.
Y ahí tenemos a Jesucristo, la paz sea con él, gritando
con su amor furioso: “¡No!, el amor de Dios no coexiste con el odio
humano…” Su voz resuena en las conciencias mientras se alza
otra voz, la del Profeta de la misericordia: “No cree en Dios y
en el Último Día quien se va a dormir saciado mientras su vecino tiene
hambre.”
Las dos voces interactúan a través del tiempo y su eco
resuena por medio de las palabras del Sumo Pontífice cuando
con motivo del ayuno, dice: “Ciertamente Cristo y el pobre son una
sola persona”. Incluso en su conocido mensaje, “la evolución
de la gente” se alza en defensa de la dignidad del ser humano
y, como Cristo en el templo, dice: “Tremenda fue la experiencia
de pagar con violencia tales humillaciones a la dignidad humana”. Y
dice: “No hay nada más despreciable en la humanidad que los regímenes
tiranos, resultantes de la explotación de los recursos y el poder, la anulación
de los derechos de los trabajadores y la injusticia de los tratados.”
Acaso esta voz clara es diferente a lo que aparece en la
tradición islámica como un objetivo constante:

“Yo, Dios, estoy junto a los que tienen el corazón roto. Yo estuve
con el enfermo cuando le visitaste, con el pobre cuando le ayudaste y con el
necesitado cuando gastaste para suplir sus carencias.”
En cuanto al método, considera que cualquier intento de
establecer la verdad y cualquier esfuerzo por apoyar al oprimido
es un esfuerzo (yihad) realizado en el camino hacia Él y una
oración en Su altar, y Él es Quien garantiza la victoria.
A través de estos testimonios retornamos a nuestra
humanidad para buscar la fuerza que aplasta y que divide. El ser
humano, este presente divino, esta criatura creada a la imagen
y semejanza de los atributos de su Creador, el representante de
Dios en la tierra, este ser humano es el objetivo de la existencia,
es al mismo tiempo el inicio y el propósito de la sociedad y el
motor de la historia.
Este ser humano equivale y merece todas sus capacidades,
no lo que han acordado la filosofía y la física modernas sobre
la capacidad de toda la materia de convertirse en energía, sino
lo que han afirmado todas las religiones y los experimentos
científicos: “El ser humano sólo posee lo que se esfuerza por
tener.”, que los actos son eternos y que el ser humano, salvo su
irradiación en diferentes horizontes, no vale nada.
Por lo tanto, cuanto más protejamos y desarrollemos las
capacidades del ser humano más le honraremos y le haremos
inmortal.

Si la fe, en su dimensión celestial, otorga al ser humano
ambición y sentimientos infinitos; si la fe, en su dimensión
celestial, preserva la esperanza permanente del ser humano y
cuando todos los motivos se derrumban hace desaparecer la
ansiedad y, por un lado, pone orden entre él y sus semejantes
y, por otro lado, entre él y el resto de las criaturas si la fe, en
esta dimensión, concede al hombre esta gloria y esta belleza,
entonces, la fe, en las otras dimensiones, busca proteger y
custodiar al ser humano, impone dicha protección y asegura
que no existe la fe sin que exista un compromiso de servicio al
ser humano.
Todo el potencial humano y las capacidades de cada ser
humano deben ser protegidos y desarrollados. Por este motivo,
nos encontramos con que el principio de interpolación ha
estado presente desde la época de los primeros mensajes hasta
este mensaje que dice: “Para que el progreso sea genuino tiene
que ser completo”, es decir, que el ser humano debe crecer en
su totalidad y que todos los seres humanos deben crecer.”
Así pues encontramos, por ejemplo, que robar está
prohibido. Sin embargo, hoy en día el robo aparece en forma
de inversión y de monopolio y bajo el pretexto del progreso
industrial o de necesidades artificiales impuestas al ser
humano a través de los medios de comunicación, que le crean
artificialmente el deseo de consumir más. Las necesidades, hoy
en día, no derivan de las necesidades innatas del ser humano
sino que han sido creadas artificialmente por los medios de
comunicación que sirven a los medios de producción.

De este modo, vemos también cómo se produce un
desarrollo profundo en las distintas fuerzas que dañan el
potencial humano, destruyéndolo o dividiéndolo. Estas fuerzas
se mantienen constantes en su esencia a pesar de la disparidad
de formas que adoptan y del desarrollo que han sufrido.
Por ejemplo, la religión siempre ha luchado contra la
mentira, la hipocresía y contra la vanidad y el orgullo. Cuando
observamos los fundamentos, comprendemos el efecto de estas
condiciones en las capacidades del individuo y de la sociedad.
La mentira, por ejemplo, falsea los hechos y las
capacidades presentes en el intercambio entre seres humanos.
Estas capacidades que son infladas por el ser humano para su
provecho, son falseadas mediante la mentira, de modo que se
convierten en ignorancia y en perversión, al mismo tiempo que
altera los intercambios y perturba las capacidades.
En cuanto a la vanidad y el orgullo, ambos inmovilizan al
ser humano, ya que le hacen sentir que ha alcanzado el grado de
autosuficiencia. Este sentimiento impide al orgulloso recibir o
participar en algo y tampoco le permite que las personas tomen
o interactúen con él. Así pues, ni da ni recibe. Es la muerte
de las capacidades humanas. Sin contar con que las cualidades
genéricas de la mentira son la base de la arrogancia.
La libertad, por el contrario, es el clima favorable para el
crecimiento de las capacidades humanas y para el surgimiento
de su talento si se le brinda la oportunidad. Esta libertad ha
estado siempre expuesta a la censura con diversos pretextos.
Por consiguiente, se han librado guerras y luchas encarnizadas
en nombre de la libertad.
La ausencia de libertad ha causado que el individuo se
conforme con el grado de libertad que el usurpador le concede.
El ser humano es sometido, menguando así las posibilidades de
la sociedad. Cuando el individuo rechaza este sometimiento e
intenta, y nosotros con él de acuerdo con nuestra fe, reducir la
tiranía de esta fuerza abrumadora y divisoria, está defendiendo
nuestra humanidad, el potencial humano y su dignidad, sin
importar las estrategias que adopte este sometimiento a lo
largo de la historia.
Existen numerosas formas de robar las libertades y
de destruir las capacidades del ser humano: la tiranía, el
colonialismo, el feudalismo, el terrorismo intelectual, pretender
la custodia de la gente alegando su falta de entendimiento,
el neo-colonialismo, la imposición de puntos de vista a los
individuos y a la sociedad, las presiones económicas, culturales
o intelectuales, la negligencia política, la discriminación de
personas y regiones, negándoles oportunidades y condenándolas
a la ignorancia e incluso negar ayuda sanitaria a las personas y
los medios necesarios para su desplazamiento y su desarrollo.
Y el dinero, este gran ídolo, considerado por Jesucristo
como un impedimento más grande para entrar al Reino de
los Cielos. El dinero es fuente de discordia. Cuando el dinero
crece a expensas de las otras necesidades del ser humano y de la
sociedad se convierte en un objetivo y en una fuerza represiva y
divisoria. Dado que puede imponer sus profundos efectos en la
vida de las personas, permite que el grande se coma al pequeño.
Del mismo modo, todas las necesidades humanas crecen
a expensas de otras necesidades. Esto es lo que denominamos
deseos. En realidad, las necesidades son motivadoras y
propulsoras, e incluso un combustible que permite el
movimiento del ser humano en la vida. Sin embargo, cuando
estas necesidades crecen a expensas de otras necesidades el
resultado es un desastre.
Es por esta razón por la que la cuestión de los bienes, el
dinero, el prestigio, el poder y otras capacidades del ser humano
requieren mayor grado de responsabilidad.
La verdad es que a pesar de que las dimensiones de la fe
que permiten la conexión entre Dios y el ser humano de forma
permanente son la base de la civilización moderna, también la
han hecho vulnerable a este tipo de desequilibrios.
Cuando revisamos la historia de la civilización humana,
sentimos que, entre un periodo y otro, el ser humano ha crecido
en un aspecto a costa del resto de ámbitos. Debido a que la
política, la administración, los mercados y la construcción no
están basados en la fe, han crecido de forma descontrolada y se
han convertido en colonialismo, guerras, búsqueda de nuevos
mercados y periodos de paz armada. La vida del ser humano
al completo se ha convertido en un vaivén entre guerras frías
y calientes, entre periodos de recuperación y periodos de paz
armada.
El amor propio es el combustible que el ser humano
utiliza en su búsqueda de la perfección y en la realización de
sus deseos, el problema empieza cuando en el ser humano nace
un sentimiento de auto-adoración.
Los enfrentamientos, la discriminación racial, el desprecio
por los demás y el amargo conflicto ente los componentes de
la sociedad, desde la familia a la comunidad internacional, cada
uno de estos conflictos posee un ámbito diferente y, aunque el
punto de partida es uno, el radio de acción varía.
Estos conflictos, que han sido considerados partes
esenciales de la estructura, son consecuencia de haber sustituido
el amor propio por la auto-adoración. Si nos fijamos, ocurre lo
mismo con el egoísmo en la sociedad. La sociedad fue creada
para servir al ser humano, ya que es un ser social y colectivo
por naturaleza.
El ser humano tiene dos dimensiones, la personal y la
colectiva, por lo que el marco de acción de la humanidad es muy
amplio y el problema puede aparecer en distintos contextos.
Desde el egoísmo personal pasando por el egoísmo familiar, el
cual ha hecho padecer al ser humano sus consecuencias, hasta
las tiranías tribales que durante un tiempo fueron sistemas
que causaron ciertos resultados y efectos, y las sectas, que
con su egoísmo pusieron el mundo patas arriba, vaciando
de contenido la religión y las enseñanzas y acabaron con su
auge, su compasión y su tolerancia. Estos grupos sectarios han
comerciado con los valores espirituales que habían tomado de
diferentes facciones. Y por último, el egoísmo patriótico.
El patriotismo, a pesar de ser un sentimiento muy noble,
cuando se transforma en racismo nacionalista, hace que la gente
casi sienta adoración por su patria en lugar de por Dios. Por
consiguiente, permite que la gloria de su patria sea construida
sobre las ruinas de otros países, que su civilización sea erigida
destruyendo el resto de civilizaciones y que el nivel de vida de
su población sea elevado a costa del empobrecimiento de otras
poblaciones, hasta llegar a un nacionalismo nazi que tantas
veces ha destruido al mundo.
Esta amplitud de egoísmos eran sentimientos constructivos
y evolucionaron y se convirtieron en decadencia y destrucción.
El amor propio, la obediencia a la familia, el amor hacia la tribu,
la patria y la pertenencia a una nación, todas son conductas
beneficiosas para la vida del ser humano, siempre y cuando
permanezcan dentro de unos límites adecuados.
Ahora es el momento de aclarar el título elegido para esta
conferencia.
Si las necesidades y aptitudes del ser humano están
integradas en la comunidad en la que se encuentra, entonces
le agradará estar en armonía con dicha sociedad. Siempre que
una de sus necesidades crezca a expensas de alguna de sus
otras necesidades el resultado será una catástrofe. Siempre
que un individuo o las necesidades de la comunidad crecen a
expensas del resto de individuos, el resultado es una catástrofe.
Y siempre que la sociedad o las necesidades de ésta crecen a
costa de otras sociedades o de sus necesidades, el resultado es
desastroso y perjudicial.
El Líbano es nuestro país. Un país cuyo único capital son
sus habitantes. Las personas que escribieron la gloria del Líbano
con su esfuerzo, su emigración, sus capacidades intelectuales y
su iniciativa. Estas personas son las que deben ser protegidas
por este país.
El Líbano no tiene otra riqueza aparte de su riqueza
humana, su humanidad. Por ese motivo, nuestro esfuerzo en
el Líbano va encaminado hacia la conservación y la protección
de sus habitantes, todos sus habitantes y en todos sus aspectos,
en todas las regiones, en los centros de oración, en las
universidades y en las instituciones.
Si queremos salvaguardar el Líbano, si queremos llevar
nuestros sentimientos de identidad nacional a la práctica, si
queremos aplicar nuestros sentimientos religiosos por medio
de los principios que se han mencionado, entonces tenemos
que proteger a las personas del Líbano, a todos sus habitantes
y todas sus capacidades sin exclusión.

El Líbano es así. Cuando observamos las carencias
descubrimos que son el resultado de la negligencia y que todos
somos responsables.
Según hemos escuchado, la violencia está permitida en
teoría, por el bien del ser humano, en su justa medida y con la
condición de que no viole los derechos humanos.
Estimada audiencia:
Las zonas en las que vivimos y en las que viven los
habitantes del Líbano son un depósito cuya custodia nos
pertenece a nosotros y a nuestras autoridades. La región del
sur, así como el resto de las regiones, nos ha sido confiada para
que la protejamos por orden de Dios y de la patria. Por lo tanto,
debemos asumir la responsabilidad de inmediato y discernir el
planeamiento y la ejecución más adecuados. Tanto pensar de
forma errónea como hacer una mala inversión equivalen a un
doble abuso. El abuso directo de la corrupción y el abuso que
supone hacer perder una oportunidad a los demás malgastando
el dinero público y los derechos de los ciudadanos.
El Líbano es el país de las personas y de la humanidad.
Hoy en día, el ser humano descubre su realidad comparando
su vida con la del enemigo. Y así, observamos que lo que el
enemigo ha creado es una sociedad racista que emplea medidas
abusivas y separatistas en todos los ámbitos culturales, políticos
y militares e incluso se atreve a distorsionar la historia, a judaizar
la Ciudad Sagrada y a falsear los monumentos históricos.

Así pues, debemos proteger nuestro país, no solo por
Dios y por sus habitantes, sino por toda la humanidad, para
contrastar la imagen de la verdad desafiante con a la otra.
Ahora nos encontramos frente a una oportunidad única en
la vida. Nos encontramos en un nuevo capítulo que comienza
esta noche para nosotros y para el Líbano y frente a este
fenómeno sin precedentes en la historia.
¡Oh creyentes! Reunámonos pues por el bien del ser
humano, de todos los seres humanos. Por las personas en
Beirut, las que están en el sur, las personas de Akar, las personas
de los suburbios de Beirut, las de Karantina y Hey as-Salam.
Estas personas todavía tienen una oportunidad. No están
aisladas ni encasilladas. Vamos a proteger a las personas de este
país para así proteger este país que nos ha sido confiado por la
historia y por Dios.
Que la Paz, la Misericordia y las Bendiciones de Dios sean
con vosotros.

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