Islam

La conducción de los asuntos y la ejecución de las reglamentaciones por parte de los sabios

Existe un hadíz en la obra Tuhaf al-Uqúl,[1] en el capítulo «La conducción de los asuntos y la ejecución de las reglamentaciones por parte de los sabios».

El hadíz consta de dos partes. La primera es una transmisión del Señor de los Mártires (con él la Paz) que recogió del Emir de los Creyentes Ali (con él la Paz) y se refiere a ordenar lo bueno y prohibir lo malo. La segunda parte es un discurso del Señor de los Mártires, relativo al gobierno del faqíh y a los deberes que recaen sobre los fuqahá, tales como la lucha contra los opresores y los gobiernos tiránicos con objeto de establecer un gobierno islámico y aplicar las reglamentaciones del Islam.

A lo largo de este famoso discurso que él dio en Miná, expuso las razones para su propio yihád contra el tiránico estado Omeya.

De este hadíz podemos deducir dos asuntos importantes. El primero es el asunto de la Wiláyat ul-Faqíh y el segundo es que los fuqahá, por medio de su yihád y del aconsejar lo bueno y censurar lo malo, deben desenmascarar y derrocar a los gobiernos tiránicos y animar a la gente para que el movimiento universal de todos los musulmanes despiertos sea capaz de establecer un Gobierno Islámico, en el lugar que ocupan los regímenes tiránicos.

Este es el hadíz:

 

El Señor de los Mártires (a.s.) dijo:

       ¡Oh gente! Tened en cuenta el consejo que Dios dio a Sus amigos cuando Él reprendió a los rabinos diciendo:

       ¿Por qué los sabios y rabinos no prohíben sus conversaciones pecaminosas y el consumo de lo que está prohibido? Verdaderamente, lo que ellos han hecho está mal.[2]

       De nuevo dice Dios:

       Aquellos que no creyeron de entre los Hijos de Israel, fueron maldecidos por boca de David y de Jesús hijo de María, por su rebeldía y por ser transgresores. No se prohibían unos a otros el cometer actos viles y corruptos, ¡Lo que han hecho es abominable! [3]

       Dios les maldijo y reprochó porque vieron con sus propios ojos a los opresores cometiendo actos viles y corruptos y no les pusieron freno, tanto por amor a los subsidios que recibían, como por temor a la persecución y las injurias. Mientras que Dios dice:

       No tengáis miedo de los hombres y temedme a Mí[4] y Él dice:

       Los creyentes y las creyentes son amigos y protectores unos de otros, ordenan lo bueno y prohíben lo malo.[5]

       Vemos en esta aleya, en la enumeración de los atributos de los creyentes, cualidades que indican afecto mutuo, solicitud y deseo de guiarse unos a otros. Dios Altísimo comienza citando el ordenar el bien y prohibir el mal, considerando éste el primer deber, porque Él sabe que si este deber es aplicado y se establece en la sociedad, le seguirá la aplicación de otros deberes, desde los más fáciles a los más difíciles.

       La razón es que ordenar lo bueno y prohibir lo malo significa llama a las gentes al Islam y al establecimiento de la creencia verdadera frente a una oposición exterior, mientras, al mismo tiempo se reivindican los derechos de los oprimidos, lo cual implica un esfuerzo. Oposición y lucha contra los opresores internos de la comunidad y esfuerzo para asegurar que la riqueza pública y las recaudaciones derivadas de la guerra sean distribuidas de acuerdo con las leyes justas del Islam, y los impuestos (zakat y todas las otras formas de recaudación fiscal, obligatorias o voluntarias) sean recaudados y repartidos de manera adecuada.     

       ¡Oh sabios! ¡Vosotros que sois famosos y disfrutáis de buena reputación gracias a vuestro conocimiento! Habéis adquirido fama en la sociedad a causa de vuestra devoción, el buen consejo que impartís y la guía que dispensáis. Es por amor a Dios que los hombres os veneran y os temen, tanto así que incluso el poder os teme y se siente obligado a hacer que se os respete y los hombres que no están sujetos a vosotros y sobre los que no tenéis autoridad se consideran gustosamente vuestros subordinados y os conceden favores que se niegan a ellos mismos. Cuando la gente no recibe su parte del tesoro público, vosotros intervenís con la terrible energía e autoridad de los monarcas y la talla de los poderosos ¿Acaso no habéis ganado todo este respeto y prestigio a causa de que los hombres esperan que apliquéis las leyes de Dios, incluso cuando en la mayoría de las ocasiones habéis dejado de hacerlo?

       Habéis fallado en hacer que se cumplan la mayoría de los derechos que se os encargó proteger.

       Habéis sido negligentes con los derechos de los oprimidos y de los desheredados, disipado los derechos de los débiles, de los que carecen de poder, pero perseguido asiduamente lo que considerabais vuestros derechos personales. No habéis gastado vuestro dinero o arriesgado vuestras vidas por amor a Aquel que os la dio, no habéis luchado contra ningún grupo o tribu por amor a Dios.

       Deseáis, y lo consideráis vuestro legítimo derecho, que Él os garantice el Paraíso, la compañía del Profeta y la seguridad de que os libraréis del fuego del Infierno en la otra vida.

       Sobre vosotros, que tenéis tales expectativas de Dios, yo temo que caiga todo el peso de Su ira pues, a pesar de que es gracias a Su Poder y Su Gloria que vosotros habéis logrado un alto rango, no mostráis ningún respeto hacia aquellos que verdaderamente conocen a Dios y desean difundir Su conocimiento, mientras vosotros mismos disfrutáis de respeto entre los hombres cercanos a Dios, a cuenta de Él.

       Temo por vosotros también por otra razón: veis como los pactos realizados con Dios son violados y pisoteados sin inmutaros.[6]

       Cuando eso sucede con los pactos establecidos con vuestros padres, aparecéis gravemente alterados y ansiosos, aunque solamente hayan sido violados en parte, pero las promesas que le entregasteis al Más Noble Mensajero (Bendiciones y Paz sobre él y su familia) os son absolutamente indiferentes.[7]

       El ciego, el mudo y los indefensos jornaleros, carecen en todos lados de protectores y no se les muestra ninguna piedad.

       Vosotros no os comportáis de acuerdo con vuestras funciones y rango, no soportáis ni tenéis miramiento alguno con aquellos que trabajan y se esfuerzan para mantener el nivel de vida de los sabios religiosos.

       Vosotros compráis vuestra seguridad a los poderosos, a los tiránicos poderes gobernantes, mediante halagos, adulación y compromiso.

       Todas estas acciones os han sido prohibidas por Dios y Él os ha ordenado, además, prohibirlas a los demás, pero no Le prestáis atención alguna.

       La calamidad que sufrís es mayor que la que les ha ocurrido a otros, porque el verdadero rango y grado de ulamá’(sabios) os ha sido arrebatado, puesto que, en realidad, la administración del país, la emisión de decretos judiciales y la aprobación de programas legislativos debe encomendarse a los sabios religiosos que son guardianes de los derechos de Dios y conocedores de las reglamentaciones divinas sobre lo que es permitido y lo que es prohibido.

       Pero vuestra posición os ha sido usurpada porque habéis abandonado el eje de la Verdad -la ley del Islam y el decreto de Dios- y por haber estado en desacuerdo sobre la naturaleza de la Sunnah, a pesar de la existencia de pruebas claras.

       Si fueseis hombres veraces, fuertes frente a la tortura, dispuestos a sufrir y preparados para soportar la adversidad por amor a Dios, entonces todas las regulaciones os habrían sido propuestas a vosotros para que las aprobaseis y para que fueseis vosotros quienes las emitierais.

       La autoridad habría podido estar en vuestras manos, pero vosotros habéis permitido que los opresores os arrebatasen vuestras funciones y que vuestro gobierno autorizado, que se suponía regulado por las normas de la Sharía, caiga en sus manos, para que ellos lo administren basándose en la volubilidad de sus propias conjeturas y suposiciones, actuando arbitrariamente y estableciendo como norma la práctica de su arbitrariedad y la satisfacción de su codicia.

       Lo que ha hecho posible que obtengan el control del gobierno ha sido que os aterrorizó la idea de ser asesinados; ha sido vuestro amor a la transitoria vida de este mundo.

       Con esta mentalidad, y la conducta que ella inspira, habéis abandonado a las masas indefensas en las garras de los opresores. Mientras algunos soportan como esclavos bajo los golpes de los opresores y otros buscan entre la miseria y la desesperación un poco de pan y de agua, los dirigentes se encuentran completamente absortos en los placeres de la realeza, no adquiriendo más que infamia y desgracia para ellos mismos, gracia a su vida licenciosa, el seguimiento de malos consejeros y sus manifestaciones de desvergüenza ante Dios.

       En cada ciudad tienen a uno de sus oradores para que suba al púlpito. El suelo de su patria queda indefenso ante ellos y arrebatan libremente cualquier cosa que de él desean. Las gentes son sus esclavos y se encuentran indefensos para defenderse de ellos por sí mismos.

       Un dirigente es un dictador por naturaleza, malévolo y rencoroso. Otro reprime despiadadamente a los infelices individuos, despojándoles mediante la imposición de toda clase de cargas. Otro, aún, rehúsa, en su absolutismo, reconocer a Dios y el Día del Juicio.

       ¿Es entonces extraño,-cómo podría uno pensar que es raro-, que la sociedad esté en las garras de un astuto opresor, cuyos agentes fiscales son también opresores y cuyos gobernadores no sienten la más mínima compasión o misericordia hacia los creyentes que están bajo su mando?

       Es Dios Quien juzgará en relación con lo que es motivo de disputa entre nosotros y dará un veredicto definitivo en relación con todo lo que ocurre entre nosotros.

       ¡Oh Dios! Tú sabes que todo lo que hicimos no fue incitados por el deseo de obtener el poder político, ni en busca de las riquezas de este mundo, sino que fue con objeto de demostrar a los hombres los brillantes principios y valores de Tu religión, para corregir los asuntos de Tu tierra, para proteger y asegurar los indiscutibles derechos de Tus siervos oprimidos, para actuar conforme a los deberes que Tú has establecido y con las normas, leyes y reglamentaciones que Tú has decretado.

       Así pues, ¡Oh sabios religiosos! Vosotros estáis para ayudarnos a conseguir estos objetivos, reconquistar nuestros derechos de aquellos poderes que han considerado aceptable equivocaros y que han pretendido apagar la luz encendida por vuestro Profeta.

       El Dios Único es suficiente para nosotros, sobre Él descansamos, a Él nos volveremos, en Sus manos está nuestro destino y a Él regresaremos.[8]

[1] Tuhaf al ‘Uqúl fî má yá’ min al-Hikam wa al-Mawá’id· an Ále r-Rasúl. Fue recopilado por Abu Muhammad Hasan ibn Ali ibn Husein ibn Sha’ibah Harrání Halabí, uno de los sabios del siglo IV h, uno de los maestros del Sheyj Mufíd y contemporáneo del Sheyj Sadúq; Al- Dirayát, t. III, p. 400.

[2] Sagrado Corán, 5:63.

[3] Sagrado Corán, 5:78 y 79.

[4] Sagrado Corán, 5:44.

[5] Sagrado Corán, 9:71.

 

[6] Es decir, los contratos sociales que establecen las instituciones, y las relaciones sociales en el Islam. ( N. del Imam Jomeiní )

[7] Las relaciones islámicas, basadas en el juramento de lealtad dado al Más Generoso Profeta, e igualmente, la promesa de obedecer y seguir a su sucesor, Ali y sus descendientes, dadas en el arroyo de Jum, al regreso del último hach al que el profeta asistió. (N. del Imam Jomeiní )

[8] Tuhaf ul-‘Úqúl, p. 271.

 

 

(De la obra El Gobierno Islámico del Imam Jomeini. Traducción del persa de Raúl González Bórnez)
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