Actualidad

Desde Irak con Amor

Por el Dr. John Andrew Morrow

“¡Labayka ya Husayn!” Lloré al salir de mi casa y conduje tan rápido como pude a Chicago, Illinois, para tomar el vuelo que había reservado solo unos momentos antes de salir. La invitación para hablar en la “Primera Conferencia Internacional sobre el Patrimonio y las Antigüedades de Irak” había llegado varios meses antes y el documento que iba a presentar había sido aprobado hacía más de un mes. Pero mi pasaporte permaneció en el Consulado de Irak en Detroit una larga espera de tres semanas para su aprobación. Era sábado por la mañana, la víspera del inicio de la conferencia, y todavía no había recibido el número de autorización y la visa. Por la gracia de Dios, después de semanas de estrés, ansiedad, irritación y desesperación, el pasaporte llegó a través del servicio de mensajería: “En verdad, después de la adversidad viene la facilidad” (94: 5-6). Deposité mi confianza en Dios y reservé el siguiente vuelo a Irak, con mis propios fondos, ya que no podía esperar la remesa de las fundaciones que me habían invitado.

El viaje fue agotador, duro, pesado y exasperante. Tres horas y media conduciendo a Chicago y veinticuatro horas de vuelo, sin contar la escala en Qatar. Llegué a Karbala a las 22 horas del domingo. En el enorme avión, prácticamente vacío, viajamos solo ocho personas. Me imaginé que estaría lleno de ángeles ―es decir, los cuatro mil ángeles que acompañan a los peregrinos desde el momento en que tienen la intención hasta el momento en que completan su peregrinación― pequeños de tamaños, pues de lo contrario la nave estaría abarrotada. Al salir del baño, a donde fui apenas llegar, era la única persona que quedaba en toda la terminal, la misma que estuvo repleta durante mi último viaje: Arbain de 2017.

Me saludaron dos hombres a los que no conocía, enviados a recogerme por la Fundación Hussayniyyyah. Solo hablaban árabe y nos comunicamos mediante el lenguaje clásico. El viaje desde el Aeropuerto Internacional de Najaf hasta Karbala fue surrealista. El camino era oscuro como la boca del lobo. Viajamos cuarenta millas por la carretera. Se trataba de una escena de total desolación. El contraste no podía ser mayor. Había caminado por allí hacía apenas un año, con millones de peregrinos de todo el mundo. El silencio era asombroso. Durante el recorrido de Arbaeen, la expectación crece a cada paso hasta que alcanza su clímax espiritual en Karbala, cuando uno ve la cúpula dorada del Imán Husayn, el Señor de los Mártires. Una peregrinación a Karbala, en Arbain, es una experiencia totalmente diferente. Es algo así como un fuego latente. Se puede comparar a un huracán religioso. El viaje de Ziyarah durante la temporada baja es como una onda en un mar espiritual. El Imam llama suave, dulce y acogedoramente. Se puede sentir su presencia más nítidamente.

Llegué a la Ciudad Santa de Karbala pasada la medianoche. Me instalé en mi habitación de la aldea de Sayyid al-Awsiyyah, en las afueras de Karbala, que fue creada para recibir a los invitados del Imam Husayn. Después de un delicioso desayuno, con los mejores dátiles, aceitunas, queso y crema que he consumido, fui con un grupo de intelectuales árabes al Santuario del Imam Husayn donde pronuncié una conferencia como parte de la “Primera Conferencia Internacional sobre Patrimonio y Antigüedades Irakíes,” titulada “El deber sagrado de proteger los sitios sagrados.” Más tarde, ese mismo día, se me pidió que pronunciara unas palabras finales, en nombre de los participantes, al final de la conferencia.

Visitar al Imam Husayn es un honor. Hablar en su Santuario es un honor aún mayor. Durante todo el tiempo que pasé en el Santuario, saludé silenciosamente al Imam y le hice llegar saludos de paz. Los salawats, oraciones y bendiciones de paz sobre el Profeta Muhammad y su progenie purificada, eran un dhikr o mantra constante en el fondo de mi mente. Durante Arbain se es feliz si se puede entrar en el Santuario del Imam Husayn debido a la multitud de gente existente. Tuve la bendición de recibir un tratamiento VIP en 2017. Visité el Santuario y fui testigo de las celebraciones de Arbain desde lo alto del mismo. Sin embargo, no había podido visitar la tumba del Imam, aunque la atisbé. Esta vez, el Santuario era espacioso, la gente era relativamente escasa, y era fácil acercarse a las tumbas de los Amigos de Dios sin ser sacudido o aplastado por olas de buscadores espirituales. Me acerqué a mi amado Imam, el amor de mi vida, y le hice llegar mis saludos. Toqué su bendita tumba buscando su bendición. Lloré al ver la tumba de Ali al-Asghar, el hijo de seis meses del Imam Husayn asesinado por una flecha de tres puntas disparada por los enemigos de Dios. Me desmoroné imaginando a mi hija de la misma edad. Saludé a los mártires de Karbala y toqué sus tumbas. La energía espiritual que emana de las mismas es algo que necesita sentirse y su intensidad depende de la fe y sinceridad del peregrino. La experiencia es simplemente abrumadora y conmovedora. No es algo que pueda soportar por mucho tiempo sin arriesgar la aniquilación física. Es como enviar millones de vatios a un simple alma de 100 vatios. Es algo que podría llevar al olvido, al abandono. Para mí Karbala es como el cielo. Dijo el Imam Muhammad al-Baqir ―que la paz sea con él―: “Visita Karbala en tu vida para que cuando mueras no te sientas como un extraño en el Paraíso” (Majlisi).

Fui invitado por las Fundaciones “Dalil” y “Husayni” a participar en una conferencia en Karbala y no tenía intención de viajar a ningún otro lugar, especialmente a Bagdad, donde, según me advirtieron, estaría en alto riesgo de ser secuestrado. Hicimos planes pero Dios planea y “Él es el mejor de los planificadores” (8:30). Fue la voluntad de Dios que conociera a Allamah Sayyid Salih al-Hakim mientras almorzaba en el restaurant de Sayyid al-Shuhada y que ofreciera recibirme durante el resto de la semana. Junto a él visité el Santuario del Imam Alí, la tumba de Shaykh al-Tusi, la tumba del Gran Ayatullah Khu’i, las tumbas de los grandes eruditos y mártires de la familia Hakim, me reuní con los mujtahids, asistí a clases avanzadas con los ayatolás y realicé la peregrinación a la tumba del Imam Alí, al que hice llegar nuestros saludos, deseando sus bendiciones. También tuve el privilegio de ser presentado al Gran Ayatullah Sayyid Sa’id al-Hakim, rezar detrás de él dos oraciones, disfrutar de su compañía y conversar ambos largamente. Todo el tiempo, en mi mente, en mi corazón y en mi alma, recité ‘Aliyyan Wali Allah, es decir, `Ali es el Amigo de Dios.

Al día siguiente, viajé con Allamah al-Hakim a Bagdad. Allí, en la ciudad que me hicieron creer que no sobreviviría, asistí a una maravillosa conferencia interreligiosa sobre la situación de la mujer en Irak. Estuvieron presentes líderes de todas las comunidades religiosas del país, incluidos sabeos, mandeos, zoroastrianos, cristianos, sunitas y shiítas. Era de advertir que no se trataba de nada semejante a la “Nueva Era,” a la sensiblería barata, a la bobería o a algo de baja calidad como presenciamos en el mundo occidental, donde las religiones del mundo se relativizan hasta el punto de que pierden su sentido.

Los líderes que se reunieron en Bagdad eran creyentes incondicionales, aunque algunos con duras críticas hacia otros. Pero estaban decididos y comprometidos a construir lazos comunitarios para el mejoramiento del país y eran inflexibles en cuanto a la necesidad de coexistir como conciudadanos. Lo que importaba era el verdadero trabajo interreligioso. Lo que estaba ocurriendo en esa conferencia valía más que cien Parlamentos de las Religiones del Mundo. Resultó muy significativo y conllevaba la puesta en acción. Era de vida o muerte. Irak no es un lugar donde la gente que no está de acuerdo con alguien escriba una mala crítica o lo descarte en Facebook. Es un lugar donde los críticos u opositores matan a quemarropa a aquellos con los que discrepan. De ahí las inspecciones de autos, los chequeos a las personas, los perros rastreadores de bombas y los soldados armados con ametralladoras. El trabajo interreligioso no implica ningún riesgo en el mundo occidental. En Irak pone en peligro la vida. Era evidente el interés en los Pactos del Profeta. La sed y el hambre eran reales. Las exigencias estaban a la orden del día. Me encontraba en una de las naciones más diferente del mundo desde el punto de vista religioso, étnico y lingüístico, destruida por designio de Occidente, es decir, por los mismos (supuestos) defensores del pluralismo. Sin medidas significativas, estaríamos viendo el fin de la diversidad en Irak y a sus ciudadanos agrupados por sectores pero sin pertenecer ni constituir un estado, cada uno por su lado: árabes shiítas, árabes sunitas y sufíes kurdos. A la vez, los sabeos, los mandeos y los zoroastrianos estarían condenados a la extinción.

Los dos días siguientes los pasé en Kazimayn, donde me habían reservado una habitación de hotel a pocos pasos del santuario sagrado. El largo paseo por el sendero que conduce al santuario del Imam Musa al-Kazim y al del Imam Muhammad al-Taqi, también conocido como al-Yawad, me resultó como caminar hacia las Puertas del Paraíso. La vista de la cúpula dorada me conmovió y me hipnotizó. Me atrajo como un imán. Lloriqueé “¡Labayka ya Imam!” Me encontraba muy debilitado físicamente. Estaba exhausto, agotado por la conmoción emocional y espiritual. Dijo el Imam Musa al-Kazim ―la paz sea con él―: “Quien visite mi tumba será como quien emigró a donde yo estaba durante mi vida” (Majlisi). Ahí estaba yo.

Pasé a través de los cordones de seguridad y enfilé directamente hacia mi Imam. Le dejé mis salams. Toqué su bendita tumba. Me invadía el aroma de santidad que saturaba el Santuario del Imam Musa al-Kazim. Se trataba del mismo perfume del Paraíso que se encuentra en los Santuarios del Imam `Ali y del Imam Husayn ―la paz sea con todos ellos―. El aire en estos ambientes es de otro mundo. Los Santuarios de los Imames son portales al Paraíso y carreteras al cielo. Son lugares donde el cielo toca la tierra, puertas de ascensores a lo celestial controladas por ángeles que ascienden y descienden constantemente. Si nos pusiéramos lentes místicas, podríamos ver las cúpulas de la divinidad extendiéndose sobre estos lugares sagrados. Son agujeros de gusano a otro mundo. Existen en dos mundos simultáneamente.

Con la excepción de la comida, la bebida, el sueño y otras necesidades humanas, pasé la mayor parte del tiempo posible dentro del Santuario del Imam Musa al-Kazim. Recité el ziyarah correspondiente al Imam Musa al-Kazim y al imán Muhammad al-Taqi una y otra vez. Recé dhur, ‘asr, maghrib, e ‘isha, lloviese o hubiese sol. Y me quedé en el patio, a pesar del frío, recitando súplicas, el Corán y pronunciando salawats. Buscaba beneficiarme de cada momento. Cada respiro era una súplica. Cada pensamiento era un acto de adoración. Recé por mi familia y por mí. Recé por mis amigos. Y realicé cada peregrinación en Irak en nombre de una docena de otros amantes de Ahl al-Bayt, como un regalo sorpresa, con la esperanza de que ellos, algún día, pudieran enviar mis salaams a los Imames cuando tuvieran la oportunidad de visitarlos.

A mi regreso de Kazimayn tuve la oportunidad de enviar mis salaams al Imam `Ali una vez más. Me fui, con el corazón cargado, desde tierra santa al mundo occidental. Llevaba Imames en el corazón. Después de un viaje de treinta horas, que afectó seriamente mi cuerpo, llegué finalmente a Chicago, donde lloré de amor por los Imames ―la paz sea con ellos―. Mientras bajaba del avión dije: “Te extraño tanto. ¡Ya Habibi! ¡Ya Husayn! Podría morir en tu tumba.”

Dijo el Imam Alí al Rida ―la paz sea con él―: “Cada Imam tiene un pacto con sus seguidores y simpatizantes. Cumplir con el mismo es visitar sus tumbas” (‘Amili). He completado mi pacto y cumplido con mis obligaciones religiosas. Regreso libre de pecado como el día en que nací con la promesa de la protección de Dios en el Día del Juicio y la intercesión de Fatimah al-Zahra’. Que Dios aumente nuestro amor por el Profeta y Su Progenie Purificada y bendiga a aquellos que hicieron posible esta peregrinación.

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