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20 de Yumada uz Zani Aniversario del nacimiento de Fatimah Zahrá bintu Muhammad (a.s.)

Nació en La Meca, el quinto año de la Misión Profética

Sus hijos fueron Imam Hasan Al-Muytaba (a.s.), Imam Husain Saiid Ash-Shuhada (a.s.), Zainab Al-Kubra (a.s.), Ummu Kulzum y Muhsin, que no llegó a nacer. La Recién Nacida de la Revelación

Un viernes, 20 de Yamadi uz Zani, cinco años después de que Dios designara a Muhammad ibn Abdellah Mensajero Suyo,en la casa del Profeta y de Jadiyah, nació una bella niña. Fátima, llegó a este mundo.

El Enviado de Dios decía de ella: «Es mi alma… Cuando anhelo oler el perfume del paraíso me acerco a Fátima».

Esto no es nada extraño tratándose de Fátima, ya que ella forma parte del grupo al cual Dios hace referencia y elogia en el Sagrado Corán, cuando dice: INNAMA IURI:DUL LA:hU LI’UDhHIBA ‘ANKUMUR RIYSA AhLAL BAITI UA IUT:AHHIRAKUM TAT:hIRAN «Allah sólo quiere alejar de vosotros la impureza, ¡Oh Gente de la Casa(profética)!, y purificaros totalmente.» (Sura Al- Ahzab, 33:33)

Fátima es la síntesis del Santo Profeta del Islam, su brillante vida es merecedora de toda alabanza celestial. Fue escogida por Dios entre todas las mujeres. Ella, con su firmeza, afirmó el valor de la mujer. Sólo su existencia es el mejor testigo de que la mujer es capaz de volar a la cima espiritual que alcanzan los hombres.

Fátima contaba con dos años de edad cuando, junto a su padre, sufrió el bloqueo económico de Quraish. Soportó las más difíciles condiciones de vida, pasó hambre durante tres años en el valle de Abu Talib, junto a todos los musulmanes. El décimo año de la designación profética, poco después de abandonar el valle, contando apenas cinco años de edad, perdió a su querida madre, a la que diez años de lucha y aflicción habían debilitado.

Cuando tenía ocho años, poco después de la emigración del Profeta a Medina, partió hacia allí junto a Alí (a.s.) y un grupo de mujeres de la familia. Una vez más se reunió con su padre. En los difíciles momentos vividos por el Profeta en Medina, Fátima siempre lo acompañaba. En la batalla de Uhud, cuando los musulmanes asumieron el fracaso, con prisa Fátima fue hacia el campamento y junto con Alí se encargó de curar las heridas de su padre Muhammad (s.).

Fátima creció con el Islam, vivió con el Corán, respiró el aire del Mensaje de la Profecía, su vida no estaba desvinculada de la de su padre. Inclusive, luego de su casamiento, su casa era vecina a la suya. El Profeta (s.) frecuentaba su casa más que cualquier otro sitio. Cada mañana antes de dirigirse a la mezquita, visitaba a Fátima. Cuando emprendía un viaje, la última persona de quien se despedía era Fátima. A su regreso, ella era a la primera que visitaba.

Jadiyah fue la primera dama del Islam. El Profeta hablaba así de ella: «Jadiyah es una de las mejores mujeres de esta Comunidad». Era tan amada por el Profeta que luego de su muerte solía recordarla.

Dijo ‘Aisha: «El Profeta recordaba tanto a Jadiyah, que un día le dije: “¡Oh, Enviado de Dios!: Jadiyah no era más que una anciana, Dios te ha agraciado con alguien mejor”. A lo que el Profeta me respondió: “Juro por Dios queÉl no me ha dado nada mejor. Creyó en mí cuando todos permanecían sumergidos en la incredulidad, me corroboró cuando otros me desmentían, puso a mi disposición sus bienes cuando otros me privaban de ellos, y Dios, el Altísimo, me ha otorgado midescendencia gracias a ella».

El Profeta expresó en numerosas oportunidades su amor hacia Fátima y recomendaba el buen trato para con ella. Esto por sí solo constituye un documento que verifica que la vida de Fátima y de sus hijos están enlazadas con el destino del Islam y deja en claro que la relación entre el Profeta y Fátima no fue sólo un vínculo de padre e hija sino que está estrechamente unido a los asuntos vitales de una sociedad, el futuro de una comunidad y de las órdenes divinas relativas al gobierno de la comunidad islámica.

El Imam Baqir y el Imam Sadiq (con ambos sea la paz), dijeron que el Profeta (s.), siempre antes de dormir, iba a ver a Fátima, le daba un beso, la apoyaba en su regazo, y suplicaba por ella.

El Profeta (s.) dijo: «Fátima es parte de mí. Quien quiera que la alegre me alegra, y quien quiera que la enfade me enfada. Fátima es la persona más preciada para mí».

También dijo (s.): «Fátima es parte de mí. Es el corazón y el espíritu que están dentro mío. Quien la molesta me molesta, y quien me molesta está molestando a Dios».

«Ciertamente que la primera persona en entrar al Paraíso será Fátima; su ejemplo en esta comunidad es como el ejemplo de María, hija de Imrán, entre los hijos de Israel». «…Mi hija Fátima es la Señora de las mujeres del universo, desde las primeras hasta las últimas. Ella es parte de mí, es la luz de mis ojos, es el fruto de mi ser, es el espíritu que hay en mí, es una hurí de la especie humana que ha surgido de mí. Cuando ella ora, en su lugar de rezo, ante la presencia de su Señor, su luz brilla para los ángeles que están en el cielo como las estrellas brillan para los moradores de la tierra; entonces Dios, Poderoso e Imponente, dice a Sus ángeles: ¡Ángeles míos!: Ved a Mi sierva Fátima, la Señora de todas mis siervas, que está en mi presencia, cómo tiembla por piedad y temor a Mí, cómo su corazón está colmado de adoración por Mí. Sed testigos que Yo pondré a sus seguidores a salvo del fuego infernal».

El segundo año de la hégira, el Profeta (s.) casó a Fátima con Amir Al-Mu’minin Ali (con ambos sea la paz).

Dijo el Profeta: «Si Alí no hubiese existido, no habría nadie que mereciese a Fátima, y si no hubiera existido Fátima, no habría nadie que mereciera a Alí».

Fátima había rechazado a muchos pretendientes de entre los más nobles y ricos de Quraish y de los árabes. El Profeta decía: «El casamiento de Fátima será concretado por orden divina».

Poco a poco los compañeros del Profeta se dieron cuenta de que el casamiento de su hija no era un asunto fácil, y que cualquier persona, aunque tuviera mucho prestigio y riquezas, no conseguiría su consentimiento. Quien desposara a Fátima debía ser por su veracidad, fe y virtudes espirituales y morales, alguien que se encontrara justo trás del Profeta y no había nadie más que Alí (a.s.) que cumpliera con estos requisitos.

Cuando finalmente se animó a pedir la mano de Fátima, el Profeta le dijo: «Antes de que llegaras, un ángel me informó que Dios, Exaltado Sea, ha ordenado que casara a Fátima con Alí». Cuando le preguntaron a Alí qué tenía para la boda, él respondió que no tenía más que su armadura, su espada y su camello con el cual transportaba agua para la gente. El Profeta le dijo que vendiera su armadura y con ese dinero, que llegaba a quinientos dirham, compró los utensilios para la casa y un ajuar muy simple para Fátima (a.s.). Se realizó una ceremonia donde dieron de comer a los invitados y luego, con alegría y con las súplicas del Profeta (s.), las mujeres rodearon al camello de Fátima acompañándola a la casa de Alí. Y así, tan sencillamente, terminó el casamiento de la más virtuosa de las mujeres del universo.

Cuando Alí fue a pedir la mano de Fátima, el Profeta le dijo: «Antes que tú, vinieron muchos pretendiendo a Fátima y con cada uno, siempre que le comentaba a ella al respecto, se daba vuelta y lo rechazaba, así que espera hasta que yo vuelva». Entonces el Profeta fue con Fátima y le informó que Alí la pretendía, y ella se mantuvo en silencio, pero no le dio la espalda. El Mensajero de Dios (s.), entonces, se levantó diciendo: «ALLAHU AKBAR (Dios es el Más Grande), su silencio expresa su consentimiento».

La dote de casamiento que Alí (a.s.) dio a Fátima (a.s.), fue: -Un vestido comprado por 7 dirhams, -un pañuelo de 1 dirham, -una cama árabe de madera, -2 colchones, -cuatro almohadas, -una cortina, -un mortero de piedra, -un recipiente para la leche, -una bolsa de piel para guardar el agua, -una alfombrilla, una bolsa de piel -y dos o tres elementos más.

Dijo Fátima: En cierta ocasión, mi padre, el Profeta, llegó a mi casa justamente cuando me disponía a dormir. Entonces me dijo: «¡Fátima! No duermas jamás sin antes realizar las siguientes cuatro prácticas: “Completar la lectura del Sagrado Corán, convertir a los Profetas (a.s.) en tus intercesores, contentar a los creyentes y realizar Hayy (Peregrinación Mayor) y ‘Umrah (Peregrinación Menor).» Luego comenzó a orar. Esperé a que concluyera y le dije: «¡Oh, Enviado de Dios!, me has aconsejado cuatro prácticas imposibles de concretar». Muhammad sonrió y me explicó: «Cuando recites tres veces la Sura Al-Ijlas, habrás completado la lectura del Sagrado Corán; cuando envíes tus saludos a mí y a los Profetas queme precedieron, ALLAHUMMA SALLI ‘ALA MUHAMMADIN UA ALIHIT TAIIBINAT TAHIRIN, ALLAHUMMA SALLI ‘ALAL ANBIA’I UAL MURSALIN

-¡Oh Dios, bendice a Muhammad y a su Descendencia, Inmaculada, Purificada! ¡Oh Dios, bendice a los Profetas y Enviados-, nos habrás convertido en tus intercesores en el Día del Juicio.

Cuando pidas el perdón por los creyentes, ALLAHUMMA IGFIR LIL MU’MININA UAL MU’MINAT UAL MUSLIMINA UAL MUSLIMAT AL ‘AHIA’I MINHUM UAL AMUAT

-¡Oh Dios, perdona a los creyentes y a las creyentes, a los musulmanes y a las musulmanas, de entre los vivos y los muertos- habrás obtenido su contento y cuando digas: SUBHANALLAH UAL HAMDU LILLAH UA LA ILAHA ILLA ALLAH UA ALLAHU AKBAR

-Glorificado sea Dios, Alabado sea Dios, No hay dios sino Dios, Dios es el más Grande- entonces habrás realizado el Hayy y el ‘Umrah»

Cierta vez el Imam Alí (a.s.) preguntó a Ibn A’bad, un integrante de la tribu Bani Sa’d: «¿Quieres que te hable de mi vida junto a Fátima? Era la más amada por el Profeta. Cuando vivió en mi casa se esforzó mucho, tanto que un día le aconsejé: ¡Sería bueno que visitaras a tu padre, tal vez él pueda hacer algo por ti! Pronto Fátima visitó a su padre. En esa oportunidad el Profeta (s.) se encontraba ocupado atendiendo los requerimientos de quienes se interesaban por el Islam. Por eso Fátima se sintió avergonzada y regresó a su casa. A la mañana siguiente el Profeta (s.) visitó a su hija y le preguntó: “¿Qué motivó tu visita el día de ayer, hija mía?” Fátima no respondió. Por segunda vez el Profeta repitió su pregunta. Fátima no se atrevió a responderla. Entonces hablé yo, diciendo: “¡Oh, Enviado de Dios! Fátima trabaja demasiado y yo le aconsejé que te visitara a fin de que tú le brindaras ayuda.” Al oír mis palabras, Muhammad (s.) nos dijo: “¿Quieren que les enseñe algo que les aprovechará mucho más que la tarea de una sirvienta? Y nos enseñó el ‘Tasbih’, de Fátima Zahrá.»

Esta práctica consiste en repetir treinta y cuatro veces «Allahu Akbar» -Dios es el más Grande-, treinta y tres veces «Subhanallah» -Glorificado sea Dios- y treinta y tres veces «Alhamdulillah» -Alabado sea Dios- . Es muy preferible realizar el Tasbih luego de cada una de las oraciones diarias. Con esta práctica, la recompensa de un ciclo de oración se multiplica por mil.

‘Ass Ibn Ua’il, uno de los jefes de los incrédulos, se encontró cierto día con el Santo Profeta (s.), cuando salía de Masyidul Haram y habló con él durante un rato. Cuando Ass Ibn Ua’il entró a la Mezquita, los jefes de Quraish, que habían observado la escena, le dijeron: «¿Con quién hablabas?». Respondió: «Con ese hombre estéril». Eligió este término porque Abdullah, el hijo del Profeta, había fallecido, y los árabes acostumbraban a denominar a aquéllos que no tenían hijos varones: ‘estériles’. Ellos, según sus erróneas tradiciones, exaltaban la importancia de los hijos varones, y los consideraban sucesores de los proyectos de los padres. Al morir el hijo del Profeta (s.), se contentaban pensando que cuando el Profeta muriese, el Islam se extinguiría. En esa ocasión fue revelada la sura Kauzar y milagrosamente responde a las especulaciones de sus enemigos. La sura, por un lado, albricia la continuidad del Islam, dando un fuerte golpe a las falsas expectativas de sus enemigos, y por otro lado consuela el corazón del Profeta que se encontraba acongojado debido a ello:

«¡En el nombre de Dios, El Clementísimo, El Misericordiosísimo!

Por cierto que te agraciamos con la Abundancia.

Reza, pues, a tu señor y sacrifica.

Por cierto que quien te aborrece es el estéril»

(Sagrado Corán; Sura 109)

A través de la revelación de esta sura, Dios anunció al Profeta: «El (Ass Ibn Ua’il), tu enemigo con diez hijos, será privado de posteridad, será estéril». En cambio, tal como predice el Corán, la numerosa generación del Profeta, a través de Fátima, se encuentra dispersa a lo largo del universo, a pesar de que muchos de ellos fueron martirizados por sus enemigos, mientras que de la generación de los Bani Umayah no quedó rastro alguno.

El término ‘Kauzar’ deriva de su raíz ‘Kazra’ que significa ‘beneficiencia’ y ‘bendiciones abundantes’. Según muchos intérpretes, el Kauzar se refiere a Fátima, a partir de quien derivaría su inmaculada generación, que lideró el Islam durante siglos.

También es el nombre de uno de los manantiales del Paraíso que el Profeta describió como más blanco que la leche y más cristalino que el cristal, en cuyos extremos hay dos cúpulas de perlas y esmeraldas.

Según todos los intérpretes de la Escuela Shi’a y muchos exégetas de la Escuela Sunnah, el versículo 33 de la Sura 33 descendió por Alí, Fátima, Hasan y Husain (la paz de Dios sea con todos ellos).

Nafi’ Ibn Abil Hamra’, que acompañó durante ocho meses al Profeta relata: «Lo observaba cada mañana al salir hacia la mezquita para realizar la oración del alba, detenerse frente a la casa de Fátima y decir:

“As salamu ‘alaikum ia ahlal baiti ua rahmatul Lahi ua barakatuhu. As salat, innama iuridul Lahu li’iudhhiba ‘ankumur riysa ahlal bait ua iutahhirakum tat:hi:ran”.

“La paz sea con vosotros, ¡Oh, Gente de la Casa Profética, la misericordia de Dios y sus bendiciones os acompañen! ¡A rezar! Ciertamente Allah sólo quiere alejar de vosotros la impureza ¡Oh Gente de la Casa! y purificaros totalmente».

El Profeta (BP), llegó un día a la casa de Alí (a.s.). Le acompañaban dos fieles, quienes meditaban en la preocupación del Profeta, pues todos los musulmanes sabían cómo amaba él a Hasan y a Husain y de qué manera le afectaban sus tristezas y alegrías. Todos sabían que el amor que sentía por ellos no era sólo un amor de abuelo por sus dulces y bellos nietos, sino un cariño divino, un amor profético. Todos eran conscientes de que, a imitación del Enviado de Dios, debían amar a Hasan y a Husain, puesto que él mismo había dicho:

«¡Dios mío! Amo a Hasan y amo a Husain. ¡Ama a quien los ame!».

Al llegar todos a la puerta de la casa de Alí, el Profeta llamó: «¡Mi querido Alí! ¡Mi querida Fátima! La paz de Dios sea con vosotros. He venido a visitar a mis hijos con dos compañeros ¿Me permiten pasar?».

Pudieron oírse las voces felices de Fátima y Alí que respondían: «¡La paz y la misericordia de Dios sean con el Profeta, nuestra casa es tu casa, bienvenido seas, pasa!».

Cuando ingresó a la casa, se extrañó de que, como era costumbre, ni Hasan ni Husain corrieran hacia su abuelo, para echarse en sus brazos. Esa noche los niños estaban enfermos, yaciendo en sus lechos. Aunque estaban casi desvanecidos, al escuchar aquella cálida y conocida voz, abrieron apenas los ojos. No tenían fuerzas para levantarse. El Profeta, preocupado, se acercó y se arrodilló junto a ellos, llenándolos de besos. «¿Qué les ha sucedido amados míos? ¡Dios aleje de ambos el mal y les otorgue salud!».

Hasan y Husain abrazaron tiernamente a su abuelo. En aquella austera casa, a pesar de pertenecer al más grande comandante del ejército islámico, y de ser la morada de la segunda personalidad del Islam, no había nada para convidar a los visitantes. Alí expresó su vergüenza. Sin embargo, el Profeta y sus compañeros sabían que la pobreza de Alí era el honor de Alí, era el honor del Islam y era el honor del Enviado de Dios. Tenían la certeza de que, si Alí hubiera querido, habría podido gozar de una vida placentera. No obstante, ese era el modo de vida que él y Fátima habían elegido. Por todo esto los visitantes serían recibidos con amor, cariño y paz. Antes de ponerse de pie, preguntó el Profeta a su yerno: «Querido Alí, ¿No prometerás nada por la curación de mis dos amores? Sin demora, él respondió: “Sí, prometo tres días de ayuno. Si Dios, el Altísimo, los sana ayunaré durante tres días consecutivos”.» Al oír estas palabras, dijo Fátima: «También yo ayunaré». Entonces Hasan y Husain abrieron sus ojos y juntos dijeron: «¡Nosotros también ayunaremos!».

Los labios del Profeta se posaron sobre los de sus nietos y depositaron tibios y dulces besos. En el lugar se encontraba una mujer llamada Fidda, que había sido sirvienta de Aminah, madre del Profeta, y que estaba con Fátima voluntariamente, a fin de acompañarla y aprender de ella una lección de vida. Ella, al igual que todos, prometió ayunar.

Poco tiempo después de la promesa, Dios devolvió la salud a Hasan y a Husain. Ambos, sanos y animados, se levantaron de la cama. Había llegado el momento de cumplir la promesa. Todos los integrantes de la casa comenzaron a ayunar. Sólo había en ella, tres kilos de cebada. Fátima y Fidda la molieron e hicieron pan. Prepararon cinco panes para desayunar, uno para cada uno. Todos esperaban que Alí regresara de la mezquita para desayunar juntos. A su regreso, se sentaron para hacerlo tras de un día de hambre. Todavía no habían comenzado cuando llamaron a la puerta. Era un pobre, un necesitado, un indigente: «¡Oh, familia del Profeta!: ¡Dios les envíe el sustento del Paraíso! ¡Ayúdenme! Mi familia y yo estamos hambrientos». Y no habiendo terminado sus palabras, Alí se levantó para darle su pan. El pan de Fátima se ubicó sobre el de Alí y luego Hasan, Husain y Fidda pusieron los suyos sobre el resto. Cinco panes, eso quiere decir toda la comida que había en la casa, le fue dada al indigente. Sólo quedó el agua. Cinco ayunantes desayunando sólo agua, agradecen a Dios y recogen el mantel.

Llega el segundo día de ayuno. También preparan cinco panes. Luego de dos días de hambre y ayuno las manos se acercan al pan caliente, que es lo único que hay. Una vez más llaman a la puerta. «La paz sea con vosotros, ¡Oh Familia del Profeta!: Soy un niño huérfano y no tengo nada para comer. ¡Ayúdenme!». Entonces, los cinco panes acompañados de súplicas y bendiciones le fueron otorgados al niño huérfano. Nuevamente desayunaron sólo agua. La hambruna les había quitado fuerzas.

Para el desayuno del tercer día, también había cinco panes. Alí era un hombre fuerte y no le afectaba tanto el hambre, sin embargo, Fátima, delgada y débil, Fidda y los niños, que recién habían sanado, apenas podían soportar los dos días de ayuno total. A pesar de ello, ayunaron. Debían esperar hasta el atardecer, momento en que cada uno con un pan, pondría punto final a tres días de ayuno. Cerca de la hora del desayuno, las manos temblaban por la intensidad del hambre, los ojos de los niños estaban hundidos, y la debilidad les había robado la poca fuerza que tenían. Alí regresó de la Mezquita. Sobre el mantel había cinco panes de cebada y una jarra de agua. «¡Ah! ¡Qué sabroso se ve un pan de cebada después de tres días de ayuno!». Hasan y Husain se acercaron al mantel y junto con los demás extendieron sus manos hacia el pan. Pero por tercera vez se escuchó golpear a la puerta. Las manos quedaron suspendidas entre el cielo y la tierra: «La paz sea con vosotros, ¡Oh, gente de la casa de Muhammad! Ayuden a un hombre que acaba de salir de prisión». Nadie se demoró. Las manos extendidas entregan los panes, los colocan unos sobre otros y los confían a las manos del hambriento ex-convicto.

Lo único que los deja con vida, lo que los mantiene en pie y hace correr sangre por sus venas, es el deleite que brinda la caridad y la preferencia de la ventaja ajena antes que la propia).

Sólo Dios conoce el valor de tanto sacrificio. Alí miró los pálidos y decaídos rostros de sus hijos y pensó que una visita al Profeta disminuiría el dolor y les haría olvidar el hambre. Les dijo: «Levántense! Visitaremos a su abuelo, el Profeta». El deseo y la alegría de verlo los hizo desprenderse del suelo. Juntos, se dirigieron a casa del Profeta. La congoja oprimió la garganta de Muhammad cuando vio a los niños como dos polluelos tiritando por el hambre. Dijo, con lágrimas en sus ojos:

«¿Cómo puedo tolerar ver a mis hijos en estas circunstancias? ¡Dios mío! ¡Mira a la familia de Tu Profeta esforzándose por obtener Tu satisfacción! ¡Apresúrense!, amados míos, que iremos con mi amada Fátima. ¿Qué le ha sucedido a ella en estos tres días? A Fátima, que es mi alma, que es una parte de mí.»

Los ojos de Fátima estaban agotados y sus pies ya no podían mantenerse, de todos modos, continuaba orando. El Profeta la abrazó y lloró tanto que vibraron sus hombros. ¿Quién sería capaz de ver a los que Dios ama, en este estado y no conmoverse?

En ese instante un rico aroma perfumó la casa. el Arcángel Gabriel se presentó ante el Profeta y le dijo:

-«¡Oh, Muhammad! ¡Toma el regalo que he traído para tu familia!»

-«La paz de Dios sea contigo, ¡oh, Gabriel!, ¿qué has traído?»

-«He traído la paz y bendición de Dios y también las aleyas que a ellos se refieren. Por cierto que el valor real lo tiene la acción que satisface a Dios. Yo, Gabriel, el fiel mensajero de la revelación e intermediario entre Dios y vosotros, no considero a ningún obsequio más elevado y mejor que éste»

En las siguientes aleyas coránicas Dios, el Altísimo, presenta a estos ayunantes como a la mejor de las gentes y describe su morada en el paraíso: Quienes cumplen con sus votos y temen el día cuya calamidad será universal. Que por amor a Dios alimentan al menesteroso, al huérfano y al cautivo diciendo: “Ciertamente os alimentamos por amor a Dios, no os exigimos recompensa ni gratitud. Por cierto, que tememos de Nuestro Señor aquel día funesto, calamitoso”. Mas Dios les preservará de la calamidad de aquel día, y les recibirá con esplendor y júbilo»

(Sura 76, Aleyas 7 a 11)

El Profeta Muhammad (s.) había enviado una carta a Nayran -ciudad situada entre el Hiyaz y el Yemen, cuyos moradores profesaban el Cristianismo- invitando a sus habitantes a abrazar el Islam.

En la misma, el Profeta los convocaba de la manera más cordial e incluso les transmitía versículos referidos a la gente del Libro, es decir, cristianos y judíos.

Muy pronto el Obispo de la ciudad envió una delegación a Medina, a fin de verificar el profetado de Muhammad. Al llegar allí fueron recibidos por el Enviado de Dios, quien los convocó nuevamente a adherirse al Islam, mas ellos no quisieron aceptar sus explicaciones, y entonces fue revelada la aleya de Mubahalah (ordalía) que dice: «…pero a quienes te discutan acerca de ella (la verdad), después de (escuchar) lo que te ha llegado de conocimiento, diles: “¡Venid! convoquemos a nuestros hijos y a los vuestros, a nuestras mujeres y a las vuestras, a nosotros mismos y a vosotros mismos; luego realicemos la ordalía, para que la maldición de Dios caiga sobre los que mienten!» (Sura 3, aleya 61)

Mubahalah u ordalía es una prueba que se realiza cuando dos partes que se contradicen sobre un tema se maldicen mutuamente y ruegan a Dios que Su maldición y castigo recaiga sobre quienes sostienen lo falso.

La reunión tendría lugar al día siguiente. Llegada la ocasión, el Profeta fue en busca de Alí, Fátima, Hasan y Husain -la paz sea con todos ellos. El Profeta les dijo: «Cuando yo pronuncie mis palabras, ustedes deben decir: “Amín” (que así sea)».

Antes de encontrarse con el Profeta, los integrantes de la delegación de Nayran comentaron entre sí: «Si Muhammad llega acompañado por sus comandantes y soldados, y nos exhibe su poder material, sepan que no es veraz y no confía en su función profética. En cambio, si se presenta con sus hijos y amados y su aspecto es sencillo, sepan que en verdad es un Profeta y tiene tanta fe en su misión que no sólo está dispuesto a arriesgar su vida sino también la de los seres que más ama».

En medio del comentario apareció el resplandesciente rostro del Profeta acompañado por cuatro personas. Atónitos, se miraban unos a otros. La presencia de sus dos inocentes nietos -Hasan y Husain aún eran pequeños- y su amada y única hija Fátima, los había asombrado. Entonces comprendieron que el Profeta estaba firme en su fe. De lo contrario, alguien que vacila, no expone a sus seres queridos a la maldición y el castigo divinos. Dijo un Obispo: «Veo rostros que si alzaran sus manos a Dios y le rogaran que arranque las más inmensas montañas de la tierra, Él se lo concedería. No es bueno que nos sometamos a la ordalía con personas de esa virtud, que se refleja en sus bellos y esplendorosos rostros, pues es probable que todos nosotros perezcamos y que el castigo se extienda de tal modo que no quede un sólo cristiano sobre la faz de la tierra».

Entonces los cristianos reconocieron que su proceder era el de los grandes profetas y pidieron que no se realizara la Mubahalah, aunque no aceptaron el Islam como religión.

Fátima (a.s.), durante sus primeros años de vida, vivió muy humildemente. Luego de que el Profeta le regalase las tierras de Fadak su situación mejoró. Por lo tanto, si en algunas narraciones se hace referencia a su dificultosa vida y en otras se habla de su sirvienta Fidda, es porque son acontecimientos sucedidos en diferentes períodos.

Relata Salman Al-Farsi: «Fátima se encontraba moliendo cebada para hacer harina. Sobre la mano del molino había sangre, la mano de Fátima estaba herida de dar vueltas a la piedra del molino. Husain (P), que en esa época era un niñito, estaba llorando. Le dije: “¡Oh, hija del Enviado de Dios!: te estás lastimando cuando tienes a Fidda para que te ayude a hacerlo”. Dijo: “El Enviado de Dios me ha aconsejado que repartamos las tareas un día cada una. Su turno fue ayer…”»

El nombre Fidda se lo había elegido el Santo Profeta (s.). Fue educada e instruida de tal manera en la casa de Fátima y Ahlul Bait (a.s.) que su nombre destaca en la lista de las grandes mujeres del Islam. Logró obtener un gran desarrollo espiritual y se narran de ella hechos realmente sorprendentes.

Ibn Shahr Ashub cuenta de un musulmán, el siguiente relato que figura en el libro de Abul Qasim Qushairí:

«En el desierto del Hiyaz me había retrasado de la caravana. De pronto vi a una mujer y le pregunté: “¿Quién eres?”. Respondió: «… y di: “¡Paz!” ¡Pronto sabrán!» (Corán 43:89) (Insinuando por qué no la saludé)

Entonces la saludé y le pregunté qué estaba haciendo allí. Respondió: «… a quien Dios guía, nadie podrá extraviarle…» (Corán 39:37) (Me dio a entender que estaba perdida)

Le pregunté si es que era de entre los humanos o de entre los genios. Dijo: «¡Oh, Hijos de Adán! ¡Engalanaos de vuestro mejor indumento…!» (Corán 7:31)

Le pregunté: «¿De dónde has venido?». Respondió: «… como si les llamaran de un lugar remoto” (Corán 41:44)

Le dije: «¿A dónde te diriges?». Respondió: «La peregrinación a la casa es un deber para con Dios…» (Corán 3:97)

Pregunté: «¿Cuánto tiempo hace que te retrasaste de la caravana?». Respondió: « Habíamos creado los cielos y la tierra y cuanto existe entre ambos, en seis días» (50:38) Pregunté: «¿Tienes hambre?». Me respondió: «No les dotamos de cuerpos que pudiesen prescindir de alimentos…» (Corán 21:8) (Insinuando que sí tenía hambre) Entonces le di comida y luego le dije: «¡Apresúrate!».

Dijo: « Dios no impone a ningún ser una carga superior a sus fuerzas » (Corán 2:286)

Pregunté: «¿Deseas subir detrás de mí sobre el camello?». Respondió: «Si hubiera en el universo otras divinidades, además de Dios, todo se habría corrompido …» (Corán 21:22)

Escuchando esta aleya, descubrí que no quería subir junto a mí porque no es correcto que un hombre extraño esté junto a una mujer, por lo que me bajé del camello para que ella lo montara sola, y al subir dijo: «…¡Glorificado sea quien sometió para nosotros esto…» (Corán 43:13) Continuamos avanzando hasta llegar a la caravana. Allí le dije: «¿Tienes algún conocido en la caravana?». Respondió: «¡Oh David! por cierto que te hemos designado vicario en la tierra…» (Corán 38:26)

20« Muhammad no es más que un apóstol …» (Corán 3:144) «¡Oh Yahia! observa fervorosamente el libro!» (Corán 19:12) « … fue llamado: ¡Oh Moisés! » (Corán 20:11)

Invoqué estos nombres: «¡Oh David!, ¡Oh Muhammad!, ¡Oh Yahia!, ¡Oh Moisés!», y vi que venían hacia mí cuatro jóvenes. Le pregunté a aquella mujer qué relación tenían con ella, y me dijo: «La hacienda y los hijos son el encanto de la vida mundanal…» (Corán 18:46)

Y cuando se presentaron ante ella, dijo: «¡Oh padre mío!, ¡Dale un empleo! No podrás emplear a nadie mejor que este hombre, fuerte, de confianza» (Corán 28:26)

Aquellos jóvenes me dieron dinero y algunas otras cosas y la mujer añadió: « Dios multiplica más aún a quien le place…» (Corán 2:261) (Refiriéndose a que me dieran más) …Y ellos así lo hicieron.

Cuando vi esto pregunté a los jóvenes: «¿Quién es esta mujer?». Respondieron: 20« Muhammad no es más que un apóstol …» (Corán 3:144) «¡Oh Iahia! observa fervorosamente el libro!» (Corán 19:12) « … fue llamado: ¡Oh moisés! » (Corán 20:11) Invoqué estos nombres: «¡Oh David!, ¡Oh Muhammad!, ¡Oh Iahia!, ¡Oh Moisés!», y vi que venían hacia mí cuatro jóvenes. Le pregunté a aquella mujer qué relación tenían con ella, y me dijo: «La hacienda y los hijos son el encanto de la vida mundanal…» (Corán 18:46) Y cuando se presentaron ante ella, dijo: «¡Oh padre mío!, ¡Dale un empleo! No podrás emplear a nadie mejor que este hombre, fuerte, de confianza» (Corán 28:26) Aquellos jóvenes me dieron dinero y algunas otras cosas y la mujer añadió: « Dios multiplica más aún a quien le place…» (Corán 2:261) (Refiriéndose a que me dieran más) …Y ellos así lo hicieron. Cuando vi esto pregunté a los jóvenes: «¿Quién es esta mujer?». Respondieron: «Esta es nuestra madre Fidda, la sirvienta de Az-Zahrá (a.s.), que hace 20 años que no habla más que por medio de las aleyas del Sagrado Corán».

Cuando descendieron los versículos 43 y 44 de la Sura Al Hiyr, “Petra”, que dicen: «Por cierto que el infierno será el destino de todos ellos, tiene siete puertas y cada una está destinada a una parte de ellos » (15:43-44), el Profeta se echó a llorar desconsoladamente. Al verlo en ese estado sus discípulos también lloraron, desconociendo lo que Gabriel le había anunciado. Ninguno se atrevía a preguntarle el motivo de su llanto. Entonces, sabiendo que lo único que podía quitarle la tristeza era la presencia de Fátima, Salman fue a buscarla. Al verla observó que ella estaba moliendo cebada y diciendo: «UA MA ‘INDAL LAHI JAIRUN UA ABQA:», (Lo que está junto a Dios es preferible y más perdurable) (42:36), y vestía un manto rústico con muchos remiendos. Salmán le comunicó lo sucedido y de inmediato se preparó para salir con el manto que llevaba puesto. A Salmán le conmovió la humildad de Fátima y dijo: «¡Observa! Las hijas de Cosroes y del César visten ropas de seda y gasa y la hija de Muhammad (s.) usa un manto áspero con muchos remiendos».

Fátima (a.s.) se acercó al Profeta, saludó y dijo: «Querido padre, Salmán se sorprendió al ver mi ropa, pero juró por Quien te ha designado Profeta que hace cinco años que Alí y yo no contamos más que con un cuero de oveja que durante el día usamos en nuestros quehaceres y durante la noche nos sirve de lecho. Nuestra almohada es de hojas de palmera». El Profeta dijo: «¡Oh, Salman! Mi hija pertenece al grupo de los “Sabiqun”, los creyentes adelantados.»

Fátima dijo: «¡Padre!: ¿Qué fue lo que causó tu tristeza?». El Profeta le recitó el versículo recién revelado. Al oírlo, Fátima lloró tan intensamente que quedó en un estado de gran emoción y repetía constantemente: «¡Pobre de aquél que sea arrojado al fuego…»

Sí, esa era la humildad de Fátima, su estado no sólo impresionaba a los demás, sino que su propio padre al ver su sencillez se conmovía. Fátima, vistiéndose humildemente, enviaba un mensaje a toda la humanidad; ella decía que si la peprsona se sumerge ilimitadamente en la vida lujosa es incapaz de alcanzar las elevadas virtudes humanas. De este modo deseaba hacer comprender que el real valor no está en la apariencia o la forma de vestir, sino que el espíritu es el criterio de su humanidad. De esta forma, Fátima quiso demostrar que los líderes de una sociedad deben mantener sus vidas en un nivel similar al de los estratos desposeídos de la misma para así hacer más llevadera sus vidas.

Ibn Shahr Ashub recoge del Tafsír Za’labi y del Tafsír Gushairi que el Imam Sadiq (a.s.) dijo: «Un día el Enviado de Dios vio a Fátima (a.s.) vistiendo un atuendo de lana de camello. Con sus manos trabajaba con el molino y al mismo tiempo amamantaba a su hijo. El Profeta se conmovió y le dijo: “¡Hija mía!: Soporta la amargura de este mundo hasta alcanzar la dulzura del Ajirah. Fátimah Zahrá (a.s.) respondió así a su padre: “IA: RASULAL LA AI ALHAMDU LIL-LA ‘ALA NA’MAIHI UASh-ShUKRU LIL-LAhi ‘ALA ALA’ihi”, ¡Oh, Enviado de Dios, las alabanzas pertenecen a Dios por sus mercedes y el agradecimiento es sólo para Dios por sus gracias!»

Alí Ibn Isa Irbalí, en el libro Kashf Al-Gumma, transmitió de Abu Sa’id Jidrí, que un día Alí Ibn Abi Talib (a.s.), luego de haber dormido antes de la oración del mediodía, dijo a Fátima: «¡Oh, Fátima! ¿Hay algo de comida que pueda saciar mi hambre?»

Ella respondió: «No, juro por el Dios que designó a mi padre Profeta, y a ti, su sucesor, que hoy no tengo comida para saciar tu hambre. Desde hace dos días sólo había en la casa lo que te servía, prefiriéndote antes que a mí misma y a mis hijos, Hasan y Husain.»

Ali (a.s.) le dijo: «Oh, Fátima ¿Por qué no me has informado para que te procurara algo de alimento?»

Ella respondió: «¡Oh, Abal Hasan!, tenía vergüenza ante Dios de requerir algo que no pudieras darme.»

Al oír sus palabras, Alí (a.s.) salió de la casa con el corazón lleno de esperanza y confianza en Dios, y pidió prestado un dinar a fin de poder comprar algo para llevar a su casa. En el camino se encontró con Miqdad Ibn Asuad. Casualmente, ése era un día muy caluroso y el Comandante de los Creyentes observó en el rostro de Miqdad los efectos de los rayos de sol y su cansancio, por eso le preguntó: «¡Oh Miqdad! ¿Qué motivo tan importante te ha hecho salir de tu casa a esta hora, pese al intenso calor?».

Miqdad respondió: «¡Oh, Abal Hasan! Haz de cuenta que no ocurre nada, no me preguntes por mi situación».

Alí dijo: «¡Oh, hermano mío!: No puedo pasar por alto tu estado sin antes conocer lo que te acontece».

Miqdad dijo: «¡Oh, Abal Hasan! ¡Por Dios y por ti, no me preguntes sobre mi estado!».

Dijo Alí: «Oh hermano, no puedes ocultarme tu estado». Miqdad contestó: «¡Oh, Abal Hasan! Ahora que me insistes te informaré, ¡por la Profecía de Muhammad y por ti, que eres su heredero escogido!, que no me acontece otra cosa más que la pobreza y la carestía. Estando mi familia hambrienta, salí de casa, pues escuché el llanto de mi familia por la intensidad del hambre. No pude contenerme y me decidí a salir. Este es mi estado, mi situación.»

El llanto inundó los ojos del Imam Alí (a.s.), hasta mojar su barba, y le dijo a Miqdad:

«¡Juro por el mismo Profeta que tú juraste, que el mismo asunto es lo que me decidió a mí también a salir de casa y tomar un dinar prestado, pero ahora te lo ofrezco, pues tú tienes prioridad.»

Alí (a.s.), le entregó el dinero a Miqdad y se dirigió a la Mezquita para hacer la oración del mediodía y se quedó allí hasta el horario de la oración de la tarde y del crepúsculo, orando detrás del Profeta. El Profeta realizó la oración del crepúsculo y observó que Alí (a.s.) estaba en la primera fila, y lo llamó. Alí (a.s.) lo saludó y el Profeta (s.) respondiéndole el saludo le dijo: «¡Oh Abal Hasan! ¿Tienes comida para que yo vaya a cenar a tu casa esta noche?». Alí (a.s.) bajó la cabeza y guardó silencio con vergüenza pensando en qué le respondería al Profeta. El Profeta se había enterado, por medio de la revelación, del hambre que padecían Alí y su familia, del dinar que había pedido prestado, de la forma en que se lo había cedido a Miqdad y de todo lo que les hubo acontecido. Por tal razón, le había sido ordenado por Dios, ir a casa de Alí (a.s.) esa noche para cenar. El Profeta miraba a Alí y notando su silencio con un halo de vergüenza y desconcierto le dijo:

«¡Oh, Abal Hasan! ¿Por qué no me dices “no”, a fin de que no vaya, o me dices “sí”, para que te acompañe?».

Alí dijo: «¡Con todo gusto, me honra tu presencia, acompáñame!».

Juntos se dirigieron hacia la casa de Fátima. Al ingresar observaron que estaba sentada en el lugar donde acostumbraba a orar, y que detrás suyo había una bandeja con comida caliente y humeante. Al oír la voz de su padre, Fátima se puso de pie y lo saludó. El Profeta, que amaba a Fátima más que a nadie, la acarició y le dijo:

«Hija mía, ¿Cómo has vivido este día? ¡Que Dios se apiade de tí!»

Ella respondió: «Muy bien padre».

De inmediato, tomó aquella bandeja y la colocó frente a Muhammad. Al observar aquel recipiente colmado de alimentos y percibir su aroma, Alí (a.s.) miró a Zahrá sorprendido y quedó encandilado por su rostro.

Fátima le preguntó: «¿Por qué me miras de ese modo, Alí?».

Él respondió: «¿Es que acaso no juraste y dijiste que hacía dos días que no probabas bocado?».

Fátima elevó su mirada al cielo y dijo: «¡Mi Dios es conocedor de todo cuanto acontece en los cielos y en la tierra y bien sabe que no he mentido!».

Alí interrogó: «Pues, entonces, ¿De dónde ha provenido esta comida, que mis ojos jamás han visto algo igual ni he percibido jamás un aroma tan exquisito?».

El Mensajero de Dios extendió su bendita mano sobre el hombro de Alí y presionándolo cariñosamente le dijo: «Esta comida fue enviada a cambio de ese dinar que diste y proviene de Dios, el Altísimo, porque: Ciertamente Dios sustenta sin medida a quien le place.»

En ese momento, el Profeta, derramando lágrimas, dijo: «¡Alabado sea Dios, Quien no quiso que vosotros os vayáis de este mundo, sin recompensaros a ti, Alí, con la recompensa de Zacarías, y a ti, Fátima, con la recompensa de Mariam, la hija de Imran!».

Muchos dichos relatan que luego de este acontecimiento, el Profeta recitaba las aleyas del Sagrado Corán que recuerdan la historia de Zacarías y Mariam.

Huyyatul Islam Hashemí Rasulí Mahallatí, dice que el hadíz arriba mencionado ha sido transmitido de este modo por muchos de los grandes narradores shí’as y algunos de la Escuela sunnah.

Muhibbu Din Tabarri en su libro Dajair ul Uqba (Los Tesoros del Uqba), en la página 45, lo transmite exactamente del mismo modo que lo relatamos. Y luego acota que Hafez Dameshqí también lo menciona en su libro Arba’in Taual.

Cierto día estábamos rezando la oración de la tarde junto al Profeta (s.) y sus compañeros estaban sentados a su alrededor. De repente entró un anciano que vestía una ropa harapienta, y por su vejez y debilidad no podía mantenerse de pie. El Profeta (s.) al verle le preguntó quién era, a lo que contestó: – «¡Oh Enviado de Dios!: Soy un hombre hambriento; satisfaz mi hambre. Estoy desnudo; dame vestimentas. Soy pobre; dame algo».

– «Yo ahora no tengo nada para darte -dijo el Profeta- pero te guiaré hacia un lugar donde quizás te den lo que necesitas. Ve hacia la casa de alguien que ama mucho a Dios y al Profeta y a quien Dios y el Profeta también aman. Ve hacia la casa de mi hija Fátima, quizás ella tenga algo para darte.»

Luego le dijo a Bilal: «Guía a este anciano hacia la casa de Fátima».

Cuando llegaron a la casa de Fátima (a.s.) el anciano dijo: «Las bendiciones sean sobre ti ¡Oh hija del Profeta!». Fátima le preguntó: «¿Quién eres?».

Él respondió: «Soy un mendigo que se presentó ante tu padre y él me ha enviado hacia ti. Estoy hambriento; satisfaz mi hambre. Estoy desnudo; dame algo para vestir. Soy pobre; dame una limosna».

Fátima, que no tenía ninguna comida en su casa, le dio una piel de cordero que era el lugar donde dormían Hasan y Husain (a.s.), pero el anciano replicó:

«¿Cómo solucionará mi vida esta piel de cordero?». Entonces Fátima (a.s.) le dio una gargantilla que le había regalado una prima suya y le dijo: «Véndela y soluciona tu vida».

El anciano regresó ante el Profeta y le narró lo ocurrido. El Profeta (s.) lloró y le dijo: «Vende esta gargantilla y que Dios, por la bendición de Fátima que te la regaló, aleje tus problemas».

Ammar Yaser pidió permiso al Enviado de Dios para comprar la gargantilla y le preguntó al anciano por cuánto la vendía. – Al precio con el cual pueda saciar mi estómago con pan y carne, y pueda cubrir mi cuerpo con un manto yemení para poder rezar y me quede un dinar para poder llegar ante mi familia y mi gente.

– Yo te compraré el collar a veinte dinares y doscientos dirhames y te daré un manto yemení, una cabalgadura y pan y carne para que puedas saciar tu estómago. Le dijo Ammar.

El anciano le vendió el collar a Ammar y recibió su dinero y luego regresó ante el Profeta. El Enviado (s.) le preguntó: «¿Estás satisfecho?».

– Sí. Gracias a las bendiciones de Fátima ya no tengo necesidades. ¡Ojalá Dios le dé a cambio algo que ningún ojo haya visto ni ningún oído escuchado!

El Enviado de Dios dijo a sus compañeros: «Dios otorgó eso a Fátima en este mismo mundo, ya que le dio un padre como yo, un esposo como Ali e hijos como Hasan y Husain. Cuando Israil tome el espíritu de Fátima y en la tumba se le pregunte: “¿Quién es tu Profeta?, responderá: “Mi padre” Y le pregunten: ¿Quién es tu Imam?, responderá: “Mi esposo Ali ibn Abi Talib”. Dios asignó a un grupo de ángeles para que después de su muerte constantemente envíen bendiciones sobre ella, su padre, su esposo e hijos. Debéis saber que quien de vosotros me visite después de mi muerte será igual a que si viniese a visitarme en vida y quien de vosotros visite a Fátima será igual que si me visitara a mí».

Ammar tomó el collar, lo perfumó y lo colocó dentro de un lienzo yemení y le dijo a su siervo: «Lleva esto ante el Profeta como obsequio y tú también, de ahora en más, le perteneces».

Cuando el siervo se presentó ante el Profeta (s.), él le hizo ir donde Fátima, ella a su vez tomó el collar y liberó al esclavo. En el momento en que el esclavo fue liberado éste sonrió. Fátima (a.s.) le preguntó cuál era la causa de su risa y él respondió:

«Estoy maravillado por la bendición de este collar, pues sació a un hambriento, vistió a un desnudo, apartó las necesidades de un pobre, liberó a un esclavo y luego, regresó a su dueña.»

El Profeta (s.) había comprado a Fátima un vestido para su boda, ya que la única prenda que tenía estaba deteriorada. La noche de la boda una pobre mujer mendiga recurrió a ella y le pidió algo viejo para vestir. Fátima quiso darle la prenda que llevaba puesta, pero de inmediato recordó la aleya coránica que dice: «No alcanzaréis la verdadera piedad hasta no dar aquello que mas amáis» Entonces le regaló su vestido de novia. Esa misma noche el ángel Gabriel la recompensó trayéndole un hermoso vestido del Paraíso cuyo brillo impactaba a quienes lo miraban.

Relata Abu Dharr, bendígalo Dios: «Cierta vez el Enviado de Dios (s.) me envió en busca de Alí (a.s.) Me dirigí a su casa, lo llamé y no obtuve respuesta. Observé, para mi asombro, que el molino manual trabajaba solo, nadie lo hacía funcionar. Lo llamé una vez más y Alí salió. Cuando regresé con el Profeta le conté de mi sorpresa al ver aquel molino. El Profeta dijo: “Mi hija es un ser cuyo corazón Dios colmó de fe y certeza y Él conoce su fragilidad, por eso le facilita la tarea. ¿Acaso no sabes que Dios designó ángeles encargados de colaborar con la familia de Muhammad?”».

Cuenta el Imam Musa Al-Kazim (a.s.) que fue transmitido por su padre, y éste de su abuelo, y éste de su padre, que dijo el Imam Ali (a.s.):

«Un hombre ciego pidió permiso para entrar en la casa de Fátima (a.s.) y ella rápidamente se cubrió con un manto. Entonces el Profeta le preguntó: “¿Por qué te cubres, si él no te puede ver?”.

Ella respondió: “El no puede verme pero yo sí lo puedo ver; además puede sentir el aroma del perfume, ya que su sentido del olfato está sano”.

El Mensajero de Dios (s.) dijo: Doy testimonio que tú eres parte de mí.»

Ayatullah Yauadi Amulí ha dicho: «Fátima comparte con su padre, esposo e hijos la infalibilidad y sabiduría del pasado y del futuro».

Extractos de BREVE BIOGRAFÍA DE LA VIDA DE FÁTIMA AZ-ZAHRA (a.s.) MEZQUITA AT-TAUHID Buenos Aires, Argentina

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