Actualidad

Se endurece la confrontación social ‎en Francia‎

por Thierry Meyssan

El «Gran Debate Nacional» logró desviar la atención de los franceses del grave ‎problema de desindustrialización que habían planteado los Chalecos Amarillos, estima ‎Thierry Meyssan. Por muy interesantes que puedan parecer, las problemáticas que ‎se discutieron durante esa gran sesión de parloteo son absolutamente secundarias dado ‎el prodigioso retraso económico acumulado por la Unión Europea en relación con los ‎países miembros de la Organización de Cooperación de Shanghai. ‎ Red Voltaire | Damasco (Siria) | 23 de marzo de 2019 françaisitalianoTürkçe

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Los Chalecos Amarillos y la respuesta de Emmanuel Macron

En respuesta al movimiento de los Chalecos Amarillos, el presidente francés Emmanuel Macron ‎anunció algunas medidas sociales y organizó un debate nacional de 3 meses. ‎

Pero al cabo de esas discusiones resulta no sólo que las posiciones siguen siendo las mismas sino ‎que además se han endurecido. ‎

Las medidas sociales que realmente se pusieron en marcha consistieron en aumentar el poder ‎adquisitivo de los trabajadores peor remunerados mediante una revalorización de ciertas ‎subvenciones, en vez de mejorar sus salarios. ‎

El «Gran Debate» permitió que se expresaron 2 millones de franceses, pero la gran mayoría los ‎Chalecos Amarillos prefirió ignorarlo. Se abordaron numerosos temas –como la caída del poder ‎adquisitivo de las clases populares y medias, la ineficacia del Estado en el interior del país y la ‎política energética– pero sin abordar nunca la causa de la crisis. Y es importante recordar que esa crisis, lejos ‎de ser únicamente francesa, está afectando a todos los países occidentales desde que desapareció ‎la Unión Soviética y se acentuó grandemente debido al derrumbe financiero registrado en 2008 ‎‎ [1].‎

Los franceses han tomado conciencia del hecho que la mediana burguesía se ha visto desclasada, ‎obligada a abandonar las ciudades y relegada a la «periferia urbana». Pero siguen sin asimilar la ‎rápida desaparición de la clase media en Occidente y su repentina aparición en Asia. ‎Por consiguiente, no han entendido todavía que los males que los afectan son resultado del ‎éxito de los actores capitalistas que han logrado deshacerse de las reglas políticas, así que siguen ‎considerando responsables a los súper ricos y no a los políticos que han venido eliminando las reglas que ‎los súper ricos tenían que respetar en el pasado. ‎

El desplazamiento de las empresas occidentales que utilizan conocimientos y habilidades básicas ‎puede favorecer a todos sólo si se crean nuevas empresas que utilizan conocimientos y ‎habilidades más avanzadas. Por lo tanto, Asia no ha robado la riqueza de Occidente sino que ‎se ha beneficiado con las inversiones occidentales. La anomalía reside en el hecho que –desde ‎el fin de la URSS– los responsables políticos occidentales renunciaron a regular ese proceso, ‎autorizando no sólo la transferencia de tecnología –como medio de lucrar con la desigualdad ‎de los niveles de vida entre países– sino también para escapar a las responsabilidades sociales. ‎

Los Chalecos Amarillos han evitado cuidadosamente la designación de líderes para su movimiento, ‎dejando así a la clase dirigente sin interlocutor. ‎

Esa clara dirigente, que inicialmente adoptó una actitud conciliadora hacia los participantes en las ‎protestas, endureció bruscamente su actitud hacia ellos cuando entendió que no sería posible ‎resolver la crisis sin afectar directamente su propio modo de vida. Se puso entonces del lado ‎de la oligarquía y en contra del pueblo y desató la represión policial que ya ha causado numerosos ‎heridos y mutilados de por vida. El paso siguiente ha sido dejar el campo libre a los anarquistas ‎para que causen desórdenes del orden público durante las manifestaciones, con lo cual ‎desacreditan las protestas. ‎

Al cabo de estos 3 meses de protestas, la sociedad francesa está simultáneamente más ‎consciente del problema y más profundamente dividida. Hay dos lecturas posibles de este ‎periodo:‎
 considerar que los acontecimientos actuales (aumento de las desigualdades; debilitamiento de ‎las instituciones nacionales y evolución hacia un Estado represivo; competencia en cuanto a quién ‎representa al pueblo unido) son similares a los que condujeron a la Segunda Guerra Mundial
 o considerar que esos mismos acontecimientos son similares a los que acabaron suscitando el ‎movimiento de las Comunas Libres (como la célebre Comuna de París).
Esas dos interpretaciones no se contradicen entre sí en la medida en que la Segunda Guerra ‎Mundial fue también una manera de responder a la crisis financiera de 1929 sin tener que asumir ‎sus consecuencias económicas y sociales. ‎

Un sondeo de opinión IFOP-Atlantico del 20 de marzo de 2019 muestra que si bien un 50% de los ‎franceses espera que haya reformas, un 39% estima que habrá que pasar por una revolución. Esa ‎última proporción es dos veces mayor en Francia que en los demás países occidentales donde se ‎realizó el sondeo. Este apetito revolucionario se explica simultáneamente por la tradición ‎francesa y por el muy particular inmovilismo de las instituciones que hace imposible toda solución ‎reformista (las reformas actuales se hacen siempre en beneficio de quienes controlan las ‎instituciones y no a favor del interés general). ‎

La situación de Francia en el mundo

Considerando que la clase dirigente francesa está más preocupada por preservar su modo de vida ‎que por resolver la crisis y que la causa de esta crisis es de naturaleza transnacional, podemos ‎prever que la evolución de dicha crisis dependerá principalmente de factores exteriores.‎

Hace años que existe entre la clase dirigente un debate sobre una eventual decadencia de Francia. ‎Resulta imposible resolver ese debate porque la noción de decadencia responde a valores ‎relativos. Sin embargo, lo que sí es cierto es que Occidente en general, y Francia en particular, ‎se ha visto ampliamente desbordado por otros actores.‎

Desde 2009, o sea desde el derrumbe financiero de 2008, Estados Unidos ha registrado un ‎crecimiento de 34%, la India de 96% y China de 139%, mientras que el “crecimiento” de la Unión ‎Europea fue negativo (-2%).‎

Durante el mismo periodo, Estados Unidos –que gobernó el mundo de manera unilateral ‎a partir del derrumbe de la Unión Soviética– mantuvo su despliegue militar a través del mundo y ‎su capacidad de producción de armamento pero perdió su superioridad tecnológica en el sector ‎militar. Estados Unidos se especializó entonces en la guerra asimétrica, o sea en la manipulación ‎de grupos armados no estatales que Estados Unidos arma y financia. Mientras tanto, Rusia, ‎cuyo ejército se hallaba en ruinas después del derrumbe de la URSS, supo reconstruirse y, gracias ‎a su progreso científico, convertirse en la primera potencia mundial en términos de guerra ‎convencional y de armamento nuclear.‎

En materia de derechos humanos y de derechos del ciudadano, Estados Unidos es el único país ‎que practica a gran escala el asesinato sin juicio mientras que los países miembros de la Unión ‎Europea –incluyendo el Reino Unido, que está a punto de abandonarla– son los únicos Estados ‎que convocan referéndums para ignorar después la voluntad expresada por sus ciudadanos. ‎En Rusia, el índice de población carcelaria es de 385 por 100 000 habitantes pero en ‎Estados Unidos es de 655, o sea un 70% más elevado. ‎

El mundo de hoy no tiene nada que ver con el de hace 10 años. Estados Unidos sigue estando a ‎la vanguardia en Occidente, pero Occidente ya no es la vanguardia del mundo. Rusia y China ‎lo han sobrepasado, tanto en el plano económico, como en el plano militar e incluso en materia ‎de política. Pero seguimos viendo películas de Hollywood, aprendiendo inglés y soñando con pasar ‎las vacaciones en Nueva York, como si nada hubiese cambiado.‎

Creer que una mejor repartición de la riqueza en Occidente puede resolver el problema, como en ‎los últimos 500 años, es sólo una ilusión. Existe, por supuesto, un conflicto de clase que habrá ‎que resolver, pero es de carácter muy secundario en relación con los cambios internacionales. ‎Todas las luchas sociales clásicas serán insuficientes ya que Occidente ha perdido su ‎preeminencia. ‎

¿Cómo desbloquear la situación?

Que Occidente se ha quedado a la zaga de Rusia y China es un hecho, pero no una fatalidad. ‎No se trata aquí de defender la estrategia que Paul Wolfowitz enunció en el momento de la caída ‎de la Unión Soviética, estrategia tendiente a impedir que los competidores de Estados Unidos ‎pudieran desarrollarse más rápido que el país del dólar, sino de precisar que el mundo sería un ‎lugar mejor si todos pudieran desarrollarse libremente. No se trata tampoco de afirmar ‎que todo desarrollo tendría que ser conforme al American Way of Life simplemente porque ‎los recursos del planeta no lo permiten. Se trata más bien de estimular cada civilización a seguir ‎su camino respetando su propio medioambiente. ‎

Sólo un Poder soberano puede ordenar los cambios estructurales. La única escala de gobierno ‎que permite promover el interés general es la Nación. Así que la prioridad debería ser restablecer ‎la soberanía nacional. Simultáneamente, debe instituirse la democracia en el marco nacional, pero ‎esto sigue siendo una cuestión secundaria ante la cuestión primordial del servicio del interés ‎general. ‎

En el caso de Francia, eso significa liberarse tanto del poder político de carácter supranacional ‎como del mando militar extranjero, lo cual significa separarse no necesariamente de la Unión ‎Europea sino de los principios del Tratado de Maastricht y no de la alianza atlántica sino del ‎mando integrado de la OTAN. ‎

Sólo recuperando su soberanía podrá Francia desempeñar un papel en el concierto de las ‎naciones. Por el momento, Francia finge defender el multilateralismo cuando en realidad está ‎aplicando una política de bloque, alineándose sistemáticamente tras las posiciones alemanas. ‎

La primera decisión que Francia tendría que tomar es poner fin a la libre circulación de capitales. ‎No se trata en lo absoluto de prohibir los movimientos de dinero, de renunciar al comercio ‎internacional ni de dirigirse hacia la autarcía sino de recuperar el control de la riqueza nacional, ‎que debe mantenerse en el país que la produce. ‎

La segunda decisión tendría que ser reducir el campo y la duración de la propiedad intelectual, las ‎patentes y los derechos de autor. Los descubrimientos, inventos, creaciones, las ideas en general ‎no son cosa del derecho sobre la propiedad intelectual, pertenecen a todos. Las exclusividades y ‎regalías son medidas temporales que deben reglamentarse única y exclusivamente en función del ‎interés general. ‎

La tercera decisión sería revisar uno a uno los acuerdos comerciales internacionales. El objetivo ‎no es instaurar reglas proteccionistas, que podrían interrumpir el perfeccionamiento de la ‎producción de bienes servicios, sino velar por el equilibrio en materia de intercambio, lo cual ‎no tiene nada que ver con el proteccionismo. ‎

Estados Unidos ha iniciado un proceso de reconquista de su soberanía, renunciando parcialmente ‎a su supremacía imperial y regresando a una posición de simple hegemonía. Al mismo tiempo, ‎está reequilibrando su balanza comercial. Pero mantiene los abusos en materia de propiedad ‎industrial porque estos le garantizan una cómoda renta. ‎

Conclusión

Las reformas resultan siempre menos dolorosas que las revoluciones. En definitiva, son cambios a ‎largo plazo que tendrán que realizarse de una u otra manera. La clase dirigente los rechaza ‎actualmente, pero no podrá impedirlos y sólo puede esperar prolongar su propio confort a ‎expensas del sufrimiento de los demás sectores de la sociedad. Pero ese confort llegará a su fin ‎cuando el Sistema, que actualmente favorece a esa clase, comience a destruir también su modo ‎de vida. ‎Thierry Meyssan

[1] «Occidente devora a sus hijos», por Thierry Meyssan, ‎‎Red Voltaire, 4 de diciembre de 2018.Thierry Meyssan

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