El “Plan B”: ¿Qué cartas le quedan a Ankara y Riad en Siria?

El tablero sirio se vuelve cada vez más complejo de analizar; poco a poco se introducen nuevos actores y los desarrollos en terreno sufren giros inesperados semana a semana. Sin embargo, podemos resumir la situación de los últimos meses como sigue:

1. Luego de la intervención rusa en octubre de 2015 – y con el asesoramiento de instructores iraníes – el ejército sirio y sus aliados recuperaron la iniciativa en el campo de batalla, con importantes avances en las regiones de Latakia y Alepo. Se preparan ofensivas hacia Idlib y Raqqa (esta última, capital del “califato”).

2. Los kurdos sirios – encabezando las llamadas “Fuerzas Democráticas Sirias” (FDS), que incluyen algunas milicias árabes – han arrebatado territorio tanto a Da’esh como a los “rebeldes moderados”, avanzando en las regiones de Alepo, Raqqa y Hasake, a lo largo de la frontera sirio-turca. Esto ha sido posible gracias al apoyo aéreo que han recibido tanto de Washington como de Moscú.

4. Los “rebeldes moderados” patrocinados por Arabia Saudí, Qatar y Turquía – y que trabajan junto a Jabhat al-Nusra (al-Qaeda) – ya no tienen avances en el terreno, su capacidad operativa ha sido debilitada y ya han sido derrotados militarmente en la provincia de Latakia. Se encuentran cercados en Alepo y sólo conservan rutas de suministro en Idlib.

4. Daesh ha dejado de expandirse territorialmente, y han perdido importantes plazas en Alepo (a manos del ejército sirio) y Hasake (a manos de los kurdos), enfrentándose a la posibilidad real de ser privados de su principal ruta de suministro en la frontera sirio-turca.

Un acuerdo de alto al fuego – negociado por Estados Unidos y Rusia – fue puesto en práctica el 26 de febrero, pero aquello no significa el fin de los combates. Daesh, Jabhat al-Nusra y Ahrar al-Sham – así como las organizaciones terroristas que colaboren con ellos – están excluidos de la tregua. Las dos últimas son las fuerzas predominantes en casi todo el territorio sirio bajo control “rebelde”, por lo que el cese de hostilidades sólo aplica en algunas zonas Hama, algunos suburbios de Damasco y en la provincia de Deraa.

En consecuencia, el nuevo escenario plantea un desafío para Turquía y Arabia Saudí, los principales patrocinadores de las fuerzas anti-Assad.

El “sultán” ​Erdogan​,​ sin ​salida 

Los desarrollos en terreno han dejado sin opciones al régimen turco. El factor clave para Ankara son los kurdos sirios. Las fuerzas de PYD – el principal partido de los kurdos sirios y cercanos al PKK que opera en Turquía – comenzó a recibir asistencia militar norteamericana desde la batalla de Kobani en 2014, transformándose en la práctica en una fuerza subsidiaria de Washington, posición que se consolidó posteriormente con la creación de las FDS.

De esta forma, los kurdos sirios – que mientras combaten a Da’esh se han mantenido neutrales respecto del conflicto principal entre el gobierno y los rebeldes – obtenían el aval de Estados Unidos para desarrollar su proyecto de construir una autonomía en el norte de Siria, zona a la que denominan Rojava. Aquello inquietó a Erdogan y al mismo tiempo lo ató de manos.

Para Ankara, las cosas se complicaron aún más cuando – tras del derribo del SU-24 – Rusia comenzó a prestar asistencia aérea a los kurdos en el norte de Siria. Los mandos militares sirios y rusos comparten con las fuerzas de Rojava el interés por sellar la frontera turca, de la que desean expulsar tanto a los “rebeldes moderados” como a Da’esh.

Estados Unidos ha cortejado a los kurdos con la esperanza de que se transformen en una potencial “quinta columna” en la Siria de posguerra de la misma forma que lo hace en Irak el gobierno kurdo de Barsani. Sin embargo, los norteamericanos no lo pueden dar por sentado.

En una muestra de su posicionamiento propio, el PYD kurdo abrió su primera oficina de representación exterior en Moscú y no en Washington. Por otro lado, diversos funcionarios del gobierno sirio, como el enviado ante la ONU Bashar al-Jafaari, han señalado que a pesar de no existir una alianza explícita con las FDS, Damasco considera sus avances contra Da’esh y los rebeldes como un desarrollo positivo.

Los recientes llamados de Rusia de constituir una Siria federal tras derrotar a los terroristas dan luces de un intento por llegar a un arreglo de posguerra entre el gobierno sirio y los kurdos al margen de cualquier injerencia occidental, turca o saudí.

A mediados de febrero, cuando el ejército sirio y sus aliados – en paralelo a las fuerzas kurdas – cortaron la principal ruta de suministro de los terroristas hacia Alepo, los turcos comenzaron a agitar la bandera de una posible intervención terrestre para salvar a los rebeldes, creando una “zona de seguridad” en la frontera sirio-turca. Riad se sumaría a este llamado.

La “Alianza Islámica” aparece en escena

En diciembre pasado, el ministro de defensa saudí dio a conocer la creación de una “Alianza Islámica para combatir el Terrorismo” (IAFT). Este desarrollo no estuvo exento de polémica, en parte porque muchos países – como Pakistán o el Líbano –  se enteraron en el anuncio que formaban parte de la misma, y porque otros no estaban conscientes del carácter militar que tendría la agrupación.

Por otro lado, el objetivo declarado de la alianza – “combatir el terrorismo” – apuntaría específicamente a Da’esh. Sin embargo, los gobiernos de Siria e Irak no fueron incluidos en la misma cuando son los principales afectados e interesados.

La primera observación que debemos hacer es que este proyecto forma parte de la agenda sectaria de Riad, que busca generar una identidad “árabe-islámica-suní” en contraposición a otra “no-árabe-shií-persa”, como forma de asentarse como líder del mundo árabe y contener la proyección estratégica de Teherán. En ese marco se explica que los gobiernos de Irak y Siria no hayan sido incluidos, y que Hezbolá haya sido declarado “organización terrorista” por el Consejo de Cooperación del Golfo hace pocos días.

Ya en aquella época comenzó a hablarse del posible envío de fuerzas especiales de los Estados del Golfo a Siria y/o Irak para apoderarse de las regiones suníes de dichos países, como se propuso en el paper de un think tank egipcio.

El periodista de Al-Rai, Elijah Magnier, dio a conocer en febrero que Riad, de común acuerdo con Ankara – preparaba una invasión terrestre a Siria. El plan sería el siguiente: al no poder derrocar a Bashar al-Assad – considerado que cuenta con la protección militar de Moscú – una fuerza multinacional invadiría los territorios controlados por Da’esh en el este de Siria, partiendo de facto al país en dos entidades: “Garbistán” – la zona controlada por el Gobierno sirio en el oeste – y “Sharquistán” – la zona ocupada por Da’esh en el este, donde el ejército ocupante crearía un “Estado” para remplazar al autoproclamado “califato”.

Un camino para la invasión sería la frontera sirio-turca, y esta sería la razón por la que aviones saudíes han sido enviados a la base de Incirlik como parte de los preparativos. La otra vía sería por el sur a través de la frontera sirio-jordana, donde tuvieron lugar masivos ejercicios militares entre Ammán y Riad hace algunas semanas.

Tanto el régimen turco como el saudí están conscientes de que cualquier invasión debe contar con el apoyo explícito de Washington, lo que en primera instancia parece difícil tras el alto al fuego acordado entre Estados Unidos y Rusia. Aquí es cuando se debe prestar atención a las advertencias de John Kerry sobre el eventual fracaso de la tregua.

El “Plan B”: invasión y balcanización

El Secretario de Estado norteamericano declaró antes de iniciar siquiera el cese de hostilidades que su fracaso conduciría a la “partición” de Siria. Y precisamente ese es el escenario deseado por Washington y sus aliados regionales: la balcanización.

La fractura territorial del espacio árabe-islámico ha sido propuesta para reordenar el Medio Oriente incluso años antes que comenzara la guerra en Siria. Numerosos mapas del “Nuevo Medio Oriente” han circulado en publicaciones estadounidenses durante más de una década.

Me detendré específicamente en lo planteado por John Bolton, ex funcionario de la administración Bush y ferviente neoconservador. Escribiendo para el New York Times en noviembre del 2015, Bolton planteó que para derrotar a Da’esh, había que crear un “Sunistán” en los territorios de Irak y Siria.

Dicho “Sunistán” controlaría las principales reservas de petróleo de ambos países y sería creado gracias a la intervención de un ejército multinacional de fuerzas árabes-suníes (es decir, el mismo plan esbozado por la “Alianza Islámica” de Riad).

Bolton es categórico en señalar que “restaurar los gobiernos iraquí y sirio a sus antiguas fronteras es un objetivo fundamentalmente contrario a los intereses estadounidenses, israelíes y de los países árabes amigos” (sic).

Durante la conferencia en Múnich donde Moscú y Washington pactaron el alto al fuego, el ministro de defensa del régimen de Israel, Moshé Yaalón, se mostró detractor del acuerdo, declarando que la única solución era que Siria “fuera dividida en regiones, en control de quien esté ahí”.

La balcanización también es un objetivo de Israel; basta con remitirse al llamado “Plan Yinon” escrito a principios de los ochenta.

Las posibilidades de una invasión turco-saudí a Siria se reducen en la medida que las fuerzas del gobierno sirio con el apoyo de sus aliados (Hezbolá, Irán y Rusia), además de las milicias kurdas, sellen las fronteras norte y sur.

La ventana de oportunidad se está cerrando para Ankara y Riad. Pero la desesperación podría llevarles a cometer un error fatal, con repercusiones impredecibles para la región y el mundo.

Escrito por Renato Vélez

Es Licenciado en Historia y está cursando un Magíster en Estudios Internacionales. Se ha especializado en las problemáticas del mundo árabe-islámico. ​E​s editor en español de “Al-Masdar News” 

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Renato Vélez C.
Magíster (c) en Estudios Internacionales, Universidad de Chile
Licenciado en Historia, Universidad de Chile
Diplomado en Cultura Árabe e Islámica, Universidad de Chile

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